Madame Butterfly, L. Illica y G. Giacosa

Tragedia de te­ma japonés de L. Illica y G. Giacosa, sa­cada de un drama de David Belasco ins­pirado en una narración de John Luther Long y en otra de Loti, y musicada por Giacomo Puccini (1858-1924). Fue estrenada en 1904 en el Teatro de la Scala de Milán con la soprano Storchio, y se hundió cla­morosamente porque al público le parecie­ron demasiado largos los dos actos en que estaba dividida y porque hallaba en la obra demasiados ecos de óperas precedentes.

Dividida después en tres actos y con leves modificaciones, la obra fue reestrenada el 28 de mayo en el Teatro Grande de Brescia y obtuvo un éxito triunfal, que después se ha renovado en todos los teatros del mundo. En Nagasaki, Pinkerton, oficial de la mari­na americana, gracias a los buenos oficios de Goro, agente de matrimonios, se casa con la japonesita Cio-Cio-San, o Butterfly. Al americano le parece divertido aquel matrimonio celebrado según las leyes ja­ponesas, y que es para él cosa de burla. En cambio, la esposa se le ha entregado con amor y devoción ilimitadas. Pasan tres años sin que Pinkerton dé señales de vida. En la casita florida, sobre la colina, que había sido para ellos el nido de amor, Butterfly, con el niño que tuvo de él, le espera día tras día con inusitada fe, sin dar rienda suelta a los tristes presentimientos de la fiel Suzuki. Finalmente, se le presenta un día el cónsul norteamericano con una carta de Pinkerton, y ante el amor y la ciega con­fianza de Butterfly, apenas halla valor para revelarle lo que aquella carta contiene: el adiós definitivo del oficial.

Aquel mismo día llega al puerto la nave americana en que viene Pinkerton, pero éste no ha venido solo; lo acompaña su esposa auténtica, ame­ricana. Butterfly, desesperada, consiente en confiarle el niño y después se mata. Ma­dama Butterfly refleja los caracteres fun­damentales del arte de Puccini, con sus cualidades y con sus defectos. Mejor que en Tosca (v.) y en Turandot (v.), Puccini en Madama Butterfly tiene su campo de acción más congenial, puesto que la peque­ña Cio-Cio-San, es, como Mimí, Manon, Liú, el símbolo de esa mediocre humanidad en que la mayoría del público halla reflejada su común sensibilidad. Además, en esta obra hay un ambiente para ser expresado poéticamente, y en esta dirección Puccini muestra mano feliz, hasta el punto de que los personajes viven como expresión de aquel ambiente más que de su vida propia. Cuando ambiente y personajes pertenecen a un mundo en el cual se desarrollan sen­timientos humanos de limitado alcance, ca­paz de coincidir con el alma de la mu­chedumbre, Puccini puede elevar a poten­cia de arte aquel pequeño mundo burgués que el público internacional admira y con el cual se conmueve. Puccini, por otra parte, conocía sus posibilidades y, salvo en raros casos, se mantuvo dentro de ellas y dejó, como verdadero artista, una huella indeleble en el teatro musical.

A. Damerini

Madame Bovary, Charles Bovary

Novela de Gustave Flaubert (1821-1880), publicada en 1857. Charles Bovary (v.), modesto médico de pueblo, se ha casado con Emma (v. Emma Bovary), hija de un agricultor acomodado, educada como una señorita en un convento, con la cabeza llena de lecturas y sueños románticos.

El enamorado marido y la sen­cillez de su vida dejan insatisfecha a la mujer; ni siquiera el nacimiento de una niña llena su vacío. Un pasante de notario, Léon, despierta su interés, pero ella resiste y él marcha del pueblo, dejándole cierta nostalgia; un elegante de provincias, Rodolphe, la conquista fácilmente, la inicia en el amor tan ansiado y le hace creer que se ha realizado su sueño. Ante el marido, cada vez más mezquino, piensa en esca­parse, en huir con el amante, quien al fi­nal, asustado, la abandona. Ella casi muere de dolor, luego se repone e incluso pasa por una breve crisis de misticismo. Vuelve a encontrar a Léon, ahora más atrevido, e inmediatamente se entrega a él. Es una aventura tranquila, hecha sólo de sensua­lidad, y con ella vienen las mentiras, las ficciones para disimular la culpa. Para ador­narse y rodearse de un poco de lujo, ha acumulado deudas y más deudas; un merca­der usurero, después de haberla favorecido, quiere ser pagado y hace embargar los mue­bles.

