Lucrecia Borgia, Victor Hugo

[Lucrèce Borgia]. Drama en tres actos y en prosa de Victor Hugo (1802-1885), estrenado en 1833. No es de los mejores del autor, pese a que la técnica escénica, perfectamente conforme a los esquemas del teatro romántico, le con­fiera un carácter melodramático apreciado por los públicos de la época.

En Venecia, durante un baile de máscaras, Lucrecia Bor­gia se encuentra ante su propio hijo Jenaro, un joven capitán aventurero ignorante de su origen, y está a punto de darse a cono­cer, después de haberle besado mientras dormía. Pero los amigos le narran, bro­meando, la vida corrompida de la mujer que le ha besado, y entonces ella se ve obligada a callar. Una serie de aventuras de gran efecto llevan a la detención de Jenaro, en Ferrara, por orden del Duque Alfonso de Este, a quien las atenciones de su mujer, Lucrecia, con el joven huésped de la corte habían puesto celoso; el mismo Duque obliga, más tarde, a Lucrecia a en­venenar a Jenaro, pero ella consigue sal­varlo. Se ha jurado, empero, a sí misma vengarse de quienes han enturbiado para siempre su imagen a los ojos de su hijo, a quien nunca podrá revelarse como madre, y en un banquete en el que todos son invi­tados, los envenena; una hilera de ataúdes está dispuesta para ellos, y aparece, entre cantos fúnebres, en escena. Pero Lucrecia no sabía que su hijo estaba entre los invi­tados y es envenenado también; pero antes /de morir el joven se venga apuñalando a la que considera una infame mujer. En aquel momento Lucrecia Borgia le dice que es su madre.

El drama es externo, se desarrolla más bien en las situaciones que en el alma de los protagonistas; incluso Lucrecia se mueve sin verdadero carácter ni verdadera pasión. El interés de la trage­dia está sobre todo en el clima de pesadilla y de obsesión creado por el lenguaje de Víctor Hugo. [Trad. española por Jacinto Labaila, en Obras completas, tomo IV (Va­lencia, 1886)].

G. Veronesi

Lucinda, Friedrich Schlegel

[Lucinde]. Novela de Friedrich Schlegel (1772-1829), publicada en 1799. Animado por el ejemplo de Goethe en sus Años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.) (según la teoría de los románticos, la novela era el género literario por exce­lencia, y el Wilhelm Meister era la «novela de las novelas»), también Friedrich quiso escribir los «años de aprendizaje de la virilidad», y el resultado fue Lucinda. Pero no se trata de una verdadera novela, sino más bien lo que los antiguos llamaron idilio y no narración, desarrollándose por episodios; o también la filosofía de una historia de amor; y, al mismo tiempo, un producto del «Witz» (humorismo), y de la «Willkür» (capricho) del poeta, que no tolera leyes ni vetos. Alternan cartas de amigos, capítulos cinicoeróticos, a menudo escabrosos (las «experiencias» del protago­nista con una virgen y con una cortesana), todo ello en una serie de cuadros que Walzel definió como mimicoimpresionistas; hasta que Julio encuentra a Lucinda, pin­tora culta y mujer apasionada, y el amor alcanza aquella mezcla esteticorreligiosa de la sensualidad y de la inocencia, gra­cias a la cual «las mujeres que aprecian los sentidos, la naturaleza y la virilidad» con exaltadas sobre las «que han perdido toda inocencia íntima y experimentan remordi­mientos por los placeres de la carne».

Frie­drich había sacado del «Sturm und Drang» (v.) sus teorías del amor libre y de la emancipación de la mujer. Como de cos­tumbre, las había revestido con formas paradójicas y audaces, llegando hasta el famoso fragmento 34.° del «Athenaeum»: «No se ve lo que se puede objetar a un matrimonio a cuatro». Por este freudismo anticipado, por el pésimo gusto de descu­brir demasiado evidentemente en el perso­naje de Lucinda a su propia amante y des­pués mujer, Dorotea Veit, la novela levantó protestas de los mismos románticos; decía incluso el íntimo amigo del autor, Novalis, que era deplorable que Friedrich hubiese elegido la plaza pública para cuarto nup­cial. Goethe y Schiller lanzaron pullas mor­daces contra la desdichada obra; más tarde, Heine escribió que quizás su autor consi­guiera el perdón de la Virgen, pero nunca el de Venus Afrodita. En los días de mayor agitación la defendió Schleirmacher en las Cartas confidenciales sobre Lucinda (v.).

