La Lucha con el Dragón, Christoph Friedrich Schiller

[Der Kampf mit dem Drachen]. Balada de Christoph Friedrich Schiller (1759-1805) com­puesta en 1798. Consta de veinticinco estro­fas, cada una de doce versos, que riman aa-bb-cc-dd-ef-ef; el verso es el cuaterna­rio yámbico, muy frecuente en Schiller, fiipercataléctico en los versos 3o, 4o, 7o, 8o, 10° y 12° y acataléctico en los seis restan­tes.

Su argumento es la obediencia cristiana, frente a la cual es vana toda gloria; en el conflicto entre la severidad de la orden y la humildad que espontáneamente se somete, la victoria sólo puede ser de la segunda. En la isla de Rodas, sede de la Orden de los Hospitalarios (después caballeros de Malta), hay un horrible monstruo que causa la des­trucción de sus habitantes. Este dragón, que anida en una caverna, por delante de la cual pasa el sendero que lleva al santuario de la cumbre del monte, apresa a los peregrinos y los devora. En vano cinco miembros de la orden han sacrificado sus vidas en el intento de dar muerte al  monstruo, de tal modo que el Gran Maestre ha prohibido a sus caballeros exponerse a nuevos riesgos. Un generoso y joven miembro de la orden desobedece el mandato; pide licencia al Gran Maestre y marcha a su patria a pre­pararse para combatir contra el dragón.

Por manos expertas se hace fabricar un horrible monstruo, muy semejante al de Rodas; dos grandes y agresivos mastines y un fogoso caballo de pura sangre son diaria y progre­sivamente amaestrados a soportar la horri­ble visión del dragón, y el propio caballero se ejercita en afrontar al monstruo con lan­za y espada. Por fin, desembarca a escon­didas en Rodas y llega a la temida caverna, donde el monstruo está aguardando a su nueva víctima. La lucha es larga y furiosa; el dragón, herido de muerte, derriba al caba­llero bajo su pesado cuerpo, y sólo en el último momento los fieles escuderos, acu­diendo desde su escondrijo, salvan a su se­ñor. Este es el relato que el propio caba­llero hace, con ritmo creciente, al Gran Maestre, el cual, informado del heroico epi­sodio, ha reunido al consejo de la orden para juzgar al caballero desobediente. Cuan­do, terminado el relato, el público aplaude, se oye severa la sentencia del Gran Maes­tro: el joven es expulsado de la orden. Despojado del manto y depuesta la espada todavía ensangrentada, el joven caballero besa la mano de su superior y se aleja, pero entonces el Gran Maestre le vuelve a lla­mar: «¡Abrázame, hijo mío; has ganado el combate más difícil! Toma esta cruz, recom­pensa a la humildad que ha sabido ven­cerse a sí misma».

Concebida en un clima ya romántico, esta balada se funda en un contraste de sentimientos igualmente gene­rosos y toda ella tiende a la resolución final, realizando aquella narración mágica, aque­lla sucesión de elementos inesperados para llegar a una conclusión esperada, a pesar de todo, que será un motivo principal en la poética del romanticismo. [Trad. en verso de Jerónimo Rosselló bajo el título El dra­gón de Rodas, en Poesías líricas de Schiller, (Madrid, 1907)].

O. Lennovari