Líneas Fundamentales de La Filosofía del Derecho, Georg Wilhelm Hegel

[Grundlinien der Philosophie des Rechts]. Obra del filósofo alemán Georg Wilhelm Hegel (1770-1831), publicada en 1821. La ciencia del derecho tiene por objeto la «idea» del derecho, que es, a un tiempo, «concepto» del derecho y su «realidad». Y como la idea del derecho (del cual las instituciones jurídicas no son más que las manifestaciones externas) es la libertad, el derecho es la «existencia de la libertad». La voluntad libre que se reali­za como existencia es derecho en sentido amplio, ya que comprende no sólo el con­junto de las instituciones jurídicas, sino todas las determinaciones de la libertad.

La idea del derecho no se plantea inmediatamente, sino que se realiza en la tríada dialéctica: derecho abstracto (para el cual el «sujeto» del derecho es la «persona» en su singularidad y exterioridad corpórea); moralidad (por la cual la acción es consi­derada en la interioridad de la intención), y eticidad. En el primer grado la libertad se realiza de modo extrínseco y accidental, como propiedad y relación de propiedad; en el segundo, como reconocimiento de su existencia interior; en el tercero, como autoconciencia. Los dos primeros momentos son inmediatos y por lo mismo abstractos; la realización concreta de la libertad no puede ser ni simple existencia exterior (de­recho) ni simple existencia exterior (morali­dad); el bien como acto, como idea (esto es, lo universal ético totalmente realizado) es costumbre, eticidad, es la síntesis que unifica los dos momentos de lo externo y lo interno, del ser y del deber ser, venciendo toda abstracción. Aquí la libertad es abso­luta conciencia de sí; es, por lo tanto, su­jeto absoluto, unidad de los sujetos, comunidad. La autoconciencia ética no se realiza en la humanidad abstracta, sino en la co­munidad concreta, que tiene existencia his­tórica: en un pueblo, en una nación. La idea del derecho tiene por tanto su pleno cumplimiento no en las relaciones entre las personas singulares y en las normas jurídicas que regulan tales relaciones, sino en la celebración de la eticidad, en la vida de un todo que es nación y Estado. Pero la eticidad, que es comunidad, se desarrolla también en un proceso dialéctico.

En su existencia inmediata está la familia, una relación natural que se eleva a vínculo ético mediante el matrimonio; en un se­gundo grado está la sociedad civil, en la que los intereses y las necesidades de los hombres son unificados de modo inmediato en la economía pública. La sociedad se funda en la economía, las leyes económicas son leyes de una especie de comunidad humana (aunque sea inadecuada) y, por tanto, son leyes éticas. Pero familia y so­ciedad civil son meras abstracciones fuera de la síntesis en que se resuelve su oposi­ción: esta síntesis es el Estado, perfecta realidad de la idea ética y de la libertad. El Estado es el dios real: su fundamento es la fuerza de la razón, que se realiza como voluntad. Si el Estado es la síntesis concreta, y por ende la verdad, de la fa­milia y de la sociedad civil, éstas le están subordinadas y él es, por consiguiente, soberano. Es inútil buscar en otro lado el origen de la soberanía; ésta deriva del es­tablecimiento de la sustancia ética como absoluta personalidad, y es tal que no puede admitir por encima de ella a ninguna otra; incluso la Iglesia cae bajo el control del Estado cuando sale del campo de la pura religiosidad, esto es, cuando se organiza como Iglesia.

La organización interna del Estado — su constitución — es siempre bue­na cuando está apropiada a la realidad histórica; no existe una constitución válida para todos los tiempos y todos los lugares. La forma monarquicorrepresentativa es la que responde a las exigencias de la edad moderna. La constitución es el derecho in­terno del Estado; junto a éste no coexiste un derecho externo, internacional, ya que no existe ninguna personalidad soberana por encima de los Estados. El Estado hace valer su propio derecho mediante la guerra; es, por lo tanto, evidente la necesidad y moralidad de la guerra y lo absurdo de los proyectos de paz perpetua. El teatro de los conflictos entre los Estados, para la rea­lización de un destino superior al de cada espíritu nacional aislado, es la Historia, que es el proceso del espíritu universal, la humanidad en lo absoluto de su devenir. El derecho de la historia es el más alto de todos; su juicio cae sobre los pueblos parti­culares, que nacen y mueren, ascienden y decaen. El espíritu universal se determina sucesivamente en un determinado pueblo «portador del actual grado de desarrollo del espíritu universal»; frente a su derecho, «los espíritus de los demás pueblos están sin derecho, y, como corresponde a aquellos cuya época ya pasó, nada cuentan ya en la historia universal».

