Mis Hijos, Elena Maróthy Šoltésová

[Moje Deti]. Es la obra maes­tra de la escritora eslovaca Elena Maróthy Šoltésová (1855-1939), publicada en 1923-24. Bajo la forma de diario, narra, con cuidada y punzante delicadeza, la breve vida de sus hijitos, la pequeña Elenka e Ivanko. La madre asiste feliz al desarrollo de sus almas, expresa su ansiedad cuando los chi­quillos enferman y su dolor cuando mue­ren. Elenka fallece a los pocos años; en cambio, Ivanko estaba ya acabando sus es­tudios cuando la muerte se lo lleva. El libro es una glorificación del amor mater­nal ligado al destino de los hijos. Es una descripción viva de los detalles de la vida sencilla, pero al mismo tiempo variada, de los niños, realizada con afecto emocionante y con sinceridad. La extremada finura del análisis y la conmovedora sencillez de la expresión han colocado la obra entre las más bellas de toda la literatura eslovaca. El libro ha sido traducido a varios idiomas.

E. Pronosilová

El Mismo Daño, Jacinto Grau

Comedia en tres ac­tos y en prosa de Jacinto Grau (n. 1877), representada por primera vez en 1919. Ma­riano; un volitivo afortunado, casa, ya pa­sados los cincuenta, con una joven viuda, Isabel, y desde América la lleva a su casa de Madrid para presentarla a sus hijos, Guillermo, que es soltero, y Alberto, ca­sado con Elisa. El encuentro entre la joven madrastra y los hijastros, que el escéptico Guillermo querría que fuese frío y que Al­berto, admirador de su padre, quisiera en­tusiástico, resulta dramático, porque Alberto reconoce en Isabel a la mujer que unos años antes supo despertar la única gran pasión de su vida, e Isabel reconoce en el hijastro al hombre de quien había huido para mantenerse fiel a su propio marido. Elisa intuye lo que ocurre entre su marido y su joven suegra, pero calla. Isabel, tras un agitado y doloroso coloquio con Al­berto, revela la verdad al marido y le in­duce a que la acompañe lejos de allí. Al­berto, viéndose abandonado, está a punto de cometer una acción desesperada, pero Elisa se lo impide.

La comedia, que hasta este momento es una ágil comedia de cos­tumbres, revela en la última escena un con­tenido original, una profundidad teatral y humana. Elisa escucha la confesión de su marido y se la hace suya: ella se ha ca­sado con él sin amor y ha vivido junto a él anhelando un amor imposible, sufriendo un tormento que Alberto no podía com­prender; pero ahora que el destino le ha infligido el mismo castigo, el mal común los unirá y de la comunión en el dolor podrá al fin nacer el amor.

A. R. Ferrarin

Las Miserias del Señor Travet, Vittorio Bersezio

[Le miserie d’ Monsii Travet]. Comedia en cinco actos, en dialecto piamontés, de Vittorio Bersezio (1828-1900), estrenada el año 1863.

Es la pequeña epopeya del modesto empleado piamontés, o mejor dicho, del modesto empleado en general; por la ma­ñana el pobre hombre (Travet o Travetti) no puede tomar su taza de café porque su mujer todavía no se ha levantado, la cria­da ha salido de compras y su hija arregla la casa. Llega tarde a la oficina y se olvida de llamar «cavaliere» al jefe de su sección recientemente nombrado; por tanto, ha de cargar con gritos y humillaciones. Ínterin, un comendador, director general del Mi­nisterio, trata de seducir a su esposa, mien­tras su hija Mariuccia, a hurtadillas, juega al amor con el joven Paolo. El comenda­dor a todos los lleva al teatro, pero el hijo menor, Carlos, arma tan gran alboroto, que se ven obligados a salir; en la casa encuen­tran a Mariuccia y Paolo charlando con el panadero Giacchetta y el escribiente Bar­barotti. A la mañana siguiente el jefe de la sección hace alguna que otra maligna alusión a las relaciones entre el comen­dador y la señora Travetti. Furibundo, éste defiende torpemente el honor de su cón­yuge y le despiden. Finalmente, el hori­zonte se aclara: Mariuccia se casará con Paolo, Travetti arreglará las cuentas del pa­nadero y el comendador desaparece.