B. Allason

Lucio Quincio Cincinato, Giovanni Pindemonte

[Lucio Quinzio Cincinnato ]. Entre las muchas tra­gedias, escritas con nobleza de propósitos por el veronés Giovanni Pindemonte (1715- 1812) ésta debe considerarse la mejor. A pesar de respetar, aunque de mal talante, las reglas de la unidad de tiempo, se dejan sentir en la obra las nuevas exigencias del teatro, especialmente por la influencia indirecta de Shakespeare. En este Lucio Quinzio Cincinnato en cinco actos, en ende­casílabos libres, hoy casi olvidado, aquel dictador es visto con sencillez en su mundo campesino, entre el amor de la familia v el sentimiento más vivo, de la romanidad. Su argumento es generalmente conocido por la famosa narración histórica de Tito Livio; el cónsul Minucio ofrece la .dictadura a Cincinnato, el dictador combate victoriosa­mente contra los «equos» y vuelve al campo junto con su hijo Cesón, perdonado de su destierro. Sin alcanzar una verdadera efica­cia representativa en los personajes, el au­tor sabe, sin embargo, hacer sentir con majestuosidad y sencillez a un mismo tiem­po, la profunda rectitud moral del dictador digno de los honores del triunfo, y fiel a las virtudes de sus antepasados.

C. Cordié

Lucio o el Asno, Luciano de Samosata

Luciano de Samosata (aprox. 125-185) com­puso en los últimos años de su vida esta novela fantástica, cuya autenticidad se ha puesto en duda, a causa de los frecuentes vulgarismos de su estilo, contrarios al puro aticismo de Luciano. Protagonista de la novela es un tal Lucio de Patras, que por obra de magia es transformado en asno. El motivo de tal transformación y las aven­turas humanoasininas que de ella derivan debían tener gran difusión en la literatura novelística oriental, que a menudo se carac­teriza por su tono fantástico y fabuloso. Apuleyo en sus Metamorfosis (v.) utilizó nuevamente este tema, aunque no lo tomó de Luciano, sino de una fuente común a ambos. El relato gustó a Poggio Bracciolini (1380-1459), quien en 1450 hizo una traduc­ción libre en latín, no sin esmaltarla de expresiones de doble sentido y chocarreras burlas.

F. Della Corte

Lucifero, Mario Rapisardi

Sobre el mismo tema el italiano Mario Rapisardi (1844-1912) compuso el poema Lucífero, publicado en 1877. Perdida toda fe en una religión reformada y en una po­lítica de transición, se nos aparece como el incrédulo perfecto que venera en Lucifer (v.) el símbolo de la fecunda rebelión y del progreso. El concepto, que Carducci había esbozado, rápidamente en su A Sa­tanás (v.), se repite desordenadamente en quince cantos de casi diez mil versos; versos libres y octavas, tercetos y metros líricos, fluidos en su mayoría y no exentos de sonoridades montianas.

Lucifer asciende a la tierra a encarnarse, para traer «salud al hombre y muerte a Dios». En vano trata de disuadirlo de la ardua empresa Prome­teo (v.), que le expone sus pasadas luchas con Dios y la historia de la humanidad; los tiempos están maduros; un gran ejército de rebeldes, desde Arrio hasta Lutero, desde Cromwell hasta Robespierre, una larga se­rie de descubrimientos, desde la imprenta hasta el vapor, han preparado ya al mundo a su triunfo. Y el nuevo Mesías avanza sobre la tierra, donde le espera antes que nada el bautismo del amor y del dolor; Hebe, su preferida, muere mientras, en medio de las ruinas de- la Acrópolis, la es­trecha voluptuosamente entre sus brazos. De Grecia pasa a Francia, pero se aleja, turbado por los campos ensangrentados de Sédan y de la capital, donde se desencadena una horrible tragedia de monstruos y fan­tasmas. Aparece en América, preocupado por el problema de la esclavitud, y por fin en Italia, exaltando su historia hasta la guerra de la independencia y la perforación del Mont Cénis.

En Florencia se introduce en una reunión de literatos italianos, retra­tados con los tonos de una violenta carica­tura, y en Roma, al fin libre, ve morir a Pío IX. De allí sube al cielo y, tras haberse reunido en Venus con Hebe, adquiere fuer­zas de las voces de los maestros y de los mártires de la humanidad y penetra en el reino de Dios, sin dejarse corromper por promesas ni halagos. San Pedro huye; San Luis se desmaya de voluptuosidad con las caricias de Santa Teresa enloquecida, mien­tras el arcángel Miguel olvida, entre los brazos de Santa Cecilia, el destino inmi­nente. El Espíritu Santo, bajo la forma de paloma, ya ha muerto, y el Padre, traspa­sado por el rayo de lo verdadero, se di­suelve en la nada, mientras Jesucristo, amo­rosamente acogido por Sócrates, entra en las filas de los héroes de la humanidad.

El poema, conocido porque alguno de sus ver­sos dio origen a la violenta polémica de Carducci con su autor, es un ejemplo ca­racterístico de intolerancia literaria. Rapisardi, sinceramente convencido del positi­vismo y naturalismo predicados con acentos casi sacerdotales por Ardigó y por Bovio, abandonándose sin freno a su turbia e irre­verente vena, no supo encontrar ni siquiera uno de aquellos acentos persuasivos que no faltarán, en cambio, en sus posteriores Poesías religiosas (v.).

E. C. Valla