Inútilmente acude ella desesperada a Léon, que ya está algo cansado, y a Rodolphe (cuya negativa es el golpe final); luego llega la absoluta desesperación, el veneno. El marido se entera más tarde de las culpas de Emma, la perdona y sigue amándola, y ella muere al poco tiempo. Su publicación en una revista, en 1856, suscitó un proceso por ofensa a la moral pública y a la religión; Flaubert fue absuelto y el escándalo favoreció al libro, que encontró detractores y encomiadores, y muy pronto inició su éxito, cada vez mayor, hasta ser reconocido como una de las mayores no­velas de todas las literaturas. Además de recoger muchos datos de la experiencia del autor, figuras y lugares de su país norman­do, la novela arranca de un suceso real, el suicidio de la mujer infiel de un médico, Delfina Couturier-Delamare. Parece ser que el asunto le fue aconsejado por unos ami­gos y aceptado por Flaubert, para ceñir a un asunto prosaico su irrefrenable lirismo. Sólo que, mientras realzaba el trivial ar­gumento con el prestigio del estilo, en la pobre realidad, entre los odiados burgue­ses, se encontraba de nuevo a sí mismo; en la protagonista hallaba a su alma sedienta de sueños, su romanticismo valerosamente humillado, mortificado e incluso secreta­mente compadecido.

La mujer de la que habla algunas veces con desprecio, se con­vierte en una heroína, hecha de su misma carne, de su alma. De un choque del ardor y la razón, de la condena y el amor, nace la criatura, nace el libro, todo él arte y hu­manidad. Lo mismo ocurre en el Quijote (v.), que es lícito recordar a propósito de la obra maestra de Flaubert. La realidad li­mitada, satisfecha, triunfa empero en el farmacéutico Homais (v.), donde el odio anti burgués del autor ha creado una figura magnífica, intensa, representativa. El marido suscita la más sencilla compasión humana, pues es mezquino y bueno, así como el pa­dre de Emma y la vieja criada. El libro lleva la huella de la época, parnasiana y pesimista, con el sentimiento sometido a la perfección formal; pero aquí el estudio del arte es en el fondo amor a la vida, que induce a buscar la verdad más profunda­mente, venciendo los prejuicios «estéticos» del autor. Y la frialdad que algunos ad­vierten en las trabajadas obras maestras del escritor, se advierte menos en la dolorosa Bovary. [La primera traducción, muy libre, es la de Armancio Peratoner, bajo el título de ¡Adúltera! (Madame Bovary), Barcelo­na, 1875. Existe, además, la de Miguel Án­gel Orts Ramos (Barcelona, 1901) y las de T. de V. (Barcelona, 1912); José Pablo Rivas (Madrid, 1920), la de Pedro Vanees Cuevas (Madrid, 1923) y la de Ramón Xuriguera, en Catalán (Barcelona, 1966)].

V. Lugli

La obra es enteramente impersonal. Es una gran prueba de fuerza. (Sainte-Beuve)

Volvemos a encontrar bajo la intriga mi­nuciosa de Madame Bovary, las altas dotes de ironía y de lirismo que iluminan a ul­tranza las Tentaciones de San Antonio. (Baudelaire)

Después de nuestro gran Balzac, el padre y maestro de todos nosotros, Flaubert fue el inventor de una realidad quizá tan in­tensa como la de su predecesor, e incon­testablemente de una realidad más artís­tica, de una realidad que dijérase conse­guida con un objetivo perfeccionado, de una realidad que pudiera definirse como un «d’après nature» riguroso, logrado con la prosa de un poeta. (E. de Goncourt)

Madame Bovary es probablemente la obra maestra de la novela contemporánea; es una obra de observación minuciosa y ceñida, en una forma al mismo tiempo espléndida y sobria. (Lanson)

Pocos libros son tan desoladorámente pe­simistas como Madame Bovary. Pese a ello, Emma Bovary, con quien el autor es inexo­rable, se hace amar por los lectores… La piedad nace de las mismas cosas, de la misma representación artística que, al ser plena y verdadera, es al mismo tiempo tre­menda y lamentable. (B. Croce)

La importancia de Madame Bovary puede ser comparada a la del Cid y de las Médi­tations, en el sentido de que así como Cor­neille eleva al más alto, grado literario la tragedia fabricada por Hardy, y Lamartine la desbordada elegía clásica del siglo XVIII, Flaubert lleva al plano del «estilo» el rea­lismo que la escuela de Henry Monnier y de Champfleury cultivaba no sólo sin es­tilo, sino contra el estilo. (Thibaudet)

Perdura como el museo que nunca ha de dejar de frecuentar todo joven novelista que no renuncie deliberadamente a convertirse en artista. (Du Bos)

En el momento de escribir lo que pienso de Madame Bovary, me detengo. Vuelvo a leerla por deber; cada vez desciende un poco; no puedo remediarlo. (Alain)

Madame Crisantemo, Pierre Loti

[Madame Chry­santhème]. Novela de Pierre Loti (Julien Viaud, 1850-1923), publicada en 1887. En este libro, dedicado al Japón, el autor describe con imaginación y delicadeza, arte que es característico en él, y con vigilante gusto por los matices y el ambiente, las impre­siones de una estancia en Nagasaki. Defi­nirlo como novela resulta inexacto. La his­toria del matrimonio del teniente de navío Loti con la pequeña Flor de Crisantemo, graciosa muñeca con ojos atónitos y son­risa imborrable, es sólo un tenue pretexto para unir un capítulo con otro y para pin­tar una fiesta popular, una figura de mu­chacha, una montaña florida y una parlan- china reunión de «musmés». No existe amor entre Loti y su «musmé»: solamente los une la costumbre y la fuerza de un contrato. Así, pues, cuando llega la orden de mar­cha, el teniente Loti está casi contento por ello, y Crisantemo dedica los últimos mo­mentos anteriores a la separación a com­probar si las monedas recibidas de su ex marido tienen el peso requerido. El libro, como otros del mismo Loti, tiene hoy día una importancia primordialmente documen­tal: típico ejemplo y determinante a la par de aquel exotismo fin de siglo que fue una de las corrientes más vivas del gusto del ayer. Hay que recordar que el motivo del relato fue recogido y aprovechado para una popularísima opereta inmediatamente pos­terior, La Geisha. [Trad. de Vicente Diez de Tejada (Barcelona, 1931)].

