Comedia en tres actos de Luigi Pirándello (1867-1936), estrenada en Roma en 1916. Fue redactada originalmente en dialecto siciliano.
Las aventuras galantes de Lióla (v.) exuberante figura de seductor campesino, cantador y sin malicia, corren por las aldeas y pueblos de Sicilia. Todas las tardes, al volver del campo, él canta alegremente mientras en su casa le esperan impacientes las tres criaturas que son recuerdo de sus gestas amorosas. A tal punto ha llegado su fama, que ninguna mujer lo quiere como esposo: Tuzza, que está a punto de tener un hijo de este «padre de la aldea», se niega a casarse con él. Pero la astuta madre concibe un plan: el viejo Simón se lamenta hace mucho tiempo por no lograr descendencia de su joven esposa Mita; la culpa, según él, es de la esposa exclusivamente. Entonces, Tuzza le propone que haga pasar por suyo y lo adopte aquel próximo hijo que espera; de este modo se lograrán acallar las malas lenguas y el marido podrá jactarse de su capacidad marital. Acepta el viejo y nada le importa la conmoción de la familia ni las pullas de los aldeanos. Pero Lióla, canturreando, medita su venganza.
Llega un buen día, en que Mita hace saber que, por fin, va a tener descendencia. Al oír esta nueva, la alegría del viejo Simón no puede contenerse; y como entonces no sabe qué hacer con el hijo de Tuzza, lo echa de su casa. Los ardides de Tuzza han fracasado y no le queda otra salida que vengarse cuchillo en mano, si bien Lióla consigue evitarlo con la destreza elegante de un Don Juan. Para consolarla le canta otra trova: que le mande este otro hijo; en vez de ser tres serán cuatro las bocas a saciar. Este es el crudo desenlace de una intriga sin esperanza, ambiguo y cándidamente despiadado. Las conclusiones del drama parecen como suspendidas en una visión satisfecha con su propia indiferencia, y curiosa ante los acontecimientos de la trama. Un sentido pecaminoso y de remota miseria sobreviene a la esencia de un juicio ético; sólo al final, una compasión común que no logra abrirse paso, impide caer en un típico naturalismo pagano.
Tenemos ante nosotros unos personajes sutiles y caprichosos, esbozados con caracteres que presumen una antigüedad (Plauto, Teócrito) preciosa y embrujada, como la de ciertas ánforas; pero, a la vez, demasiado complicados para mantener una instintiva felicidad. El principal resultado de este Lióla, aparte de su tipismo abstracto, consiste en los ritmos y compases corales que Pirandello no volverá a encontrar con frecuencia, y casi nunca con tanta vivacidad y eficacia.
G. Guerrieri