Con esta comedia, que llegó a ser proverbial, Bersezio trata de dar vida a un personaje nuevo y a un nuevo ambiente animándolos, en un juego de penumbras, con el en­cuentro, a lo largo de una línea indefini­ble, de lo dramático con lo cómico. Un poco más tarde, Selvatico y Gallina verán su lado patético; más tarde todavía, Piran­dello sentirá su tragedia. Bersezio quedó en una elemental universalidad y por esto, quizá, consiguió atraerse aquella mayoría que veía en Travetti una ayuda para resol­ver en una sonrisa la aventura de todos los días. Garelli se inspiró en esta comedia para su Felicidad del señor Guma.

U. Dèttore

Los Miserables, Víctor Hugo

[Les misérables]. Novela de Víctor Hugo (1802-1885), publi­cada en 1862. Obra vastísima, concebida como una epopeya popular, capaz de acoger tanto los problemas, las pasiones y las reacciones del individuo como los de la ma­sa, de expresar todo el bien y todo el mal que pueden nacer en el corazón del pueblo generoso y canalla, según la concepción del autor del «todo en todo», esta novela llega a ser también, con su extraordinaria abun­dancia de motivos, la fuente vital de la que extraerá sus argumentos la novela so­cial durante los últimos cuarenta años del siglo.

En el prólogo, Víctor Hugo denun­ciaba explícitamente la tesis que lo había inspirado: revelar la «condenación social» producto de las leyes y las costumbres y bosquejar un cuadro de los tres grandes problemas del pueblo: «la degradación del hombre a través del proletariado, la deca­dencia de la mujer hambrienta, la atrofia del chiquillo que vive sin sol».

Pero esta premisa, que podría hallarse en la base de una novela social de Sue, es ampliamen­te superada por el arrebato épico que sos­tiene las cinco largas partes de la novela, que, esencialmente, es la historia de un hombre del pueblo, Jean Valjean (v.), de­tenido por haber robado un pan y rete­nido durante veinte años en la cárcel a causa de sus tentativas de evasión, que cada vez prolongan la pena. Embrutecido por la convivencia con auténticos delincuentes, Jean Valjean consigue por fin evadirse; pero la libertad haría de él, decididamente, un criminal, si la suerte no le condujese a la casa de monseñor Myriel, purísima figura de fervoroso cristiano. Muy breve y dramático es su encuentro: el buen sacer­dote le brinda su hospitalidad y Jean huye después de robar dos candelabros de plata; es detenido, conducido a la presencia de su víctima para un careo, y aquí tiene lu­gar el prodigio, cuando monseñor Myriel afirma con toda simplicidad que fue él mismo quien regaló a su huésped aquellos candelabros. Es ésta la centella de luz que, puesta en el corazón del ex galeote, dará lugar más tarde a una profunda redención. Encontramos de nuevo a Jean Valjean unos años después, cuando ya se ha construido una vida nueva, solitaria y enigmática figura de bienhechor. En este punto su his­toria se enlaza con la de otro personaje, Fantine (v.), la desgraciada muchacha se­ducida por un estudiante y convertida en prostituta para mantener a su hija Cosette (v.). La niña, confiada a una sospechosa pareja, los Thénardier, que la explotan in­dignamente, logra por fin la protección de Jean Valjean, quien se hace cargo de su educación. Cosette crece, y he aquí el epi­sodio de amor con la aparición de Mario (v.), hijo de un general del Imperio que ha abrazado la causa del pueblo.

De este amor Jean será el genio tutelar. Por fin una tormenta inesperada: la policía cree haber reconocido al antiguo forzado evadido Jean Valjean en un infeliz anormal, y éste está a punto de ser condenado. De repente el verdadero Jean se encuentra atado de nue­vo a su turbia personalidad, y siente el deber de reasumirla; ahora tendrá que de­nunciarse a sí mismo para salvar al ino­cente. El tiempo apremia, Jean corre hacia el lugar del proceso, temeroso de llegar demasiado tarde, y a la vez con la deses­perada esperanza de que los acontecimien­tos le impidan llegar. Pero llega a tiempo, revela su personalidad, se le detiene y es confiado al policía Javert (v.), el hombre que durante años se dedicó a su busca y captura. Logra evadirse, toma otra perso­nalidad y sigue con su vida de bienhechor. Pero Javert sigue persiguiéndole para entregar a la justicia el galeote evadido. En la rebelión de 1832, Valjean podría matarle y liberarse de su perseguidor, pero le salva la vida. El fanático Javert, ante esta re­velación de humanidad que trastorna toda su ideología, se suicida. Alrededor de estos hechos principales se desenvuelve, ora evo­cada, ora directamente representada, la epo­peya gloriosa o miserable de un pueblo: la batalla de Waterloo, la vida de los ba­jos fondos de París, la insurrección de 1832, la barricada de la calle Saint-Dénis con la célebre figura del pilluelo Gavroche (v.).

