Lucha con el Ángel, Jean Giraudoux

[Combat avec l’ange]. Novela de Jean Giraudoux (1882- 1944), publicada en 1934, bordada, como siempre, sobre una trama de paradójicas moralejas, y dispersa en demasiados temas (incluso figura en él la muerte de un Brossard, hombre de Estado, en quien es fácil reconocer a Arístides Briand con momen­tos de sincera emoción, a pesar de los tru­cos escénicos habituales). El motivo predominante es el amor de Malena por Jacques.

Malena es una joven que viene de la Argentina llevando consigo toda la frescu­ra, la juventud, la instintiva felicidad de una raza joven, de un mundo que parece ignorar la desventura. Malena eleva a Jac­ques hasta su atmósfera de cándido egoísmo y de sonriente ignorancia, y su amor es tan sencillo que raya en lo fabuloso. El milagro, sin embargo, no dura: en cuanto una tarde, en la hora ambigua del cre­púsculo, Malena y Jacques se encuentran de improviso en’ un puente, se ven de pronto distintos de lo que habían sido, y Jacques pasa a ser para Malena algo miste­rioso e infiel. De golpe, la joven tiene la intuición de su complejidad de «homo intelligens», de muchos pensamientos y muchas pasiones, y empieza a fantasear acerca de la vida interior y anterior de su amigo, y a tener personalmente celos de aquello que ig­nora; volviendo luego la mirada hacia sí misma, se encuentra ligera y trivial, mujer- cita superficial e indigna de él. Entonces em­pieza la crisis en el ánimo ingenuo de la joven: Malena intenta ser más profunda, hacerse en cierto modo más inteligente.

Pero en el orden moral no sé puede profundizar si no es hacia el dolor; y he aquí la angus­tiosa idea de todo el dolor humano, en la desesperada miseria de los rechazados y los pobres, que ataca e intenta destruir su feliz ignorancia, y hacerla infeliz y ator­mentada también a ella, como a la mayoría de los hombres. Dudosa lucha que acaba sin conclusión, porque Giraudoux no sale de su característica «vacilación». Así esta con­ciencia del dolor del prójimo parece que deba considerarse como un mal para Ma­lena, como todas las enfermedades que ame­nazan un organismo sano, como una corro­sión química que ataque el milagro de arte de un’ cuadro perfecto: de donde una acti­tud de irritado desdén del escritor por las miserias que describe. Pero precisamente por este cinismo de programa, cuando se compadece, parece que la emoción le sobre­venga a pesar suyo, y nacen escenas de un patetismo agudo, precisamente por lo libres que están, desde su origen mismo, de todo peligro de retórica sentimental.

Aquí, real­mente, Giraudoux denuncia la peligrosa de­bilidad de nuestra cultura, demasiado piado­sa y consciente de las miserias del prójimo, que por esto mismo se cierra la posibilidad de volver jamás al paraíso terrenal, al estado de aquella ingenua y egoísta alegría que es el don de razas más jóvenes; más aún, que amenaza contagiar a éstas su mal. Con todo el símbolo, y las brillantes afirmacio­nes paradójicas en que .se manifiesta, son elementos menos acentuados e irritantes aquí que de costumbre, y lo patético parece más auténtico.

M. Bonfantini

El estilo de Giraudoux se entretiene, vuelve, se alarga, se pierde deliciosamente entre los meandros de una comparación, impone al lector las delicias y las impacien­cias de dejar macerar la escuela. Es un es­tilo que se encarama por los árboles y corre detrás de las mariposas. (Fernandez)

La Lucha con el Dragón, Christoph Friedrich Schiller

[Der Kampf mit dem Drachen]. Balada de Christoph Friedrich Schiller (1759-1805) com­puesta en 1798. Consta de veinticinco estro­fas, cada una de doce versos, que riman aa-bb-cc-dd-ef-ef; el verso es el cuaterna­rio yámbico, muy frecuente en Schiller, fiipercataléctico en los versos 3o, 4o, 7o, 8o, 10° y 12° y acataléctico en los seis restan­tes.