El mundo oriental, el mundo griego y el mundo romano repre­sentaron, sucesivamente, los momentos de desarrollo del espíritu universal; la edad moderna pertenece al «principio nórdico de los pueblos germánicos». El motivo original de la doctrina hegeliana del derecho es la concepción de la racionalidad del Estado, racionalidad en la que coinciden el derecho y la ética; pero, al lado de este motivo y en contradicción con él, se conservan aspectos jusnaturalistas velados, pero no completa­mente resueltos, por la extrínseca y esque­mática forma dialéctica. [Trad. de F. E. G. Vicent (Madrid, 1935)].

E. Codignola

Linda Di Chamonix, Gaetano Donizetti

Melodrama en tres actos, de Gaetano Donizetti (1797- 1848), texto de Gaetano Rossi, estrenado en Viena el 1842.

En Chamonix (Saboya), Linda, hija de una familia pobre, suscita con su belleza el amor del joven vizconde de Sirval, quien para conquistar más fácil­mente su confianza, le oculta su verdadera condición y se finge pintor pobre. Corres­ponde ella a este amor, pero un tío de Sir­val, el marqués de Boisfleury, empedernido mujeriego, atormenta a Linda con su corte; entonces, los padres, para librarla de tal asedio, la envían a París con algunos pai­sanos que marchan allí para ganar el sustento cantando por las calles. Consigue en­contrarla de nuevo el vizconde y le procura una lujosa habitación en espera de hacerla su esposa. Mas la madre del vizconde im­pone el matrimonio con una joven noble, y él huye antes de que la boda se celebre. Linda, maldecida por su padre, que la cree culpable, se entera por su paisano Pierotto de que su amado está prometido con otra, y vuelve a Chamonix desolada y casi loca. El vizconde, enterado, se adelanta y la recibe proclamándola su esposa.

La ópera está conceptuada como una de las mejores de Donizetti, siendo una de las pocas, des­pués de Lucía de Lamermoor (v.) y de Elixir de amor (v.) en la que el que me­reció ser llamado sucesor de Bellini cobra una mayor personalidad de acentos. Ajus­tándose a la variedad de los momentos (dramático, idílico, cómico o religioso), Donizetti supo componer una música de feliz inspiración, en la que a la espontanei­dad melódica se unen una cierta madurez y conocimiento técnico. La tenue melanco­lía que procede de Bellini se encuentra especialmente en el aria de Linda («O luce di quest’anima») y en los dos dúos amoro­sos. La obra alcanza asimismo un gran efecto teatral con el uso dramático de algunos motivos fundamentales que el autor, con delicada intuición, introduce en el momento en que se representa o evoca un sentimiento o la persona a que se refiere. Uno de tales motivos es el de Pierotto, cuya canción del primer acto se cita como un raro ejemplo de lied italiano. Igual­mente es de patético efecto la escena en que Linda regresa loca a su hogar, reco­brando la razón al oír el motivo de su primer dúo con Carlos. La obertura, en la que a un delicado larghetto sigue un allegro vivace lleno de fue­go romántico, es una página musical bas­tante notable por la maestría con que es tratada la forma sinfónica.

M. Dona

Lina, André Lichtenberger

[Line]. Narración infantil del es­critor francés André Lichtenberger (1870-1939). Publicada en 1905, se afirmó muy pronto como uno de los clásicos de la lite­ratura infantil. En ella, como en las demás obras del mismo género de Lichtenberger, la narración se desenvuelve dentro de las normas tradicionales: el retrato de Lina va acompañado e ilustrado por una serie de episodios de la vida cotidiana.