G. Alloisio

La carrera de marino le procuró el me­dio de desarrollar y completar su temperamento: le hizo dar la vuelta al mundo, a través de todas las formas de la natura­leza y de la vida; hizo más agudas su per­cepción y sus melancolías. La vocación li­teraria nació en él de la idea que sólo el libro podía fijar en una realidad duradera algún fragmento de su «yo» y de aquel mundo perpetuamente en fuga. (Lanson)

Entre los grandes artistas que han existi­do, Loti es el menos capaz de intelectualismo. (Du Bos)

Mac Flecknoe, o Una Sátira Sobre el Protestantísimo Poeta T. S., John Dryden

[Mac Flecknoe, or A Satyr upon the True-Blew-Protestant Poet, T. S.]. Sátira en verso de John Dryden (1631-1700), contra el poeta «whig» Thomas Shadwell (16429-1692), publicada en 1682. Shadwell había contestado a la Medalla (v.) de Dryden con La Medalla de Juan Laurel [The Medal of John Bayes, apodo de Dryden, que en 1688 fue nom­brado poeta laureado] y había llamado ateo a Dryden. Dryden hizo un perfil de Shad­well como político en la segunda parte de Absalón y Arjitofel (v.), y un perfil de Shadwell como literato en esta obra: Shad­well recibe de Richard Flecknoe, poeta ir­landés del siglo XVII, las prerrogativas de la estupidez y es coronado en el suburbio londinense de Barbican.

M. Praz

Un Macho, Camille Lemonnier

[Un mâle]. Novela del es­critor belga Camille Lemonnier (1844-1913), publicada en 1881, y una de las obras maes­tras de la literatura naturalista.

Su protago­nista es Hubert, llamado Cachaprés («bus­ca cerca», en dialecto) a causa de una burla que gastó a los gendarmes que le perse­guían. Robusto y arrogante, vive en el bos­que, ama la caza y encuentra en la viola­ción de la ley una prueba de su libertad y de su condición de ser superior a las nor­mas sociales. Su carácter caballeroso y as­tuto han hecho de él una especie de héroe del lugar: leñadores y comerciantes le ayu­dan a vender su botín, y él vive con sen­cillez pero con orgullo. Germaine es una bella campesina, lozana y rebosante de vida; Cachaprés se enamora locamente de ella y, olvidando las fáciles aventuras, siente que ya no podrá vivir sin ella. Germaine, turbada por este hombre aún joven y audaz, se somete a su amor y lentamente se deja arrastrar por la pasión, olvidando sus prin­cipios morales y la honestidad de vida que hasta entonces había respetado. Inevitable­mente, empero, la joven acaba sintiendo la desigualdad de su amor con un hombre perseguido por la ley, vagabundo y violen­to que por celos intenta incluso matarla.

Finalmente, ella siente el hastío de la hem­bra; el hombre ha sido para ella la revela­ción de la vida. Ya no puede darle nada más. Y la mujer trata de encontrar en la separación, aun produciéndole un inconfe­sable dolor, el principio de una nueva existencia. Pero el cazador furtivo hace sa­ber que Germaine es su amante, y, sin que­rerlo, le echa encima el desprecio de todo el pueblo. Envilecida, maldita por sus fa­miliares, Germaine trata de sustraerse a la fascinación de su seductor y, en una su­prema tentativa, obra de manera que caiga en la trampa que le han preparado los gen­darmes. Bajo sus ventanas. se sostiene la lucha, en la que él mata y hiere a algunos guardias, refugiándose luego en el bosque para morir. Germaine, antes vilipendiada por su familia por el ultraje a su honor, y luego piadosamente tolerada en la casa, pasa así sus días consumida por los remor­dimientos y la inquietud. La muerte de Cachaprés pesa en su corazón, y mientras llora tiende los brazos y siente palpitar en su cuerpo una vida nueva. Una indecible desesperación se apodera de ella en un mudo dolor: el ser que el hombre ha de­puesto en ella sigue siendo un testimonio de la inevitable fuerza de la vida y de la naturaleza.

La novela, inspirada en el mo­vimiento naturalista y dé una manera par­ticular en las reglas de Zola, se distingue por la fuerza de su estilo, verdaderamente excepcional en el dibujo de los caracteres y en el dramatismo de las escenas. La na­turaleza es sentida en todas sus vibracio­nes, con un estremecimiento que expresa la plenitud de los campos flamencos y la proximidad de una realidad como la de la selva libre, reino del cazador furtivo.

C. Cordié