Su argumento es la obediencia cristiana, frente a la cual es vana toda gloria; en el conflicto entre la severidad de la orden y la humildad que espontáneamente se somete, la victoria sólo puede ser de la segunda. En la isla de Rodas, sede de la Orden de los Hospitalarios (después caballeros de Malta), hay un horrible monstruo que causa la des­trucción de sus habitantes. Este dragón, que anida en una caverna, por delante de la cual pasa el sendero que lleva al santuario de la cumbre del monte, apresa a los peregrinos y los devora. En vano cinco miembros de la orden han sacrificado sus vidas en el intento de dar muerte al  monstruo, de tal modo que el Gran Maestre ha prohibido a sus caballeros exponerse a nuevos riesgos. Un generoso y joven miembro de la orden desobedece el mandato; pide licencia al Gran Maestre y marcha a su patria a pre­pararse para combatir contra el dragón.

Por manos expertas se hace fabricar un horrible monstruo, muy semejante al de Rodas; dos grandes y agresivos mastines y un fogoso caballo de pura sangre son diaria y progre­sivamente amaestrados a soportar la horri­ble visión del dragón, y el propio caballero se ejercita en afrontar al monstruo con lan­za y espada. Por fin, desembarca a escon­didas en Rodas y llega a la temida caverna, donde el monstruo está aguardando a su nueva víctima. La lucha es larga y furiosa; el dragón, herido de muerte, derriba al caba­llero bajo su pesado cuerpo, y sólo en el último momento los fieles escuderos, acu­diendo desde su escondrijo, salvan a su se­ñor. Este es el relato que el propio caba­llero hace, con ritmo creciente, al Gran Maestre, el cual, informado del heroico epi­sodio, ha reunido al consejo de la orden para juzgar al caballero desobediente. Cuan­do, terminado el relato, el público aplaude, se oye severa la sentencia del Gran Maes­tro: el joven es expulsado de la orden. Despojado del manto y depuesta la espada todavía ensangrentada, el joven caballero besa la mano de su superior y se aleja, pero entonces el Gran Maestre le vuelve a lla­mar: «¡Abrázame, hijo mío; has ganado el combate más difícil! Toma esta cruz, recom­pensa a la humildad que ha sabido ven­cerse a sí misma».

Concebida en un clima ya romántico, esta balada se funda en un contraste de sentimientos igualmente gene­rosos y toda ella tiende a la resolución final, realizando aquella narración mágica, aque­lla sucesión de elementos inesperados para llegar a una conclusión esperada, a pesar de todo, que será un motivo principal en la poética del romanticismo. [Trad. en verso de Jerónimo Rosselló bajo el título El dra­gón de Rodas, en Poesías líricas de Schiller, (Madrid, 1907)].

O. Lennovari

La Lucha contra el Demonio , Stefan Zweig

[Der Kamf mit dem Damos]. Tres ensayos sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche, apare­cidos en 1925, del austríaco Stefan Zweig (1881-1942). Un semejante y trágico destino aproxima entre sí a los tres grandes solita­rios del espíritu: Friedrich Hölderlin (1770-1843), el autor de Hiperion (v.), La muerte de Empédocles (v.), de los Himnos (v.), que, inspirado por una elevadísima concepción de la poesía, rehusó todo compromiso con la vida práctica y terminó en la miseria y en la locura; Heinrich von Kleist (1777-1811), el autor de Pentesilea (v.), que encontró en el suicidio la solución al interno conflicto entre los impulsos de una naturaleza ardien­te y los imperativos de un intelecto deses­peradamente raciocinador; Friedrich Nietzs­che (1844-1900), el «aeronauta del espíritu», que, solo e incomprendido en su «voluntad de poder», terminó sus días en la locura.

