Lo que Quería ver el Marqués de Villena, Rojas Zorrilla

Comedia, novelesca de Rojas Zorrilla (1607-1648). El asunto de la obra es el siguiente: el Dr. Bermúdez y el Dr. Ma­drid aspiran a ocupar una cátedra en Sala­manca. Existe una desazón en el ánimo del primero, y es que se ha enamorado de su contrincante porque le recuerda el rostro de una hermosa que vio tres años atrás y no ha vuelto a encontrar. El Marqués de Villena anda enamorado de la dama Serafina que a su vez, recibe el galanteo del Dr. Ma­drid, en realidad Doña Juana, la hermosa que viera el Dr. Bermúdez hace años. En una reunión de estudiantes, músicos y los citados personajes, se habla de ciencias, ma­gia y de amor. Esta conversación da ocasión a que las damas, Serafina y doña Juana, oculta en su disfraz de varón docto, expe­rimenten celos. También el Marqués de Villena los experimenta y discute con Ber­múdez acerca del sexo del equívoco doctor. Por fin, no pudiendo resistir más los celos que sufre debido al galanteo entre Serafina (enamorada del presunto doctor) y doña Juana, acude Villena a las cuevas donde su amigo Fulgencio ejerce la magia.

Se trata de una escena muy interesante, ya que en ella aparece un espejo en cuya superficie se desarrollan ante el marqués los aconte­cimientos que acaban revelándole el verda­dero sexo del Dr. Madrid. Gracias a un ar­did, entra inesperadamente Bermúdez y sor­prende a las dos mujeres. Una le refiere por qué decidió vestirse de varón: ello le habría de permitir acudir a la universidad, doctorarse y ocupar una cátedra incluso, como ha conseguido gracias a la protec­ción del marqués de Villena que le admira. Serafina se queja al marqués (al que ama) de sus sinsabores. Él le promete arreglo. Conoce ya el secreto de doña Juana y quie­re vengarse, pero sabe que ella le ama, y se rinde: «Pues que el amor me vengase/de quien me olvida y desprecia,/y que al que .adoré como hombre/sea mujer que a mí me quiera,/esto es lo que quería/ver el Marqués de Villena»

Loores de Nuestra Señora, Gonzalo de Berceo

«Prosa» del poeta español Gonzalo de Berceo (na­cido en la Rio ja a fines del siglo XII), es­crita en «cuaderna vía», su metro caracte­rístico. El estilo de esta obra carece de aquella jugosidad propia de las otras del autor, lo cual, junto con la inseguridad e impericia en el manejo de los tetrástrofos, ha hecho suponer a los críticos que quizás se tratase de una de sus primeras obras.

El poema es un compendio de la vida de Jesu­cristo y hasta el final no adquiere caracteres auténticamente marianos (si bien en el sen­tido de que la vida de Jesús y su redención sólo se comprende en función de María, sí es totalmente mariana esta obra). En ella encontramos constantemente glosas a los libros del Antiguo Testamento, a los Evan­gelios y a las Actas de los Apóstoles, remi­niscencias librescas, alusiones a las profe­cías, a los salmos, a temas profanos y mito­lógicos incorporados a la simbología cris­tiana, como el vellocino, etc., lo que per­mite suponer que el poeta crea bajo una impresión todavía reciente de las lecturas escolares. Pero en la obra hay ya mucho de lo que será el Berceo posterior: su forma típica de dirigirse al público («Acordemos- nos todos, sennores e hermanos»), su propia intimidad («¿qué hará él el día del jui­cio?»). Hacia las últimas estrofas del poema empiezan los ruegos y loores: «Dulçe es el tu nombre, dulçe toda tu cosa; /salió, cuan­do tú naciste, de la espina rosa; / tú abriste los misterios como natural cosa; / a ti recebió don Xpo para ser su esposa. /Ante la tu beldad non han preçio las flores, /ca tal fue el maestro que echó las colores».

