Libro de poesías de Alonso Quesada, pseudónimo de Rafael Romero (1890-1925) cuya figura representa el verdadero espíritu del 98, aplicado a las Islas Canarias. La publicación de esta obra en 1915 fue un acontecimiento tan importante — aunque menos brillante — como en su día lo fuera la publicación de Las rosas de Hércules por Tomás Morales, el otro gran poeta canario.
Don Miguel de Unamuno prologó el bello libro: «Estos cantos te vienen, lector, de una isla y de un corazón que es también, a su modo, una isla. Estos cantos han sido ceñidos por el océano y te traen el eco de sus olas rompiendo en los pedregales de la brilla. Estos cantos te vienen, lector, de un mar interior, de un mar de corazón, que se ha dormido hace más de cien años, mucho antes que el poeta naciese, que lo recibió ya dormido. Estos cantos te. vienen de una de las islas a que se llamó, no sé por qué, afortunadas; pero donde muchos, muchos, viven en la bendita pobreza de su casa, de comida humilde, bajo la sonrisa triste de la madre, y ganándose el pan trabajando para el extranjero. Estos cantos te vienen de una tierra donde apenas llueve, seca y ardiente; pero donde se sueña, esperando a la esperanza. ¡Qué es esperar!…» La reacción de Alonso Quesada ante lo pequeño y grande, es azoriniana; una tónica especial la dan unos poemas sobré temas británicos en el ambiente canario, Los ingleses de la colonia, en donde la vida inglesa ofrece un encanto claro y silencioso a este poeta de intimidad recónditamente lírica, sensibilidad delicada, ternura, devoción, finísima valoración de las cosas sin excluir valores de aspereza y sequedad.
Comentando la poesía de su prologado, dijo Unamuno: «Dios me dé más bien poesía seca y ardiente que no húmeda y fría como la hojarasca. Poesía seca, árida, enjuta, pelada, pero ardiente. Poesía de Salmo». Así es, justamente, la poesía de Alonso Quesada.
C. Conde