Con distinto método del usado en Tres maestros (v.) el autor — que es uno de los mayores exponentes de la crítica psicológica de fondo freudiano — se sirve de elementos biográficos para un diseño personal, pero vivo e interesante, de los tres poetas ale­manes. Desde el punto de vista del estilo, los tres ensayos — de entonación un poco enfática, pero cargados de color, llenos de imágenes, ricos de movimiento, sostenidos constantemente en una atmósfera de alta tensión (v. por ejemplo el capítulo «Tinie­blas purpúreas» en el ensayo sobre Hölder­lin) — representan uno de los movimientos de elocuencia más personal en la «ensayística» sugestiva y siempre un poco oratoria del escritor austríaco, que, en el destierro, puso fin a su vida de modo tan trágico. [Trad. española de Joaquín Verdaguer (Bar­celona t 1934)].

B. Del Re

La Lucha Antinatural, Philip Massinger

[The Unnatural Combat]. Tragedia en cinco actos, en verso, de Philip Massinger (1583-1640), estrenada hacia 1621 y publicada en 1639. El argumento es una libre imitación, que todavía ensombrece las hoscas tintas de la bien conocida historia de la familia Cenci. Cuenta los delitos del viejo Malefort, quien, tras haber asesinado a su mujer, mata al hijo que quería vengar la muerte de su madre, y alimenta una culpable pasión por su hija, que por huir de él se mata. La lucha antinatural es, probablemente, una de las primeras obras de Massinger, porque el propio autor la llamó, en el momento de su publicación, una «vieja tragedia». La atrocidad de los delitos de que se compone el argumento, la profusión de escenas es­peluznantes, la aparición de los espíritus de los dos asesinados, confieren a esta tra­gedia todas las características de los más sombríos dramas isabelinos de inspiración senequista.

La figura de Malefort, en torno a la cual se centra toda la tragedia, está retratada por Massinger con innegable fuer­za dramática, sobre todo en la escena en que se describe la lucha que sostiene con­tra su culpable pasión (IV, I); pero en con­junto, por la atrocidad y la inhumanidad del argumento, la obra es una de las me­nos vivas y sentidas entre las tragedias de Massinger.

S. Rosati

Lucio Vero, Apostolo Zeno

Melodrama de Apostolo Zeno (1668-1750) estrenado en Venecia en 1700, con música de Carlo Francesco Polla- rolo.

La acción se desenvuelve en Efeso en torno a Lucio Vero, elegido por el empe­rador Marco Aurelio para esposo de su hija Lugila, y sucesor del trono. Al regresar de una gloriosa expedición contra los partos, intenta conquistar con su generosidad a su ilustre prisionera Berenice (v.) reina de Armenia, la cual casada con Volageso, rey de los Partos, quiere permanecer fiel a su esposo, a pesar de suponerlo muerto. Pero él vive, y se ha introducido disfrazado, en la corte. Cuando Lucio Vero, escapado casualmente del veneno preparado por Vologeso, descubre su identidad, está dispuesto a tratarlo generosamente en todo, menos en lo que más importa a entreambos, la posesión de Berenice. Pero la arrogante y dura resistencia de ésta y la improvisada llegada de Lucila que, sublevando a la sol­dadesca, amenaza a Lucio con la pérdida del trono, le induce a volverse a Roma para celebrar las justas bodas dejando libres a los dos altivos y fieles amantes.

La fábula amorosa tejida por Zeno sobre la narración histórica, de la cual, el mismo señala las fuentes, con su acostumbrada diligencia (Ju­lio Capitolino, Sexto Rufo, Eutropio, Sexto Aurelio, Victor), es harto modesta en cuan­to a invención. Si bien las demás figuras están concebidas con decorosa verosimili­tud, es singularmente inferior la del protagonista quien de pronto, asustado por las muy previsibles consecuencias de su pasión, vuelve a Lucila y la llama «dulce esposa» hablándole de amor con toda naturalidad. Algunas escenas artificiosas y fantásticas nos dejarían harto perplejos, si quisiéramos juzgar, como ya se ha hecho, la obra lite­raria de Zeno independientemente de los fines prácticos a los que debía servir. Pero como libreto, con su neta diferenciación entre los recitativos y las arias, con sus escenas bien distribuidas y regularmente cerradas por las cortas estrofas líricas, fue juzgado muy favorablemente y después de haber propocionado a su autor el primer éxito, fue musicado varias veces, con diver­sos títulos, durante el siglo XVIII.

E. C. Valla