Insiste en la virginidad de Nuestra Señora y para explicarla acude a las comparaciones del rayo de luz que atraviesa el cristal («En el vidrio podría asmar esta razón:/como lo pasa el rayo de sol sin lesión,/tú así engendreste sin nulla corrupción,/como si te passasses por una visión»), de la estrella que da luz sin consumirse, etc. Termina el poe­ma rogando a la Virgen por los pecadores, por los amigos y por él mismo («Aun mer­ced te pido por el tu trobador,/qui este romance fizo; fue tu entendedor;/seas contro tu Fijo por elli rogador;/recábdali li­mosna en casa del Creador») de una forma que ha hecho suponer a algunos que existe un paralelismo o influencia con la antífona «Sancta Maria, succurre miseris».

A. Comas

Lo que en las Matemáticas es Útil para la Lectura de Platón, Teón de Esmirna

Obra de Teón de Esmirna (siglo II d. de C.) que no tiene especial valor desde el punto de vista científico. Teón es un mero comentador que, cerrado ya el fecundo ciclo inventivo de la matemática griega, halla su puesto en el retorno general de los estudios a las obras de Platón y Pitágoras. En efecto, es grande el valor histórico de este comentario por las útiles noticias que nos proporciona acerca de varias cuestiones matemáticas y filosó­ficas, y especialmente acerca de la astrono­mía antigua, sobre las teorías aritméticas y místicas de los pitagóricos, las doctrinas de Tales, de Eratóstenes y de otros muchos. Particularmente interesantes son los juicios de Platón sobre el valor de la matemática.

Esta obra está dividida en cinco partes que se refieren respectivamente a la aritmética, a la geometría plana y del espacio, a la astronomía y la música. Esta última está dividida en dos secciones; una dedicada a la teoría de los sonidos y otra a la armonía de las esferas celestes. Teón excluyó deli­beradamente el tratado de la música ins­trumental que había de completar esta úl­tima sección, según el uso corriente entre los tratadistas de la época. De estas diversas partes, no se recuperaron las relativas a la geometría plana y del espacio y a la armo­nía de las esferas, y algunos entre los más eminentes historiógrafos de la ciencia (Can­tor, Tennery, etc.) opinan que no fueron escritos nunca. La parte aritmética de la obra de Teón parece inspirada en la Intro­ducción aritmética de Nicómaco .de Gerasa (I-II siglos d. de C.), la famosa obra que imitada por Boecio ejerció enorme influen­cia en toda la cultura matemática de la Edad Media.

Como Nicómaco, también Teón no tiene concepto verdadero de la demostración de su teorema sobre los números, y cree que una proposición queda demostrada cuando lo comprueba con un caso particu­lar, pero, más desordenado que el de Gerasa, el filósofo de Esmirna acumula confusamente las más diversas proposiciones sobre los números pares e impares, sobre los «primos» y los «compuestos», sobre los nú­meros que él denomina «heterómecos» [esto es, de la forma a (a + 1)] y «prómecos» [de la forma a (a + 2)] y «paralelógramos» [de la forma a (a -j- b)]; sobre los números cuadrados, triangulares, poligonales, en su­ma, sobre todo cuanto había sido objeto de reflexión en la escuela pitagórica. Mu­chas de estas consideraciones tienen un pre­cedente en Nicómaco, y por ello son de escaso interés. Otras, en cambio, son some­tidas por vez primera a nuestra atención; y no debemos pensar que sean obra de Teón; pero él nos proporciona una documentación acerca de las doctrinas de la arit­mética antigua (y especialmente pitagórica) que ciertamente nos hubiera faltado sin su obra.

Entre las proposiciones geométricas de Teón que han llegado hasta nosotros, interesa particularmente su definición de la recta, porque por primera vez esta línea es individualizada como la más breve dis­tancia entre dos puntos. Como se sabe, esta definición ofrece un punto flaco a la crítica, porque el mismo concepto de «distancia» no puede ser definido sino por medio del de «recta», de manera que la definición in­curre en un círculo vicioso. Con todo, Legendre adoptó de nuevo esta definición. En cuanto a la astronomía, Teón comienza por exponer las razones por las cuales se opina que la tierra es esférica y está situada en el centro del universo. Luego pasa a consi­derar el movimiento de los planetas y aquí — refiriendo una opinión que atribuye a Adrosto — nota la identidad sustancial de las hipótesis opuestas de los «epiciclos», de los «deferentes» a que se recurría entonces para explicar los movimientos planetarios. Teón expone después todo lo que en su tiempo se conocía a propósito de los eclip­ses, de las ocultaciones y conjunciones de los astros, y traza una breve historia de la astronomía a partir de los primeros con­ceptos de Oinópides y de Tales. Tanto éstas como las demás páginas del tratado son pre­ciosas porque de ellas los historiadores han deducido muchas e importantes noticias re­lativas especialmente a la primera fase del desarrollo de la astronomía griega. Esta obra, después de algunas ediciones parciales en los siglos XVII y XVIII, mereció una edición completa al cuidado de Hiller (Leip­zig, 1873), y una traducción francesa de J. Dupuis (París, 1892).

