Luces Vespertinas, Rupen Zartarian

[Zaikaluiss]. Co­lección de novelas cortas y poemas en prosa del escritor armenio Rupen Zartarian (1874- 1915), publicada en 1910.

El volumen repre­senta casi toda la obra del escritor; contiene las prosas que Zartarian publicaba en las revistad armenias, alternando la actividad artística con la política. Escritor regionalista, Zartarian prosigue los motivos folk­lóricos, profundizándolos con vivas llamadas al realismo. Pero algunas leyendas son crea­ciones originales del escritor simbolista, a través de las cuales intentaba expresar sus sentimientos nacionalistas durante el régi­men de Abdul Hamid, cuando eran rigurosamente reprimidas todas las formas de se­paratismo patriótico. Así en el «Cazador herido» se describe la fuga de una gamuza por las montañas, perseguida por el caza­dor; llegados a la cima del Mastar, la ga­muza desaparece como por encanto, y el cazador- no puede descender de la cima a la que ha llegado arrastrado por su furia y muere. («Y ahora la montaña tiene ya su canto: ¡ay de quien persigue a la gamuza!»). En el poema en prosa «la cierva de las montañas» se describen la poesía y la gra­cia del gentil animal, que empero no puede conservar «la agilidad de las patas flexibles y rápidas, en cuanto las ha avezado a la arena de la llanura».

La transposición ale­górica y analógica de estos relatos se apro­xima alguna vez a una concepción nietzscheana de la vida, y otras se inspiran en un fantástico mundo oriental, característico en sus colores y armonías («Los, Siete Canto­res», «Quién tiene un Sultán en el alma»). En las fábulas de Zartarian el mundo no está entendido como figura externa, sino que se hace cada vez más transparente, casi translúcido, para dejar aparecer la verda­dera naturaleza de las cosas, que palpita bajo los aspectos de la realidad objetiva.

A. Piloian

Lucien Leuwen, Henry Beyle

Célebre novela de Henry Beyle, conocido por Stendhal (1783-1842), compuesta entre 1832 y 1835 y publi­cada póstuma por primera vez, de un modo incompleto en 1894, a cargo de Jean de Mitty, y críticamente en 1927, a cargo de Henry Debraye. La primera parte, con el título El cazador verde [Le chasseur vert] fue incluida en los Relatos inéditos [Nouvélles inédites] de 1855. El nombre que el propio Stendhal le dio es el de Cazador ver­de, más comúnmente se le llama también El amaranto y el blanco [L’amaranthe et le blanc] por el subtítulo de la edición de 1894, o El rojo y el blanco [Le rouge et le blanc].

Lucien Leuwen es un joven, hijo de un rico banquero, que, por haber mani­festado sentimientos revolucionarios, es ex­pulsado de la Escuela Politécnica, a pesar de lo-cual su padre logra hacerlo nombrar subteniente en un regimiento de lanceros de guarnición en Nancy. Aquí la pintura de la vida de provincia, la atmósfera de los primeros años de la Monarquía de Julio logran una limpidez sorprendente. Lucien llega a la ciudad lleno de amor patrio y de civismo libertario: considera que el ejército es la verdadera salvaguarda de los inte­reses de la nación. En cambio se da cuenta de que por parte del gobierno se intenta hacer creer que el ejército no está hecho tanto para las empresas de guerra como para la represión de los movimientos políticos de ciudadanos demasiado ardientes: además, en el ambiente mezquino de provincia todo parece conspirar para que la situación de un corazón generoso parezca todavía más triste. Por esto Luciano deja a un lado la pasión de las armas y procura pasar el tiempo del mejor modo posible, en fútiles ocupaciones. La buena sociedad del lugar le acoge al principio amablemente por razón de la riqueza de su familia y por su reso­nante apellido flamenco. Como Julien Sorel (v.) de Rojo y negro (v.) Lucien Leuwen parece inclinarse a la hipocresía para salvar la íntima llama de su espíritu.