Lina es una chiquilla eterna desesperación de su mamá, de su maestra, de sus niñeras. El único que es indulgente con ella, hasta un punto in­comprensible, es el padre. Consciente de sus numerosas «culpas», la propia Lina a menudo se sorprende de esta debilidad, tanto más cuanto que la autoridad paterna es la única que tiene algún poder sobre ella. Cuando la muchacha quiere penetrar el misterio de tal indulgencia, el padre se lo revela sin dificultad: él sabe que Lina es profundamente buena y hasta prudente a su modo. Pero la muchacha tiene un carácter independiente, y sus cualidades no han hallado todavía el justo equilibrio con sus defectos. Con la edad alcanzará esta ar­monía, y Lina poseerá entonces la persona­lidad que su padre defiende ahora en ella. Esta tesis pedagógica no está expuesta en forma de moralismo abstracto y no turba la narración; es, al contrario, el criterio animador del libro y hace espontánea a la figurilla de la muchacha, que parece ver­dadera y con caracteres tales que la man­tienen fresca a pesar de los años transcu­rridos y de los cambios de costumbres.

M. T. Chiesa

Lince de Italia y Zahorí Español, Francisco de Quevedo y Villegas

Tratado político del gran poeta, na­rrador y pensador Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), aparecido en 1628. La obra versa sobre la política exterior de España y está dedicada a Felipe IV. Con una prosa llena de gracia expone al rey, punto por punto y ciudad por ciudad, cuan­to ha podido observar y aprender en su trato con los italianos. Su principal cui­dado es pintar la alevosa condición del duque de Saboya, contra quien supo luchar y del que logró escapar con vida en va­rias ocasiones. El agudo sentido crítico de Quevedo se pone a prueba victoriosamente: cada título político, representativo de un interés contrario a los españoles, como cada una de las repúblicas italianas en lucha a favor o en contra del rey español, desfi­lan ante los ojos del lector con una vivaci­dad y brillo impresionantes… Génova es el más importante y más hermoso escollo de Italia: aquella – república es poderosa por mar y por tierra. Venecia es el chisme del mundo y el azogue de los príncipes: es una república que ni se ha de creer ni se ha de olvidar; más dañosa a los amigos que a los enemigos. Brindisi es la frente del mejor mundo y el regazo de todas las riquezas de Oriente… Al terminar su aná­lisis político, Quevedo resume sus argu­mentos con estas palabras: «Sé cierto que todos acostumbran ser más agradecidos a quien les da alabanzas que a quien les da consejos». Con todo, el tratado fue conocido y apreciado en su momento.

C. Conde

Los Límites de la Formación de los Conceptos Cientificos, Heinrich Rickert

[Die Grenzen der wissenschaftlichen Begriffsbildung]. Obra publicada por Heinrich Rickert (1863-1939), filósofo alemán de la es­cuela de Badén o filosofía de los valores, en Tubinga en 1896. Despertó interés por la distinción que hace, en el sentido de la filosofía de los valores, entre los métodos de la ciencia natural y los de la historia.

La ciencia natural tiene por objeto la for­mación de conceptos, cuyo valor es tanto mayor cuanto mayores sean las simplifica­ciones a que nos llevan, la abstracción en que se fundan y el sistema de legalidad a que van a parar, ya que el fin de las ciencias de la naturaleza es la determina­ción de leyes universales. Si la ciencia ex­plica lo real recurriendo a la generalidad de las leyes, el fin de la historia es la comprensión de lo real utilizando las ver­dades generales, pero organizándolas para un devenir singular, en el que la referencia a los valores universales permite discer­nir lo esencial de lo secundario, y operar en la infinita variedad de los hechos que se ofrecen a la consideración histórica (ac­tos, personas, instituciones…) según crite­rios generales, sugeridos por los intereses predominantes. Belleza, verdad, cultura, estado… permiten, efectivamente, recortar los hechos de la materia informe de la que provienen, componiéndolos en unidades diferenciadas por sus significaciones, conce­bir la historia de un arte, de una nación, de una guerra, y entender como «causa» de un acontecimiento (de modo muy dife­rente a cómo hacen las ciencias de la na­turaleza) el hecho que ha tenido sobre el -mismo acción «eficaz».

El conocimiento his­tórico es posible, por cuanto nos revela valo­res no sugeridos arbitrariamente por el historiador, sino revelados por la propia historia que se desarrolla, y que es válida para todos, porque sus principios selectivos son los valores mismos aceptados por la co­munidad.

G. Bertin