[La lantema di Diogene]. Es el título de la que se suele considerar la obra maestra de Alfredo Panzini (1863-1939). Publicada en 1907, pero escrita unos años antes, no es aparentemente más que la crónica o historia narrada en primera persona, de unas vacaciones veraniegas del «profesor» Panzini; desde que, en una tórrida tarde de julio, deja Milán en bicicleta dirigiéndose alegre y satisfecho a un pueblecito del Adriático, Bellaria, donde le espera en una «casita de alquiler» su pequeña familia y donde pasará aquella temporada de la manera más frugal, hasta que, al sobrevenir el otoño, entristecido, se decida a abandonar aquella «cura de reposo y de sol» por el ambiente cerrado de la ciudad y de la escuela.
Pero como aquel vagabundeo físico viene, en realidad a coincidir con el ideal entre lo antiguo y lo moderno, con aquella disensión entre la literatura y la realidad) entre virtud y voluntad, entre el amor y el temor a la mujer, entre la vida doméstica, patriarcal y la vida mundana, ciudadana, que es lo característico de Panzini: por esto esta crónica lejos de incurrir en la técnica de esbozo, adquiere propiamente significación y forma de «viaje sentimental», de diario poético de un espíritu que se busca y se confiesa de este modo en los encuentros y experiencias más fortuitos, y especialmente, ante las cosas del mundo creado de los documentos y los monumentos de la historia: el mar, el cielo, las fuentes, las selvas, los animales; los arcos, las columnas, los palacios cargados de glorias y de memoria, las iglesias y los cementerios. Por lo tanto, si numerosas son las personas, figuras y figuritas de aquellos encuentros, desde el carretero que ayuda al ciclista «Panzini a bañarse en la fuente, a la anciana que juiciosamente habla con el cerdito; desde el organillero que reposa dichoso a la sombra del puente, a la voluptuosa actriz, a cuyo paso se estremecen los chopos del camino; desde el arcipreste fabricante de vinos, a la soberbia y hombruna Imperia, y a las ansiosas jovencitas que pasean a la orilla del mar.
Y son diversos los dioses, los héroes, los mitos y los acontecimientos antiguos evocados en malicioso contraste con aquellos ambientes, figuras y figuritas; el protagonista de los protagonistas, el único y verdadero personaje sigue siendo siempre Panzini, moderador, entre irónico y conmovido, de aquel coro. La linterna de Diógenes se transforma así, entre sus manos, en una especie de novísima linterna mágica, a cuyas sombras y luces, adquiere lírico relieve una prosa que de un gusto narrativo entre clásico y realista (como lo es el de las tempranas narraciones del autor) o de una manera de hacer entre reflexiva y discursiva, se eleva a menudo por la frescura de inspiración y de estilo a un ritmo de canto, a modos y tonos de genuina poesía. Frescor y poesía que hacen de la Linterna el libro más armonioso entre los de Panzini. Por otra parte la forma enteramente conseguida, del «viaje», o rapsodia liricoautobiográfica, de ahora en adelante se convertiría en propia, más o menos, de todo libro de Panzini, hasta de aquellos que parecen perseguir temas objetivos y narrativos, y que se clasifican, sin más, como «novelas».
A. Boccelli