Pero no resistiría al aburrimiento y a la tristeza si no se enamorase de una mujer de senti­mientos nobles y bellos, la señora de Chasteller, joven viuda de Nancy, fina criatura de un antiguo mundo feudal. Pero una rocambolesca ficción (le hacen creer, en una bien dispuesta y bastante pintoresca escena que la dama está encinta de otros amores) aleja a. Lucien de realizar sus sueños con un rapto o incluso con un matrimonio que diera paz a su ánimo fantástico y sentimen­tal; y el joven se marcha del país, abatido por tantas calumnias y tanta falsedad. De regreso a París, su padre, con sus influen­cias, le hace nombrar para importantes car­gos del ministerio del Interior: de este modo conoce en su intimidad el mundo de la polí­tica, los negocios y las elecciones. Pero el amor le impulsa a seguir buscando a su amada. En este punto la novela se inte­rrumpe con la ruina financiera y política del padre. Lucien acepta el puesto de secre­tario de embajada en Roma.

Esta última parte nos hubiera dado probablemente las vivas impresiones romanas de Stendhal, entonces cónsul en Civitavecchia. Con todo, es interesante el conjunto de lo que nos que­da, que viene a ser como un amplio fresco en que el elemento más importante está dado por la búsqueda de sensaciones y con­trastes entre corazones nobles y una sociedad llena de falsedades y abusos. El gran valor documental de la obra muestra en Stendhal a un agudo investigador de la so­ciedad y del reinado de Luis Felipe; las numerosas alusiones a la juventud de Lucien son de naturaleza extremadamente autobio­gráficas y, alzados a una pura esfera de na­rración pintoresca y centelleante, alcanzan la poesía de las mejores obras narrativas de Bey le. [Trad. española de Ciro Bayo con el título Un oficial enamorado (Luciano Leuwen), Madrid, 1918].

C. Cordié

Los Luborac’ki. Crónica de una familia, Anatol Svydnyc’kyj

[Luborac’ki, Semejna chronica]. Re­lato de Anatol Svydnyc’kyj (1834-1871), es­critor ucraniano, no valorado hasta muchos años después de su muerte. Luborac’ki fue escrito para la revista «Osnova» en 1860, pero la revista fue suspendida por las auto­ridades rusas y la obra de Svydnyc’kyj apareció por primera vez en el semanario «Zorja» de fuera de las fronteras rusas, en 1885, catorce años después de la muerte de su autor, el cual hasta entonces había sido desconocido. Acogida favorablemente por todos los críticos literarios, esta «crónica de una familia», como la llama modestamente el autor, fue considerada como una de las mejores obras de la literatura ucraniana del siglo XIX.

Describe en cuadros llenos de humorismo realista la vida del clero se­cular ucraniano de la primera mitad del siglo XIX, es decir, en el momento de su más profunda crisis espiritual y moral, cuando, bajo la ofensiva de la escuela rusa y polaca, empezó a separarse del pueblo con el que antes estaba estrechamente liga­do, con todo su modo de vivir y sentir. Ello llevó a la destrucción de la antigua familia patriarcal del sacerdote ucraniano ortodoxo, modelo para tantas familias de aldeanos de la parroquia convertida ahora, en el libro de Svydnyc’kyj, en campo de lucha entre varias y hostiles tendencias cul­turales. La familia Luborac’ki es precisa­mente la de un sacerdote ortodoxo de la que se apartan los jóvenes de la nueva ge­neración, ajenos a su ambiente y a su pue­blo, bajo la influencia de la cultura occi­dental. «¡ Qué desgracia nos ha llegado con estos extranjeros!» — exclamará la madre Luborac’ki —. «Mi hija se ha vuelto po­laca, mi hijo moscovita. Le instruirán bien, no hay que decirlo. Pero habría que des­truir todas esas escuelas».

Y la falsedad de la escuela continúa en la vida: el vil Robusins’kyj, que en la escuela conquis­taba los favores de los inspectores denun­ciando a sus propios compañeros, más tar­de hará carrera, mientras Antos’ Lubo­rac’ki, que ha conservado todavía en el alma algún elemento de bondad, perece miserablemente. Desfila ante el lector toda una galería de tipos, arrancados de la rea­lidad, testimoniando la fina y aguda ca­pacidad de observación del autor.