U. Forti

Lo Positivo, Manuel Tamayo y Baus

Comedia dramática en prosa del dramaturgo español Manuel Tamayo y Baus (1829-1898), estrenada en 1862 bajo el pseudónimo de «Joaquín Estébanez». La obra es una refundición de Le duc Job, de Laya, de mediano valor. Tamayo no con­cedía a esta obra mayor importancia, considerándola como un pasatiempo baladí. Con todo respondía a un tema muy vivo ya en la época del autor: el valor social del dinero, la sed del lujo, el predominio del interés sobre el sentimiento, «lo positivo», en suma. Cecilia, huérfana de madre, es la figura central de la comedia; frívola e interesada al principio acaba por convencerse de que lo que cuenta y pesa en esta vida es el amor sincero, la generosidad y el buen corazón. Rafael, su primo y enamorado, personifica estas virtudes; don Pablo, padre de Cecilia, fomenta en su hija la pasión por lo positivo, y el Marqués es el amigo de la familia, el hombre bueno y sensato que se pone de parte de Rafael. La vida misma, con su ejemplo vivo y doloroso, hace que Cecilia abra los ojos y el corazón al verdadero amor, al cual sacrifica de buena gana la vanidad y la opulencia. La protago­nista se persuade, al cabo de que «la feli­cidad no se compra con dinero», como sos­tiene uno de los personajes de la obra. Lo positivo, comedia endeble y convencional, fue, con todo, bien acogida por la oportuni­dad del tema; Tamayo insistió en él en Consuelo, en la que el mismo problema es tratado con mayor realismo y humanidad.

Londres Chupacuartos, John Lydgate

[London Lickpenny]. Poema inglés, atribuido casi unánimemente a John Lydgate (1373?-1451?), publicado entre 1400 y 1411. Está en estro­fas de dísticos de ocho sílabas, a la manera de Chaucer, en los que él poeta cuenta de qué manera vino a Londres desde el campo a pedir justicia, pero no consiguió nada, por no tener dinero. Todas las estrofas con­cluyen con el estribillo «…pero por falta de dinero, nada conseguí» [«…But for lack of mony I coid not spede»]. Va primero a Westminster, en busca de un abogado, se pierde entre la multitud, donde le roban el capuchón, logra entrar en el palacio y acer­carse a un juez, al que pide justicia; pero no consigue nada por no estar provisto de las indispensables monedas. Al salir, se en­cuentra rodeado de mercaderes flamencos que le ofrecen, a cambio naturalmente de dinero, las más hermosas mercancías, pasa ante tabernas que lo atraen con las más suculentas ofertas; pero tampoco aquí pue­de detenerse porque su bolsa no está provista.

No tiene mayor éxito en los demás barrios de Londres, en Cheapside, llena de telas bellísimas, de terciopelos y de sedas, donde las posadas le invitan con música y cantos. Llega por fin a Cornhill, donde, entre las cosas robadas, descubre el capu­chón que le había sido sustraído aquella misma mañana; pero ni siquiera puede re­cobrarlo, por no tener dinero; y entonces, desolado, toma de nuevo el camino de la campiña. En la obra de Lydgate, imitador de Chaucer y autor de más de ciento cua­renta mil versos prolijos y fastidiosos, London Lickpenny descuella por la viveza de expresión, que da al pequeño poema, a pesar de su tono de ejercicio retórico, un agrada­ble sabor de vida verdaderamente vivida.

A. P. Marchesini