E. Onatskyi

Loyola, José María Salaverría

Obra del escritor español José María Salaverría (1873-1940), en la que se esboza una biografía del Santo fundador de la Compañía de Jesús. El autor expone cla­ramente su propósito con estas palabras: «He pretendido escribir una vida de Iñigo de Loyola como acaso no se había escrito aún. Al nombrarle Iñigo y no Ignacio, y al suprimir la palabra santo, creo haber signi­ficado mi intención de imparcialidad. Pro­pósito bastante atrevido, tratándose de una persona que vino a la vida en son de gue­rra y dejó la guerra tras de sí». El libro consta de doce capítulos’, titulados, respecti­vamente: Una bala de arcabuz (herida de Iñigo en el sitio de Pamplona y su conver­sión a la vida religiosa), La magia de los libros, El aprendiz de Santo, Ejercicios Es­pirituales, El Santo en Roma, El escolar aventurero, El aprendiz de sabio ¿Santidad o altanería?, En la colina sagrada, La mar­cha sobre Roma, La victoria y la honrosa muerte. En apéndice inserta los «Ejercicios Espirituales».

J. Regla

La Lozana Andaluza, Francisco Delicado

Obra de Francisco Delicado (siglo XVI), impresa en Venecia en 1528 con el título Retrato de la lozana andaluza en lengua española muy cla­rísima, compuesta en Roma. El autor, anda­luz que vivió largo tiempo en Italia, contri­buyó a la literatura celestinesca con este su libro más bien obsceno, cuyas peripecias ocu­rren en Italia: está dividido en diálogos lla­mados por el autor «mamotretos», en los que se representa cuanto de más corrompido po­día encontrarse en la Italia del Renacimien­to, en un ambiente semi italiano, semi es­pañol, con matices del más crudo verismo.

Aunque el autor asegure que su obra «continene muchas más cosas que la Celestina» (v.) no se puede decir que se le parezca. Se asemeja por el contrario al tipo de los Diá­logos (v.), del Aretino, publicados-poco des­pués, en 1534, y consta de una serie de escenas no teatrales, pero sí de viva y di­námica representación, sobre la vida roma­na de la protagonista, hembra de rompe y rasga, en un ambiente digno de ella y con una profusión de personajes (ciento veinti­cinco) como para dejar confuso y aturdido al lector: cortesanas, judíos, lacayos de pre­lados y casas nobles, mercaderes de todas las naciones, gente de mundo de la «época, clientes de mozas de partido, etc. «Paraíso de Putas» según Delicado, se llamaba co­múnmente a Roma, y entre ellas, «las espa­ñolas son las mejores y las más perfectas». La obra conserva Interés no sólo por los elementos históricos y folklóricos (Saco de Roma, supersticiones, noticias culinarias, etc.) y por el lenguaje, lleno de andalu­cismos e italianismos, sino también por su valor de innovación literaria.

Es de notar, que este libro constituye un precedente de la novela picaresca en la que la protago­nista es una mujer; y que en ella aparece por primera vez el nombre «lazarillo» que desde la publicación (1554) de la famosa novela Lazarillo de Tormes (v.), fue en lo sucesivo siempre aplicado a los encargados de guiar a un ciego. Si, como parece, Deli­cado era vicario de Cabezuela, formaría una buena pareja con su ilustre predecesor del siglo XIV, el alegre y desenvuelto arcipreste de Hita, autor del Libro del buen amor (v.). A una mayor experiencia personal que el arcipreste, añade Delicado un impudor cí­nico, un desbocado brío y una extraordina­ria riqueza verbal. . Trad. francesa de Alcide Bonneau (París, 1888).

C. Boselli

En rigor, La Lozana no tiene anteceden­tes literarios. Nació de la vida y no de los libros: fue un producto mórbido de la co­rrupción romana. Su valor estético es nulo, pero su importancia como documento his­tórico es grande, con ser tantos los que exis­ten sobre la prostitución en el siglo del Renacimiento… En rigor puede decirse que La Lozana no está escrita, sino hablada, y esto es lo que da tan singular color a su estilo y constituye su verdadera originali­dad. (Menéndez Pelayo)