Y entre este fondo heroico y las figuras principales el contacto es siempre directo, como si una única corriente de vida pasara sin solución de continuidad entre ambos, vinculándolos en el sentido de una sola humanidad que sufre, miserable y, sin em­bargo, grandiosa. Los miserables es una obra desde hace tiempo juzgada: no es difícil observar el aspecto caótico de esta novela en que demasiados elementos se su­perponen para expresar la concepción úni­ca y dominadora de una obra de arte per­fecta. Motivos fuertemente patéticos, casi amanerados, contrastes de pasiones extre­mas a menudo obtenidos artificiosamente, continua lucha entre exasperadas expresio­nes del bien y del mal se mezclan con mo­mentos felices y acabados en que la re­presentación descriptiva de un vasto cuadro de conjunto o la introducción de un per­sonaje adquieren una grandeza que supera la simple anécdota. Pero, por encima de estos juicios, verdaderos hasta llegar a ser obvios, hay, en Los miserables, algo que constituye su misma alma y que vive ne­cesariamente de los méritos como de los defectos de la obra, innegablemente real, y es el sentido profundo, el gran amor ha­cia el hombre y hacia sus sufrimientos, la concepción de una humanidad que va más allá de los límites de los problemas y de las contingencias sociales para imponerse en su natural tragedia.

Víctor Hugo se acer­ca al hombre con la misma actitud inicial de Blaise Pascal, para ver en él a la cria­tura infinitamente grande e infinitamente miserable; pero lo que en el filósofo era especulación refinada en el equilibrio de una mística, se agita, frente al novelis­ta, con toda su desordenada abundancia de emociones, de deseos, de instintos, de generosidades y de infamias. Si es cier­to que todos los personajes de la obra tienen un significado simbólico junto a su significado particular, Jean Valjean es el símbolo más completo de esta concepción: potencialmente dirigido hacia el bien, es retenido, humillado, embrutecido, por las miserias propias del consorcio humano, arraigabas sin duda en lo más íntimo de la naturaleza humana; su esfuerzo de re­dención parece una expiación de este mal que está en él y en los demás, es la con­tribución que da serenidad, pero no ale­gría, al equilibrio de un mundo ético uni­versal. En la continua lucha del mal con­tra el bien, reflejada y multiplicada en los típicos contrastes victorhuguianos entre lo horroroso y lo bello, entre las intenciones y los hechos, entre las causas y las con­secuencias, en este continuo maniqueísmo que Hugo cultiva en sí mismo sin saberlo, el bien no es más que la forma expiatoria y purificadora del mal, más dramática por­que no siempre el mal expiado se halla dentro de nosotros, y el equilibrio se al­canza así metafísicamente, dentro del con­junto de la humanidad y no en los límites del individuo. Esta tragedia ética que se realiza en una infinita multiplicidad de re­laciones distintas está en la base de Los miserables y, tras el gran desorden de la obra, deja descubrir claramente su faz. U. Déttore

En mi pensamiento, Los miserables no es otra cosa que un libro con la herman­dad por base y el progreso por cumbre. (Hugo)

Este libro de acusación contra la sociedad podría titularse más justamente la epopeya de la plebe; es la novela del pueblo ora crapuloso, ora soñador, a menudo sublime, sobre todo utópico, a veces perjudicial, fre­cuentemente heroico.    (Lamartine)

Contiene páginas que pueden enorgulle­cer para siempre no solamente la literatura francesa, sino también la literatura de la Humanidad pensante. (Baudelaire)

Víctor Hugo, como poeta lírico, tiene un carácter angélico y un mensaje poético ju­venilmente cristiano; en esto nadie puede comparársele. (Dostoievski)

Miscelánea de Poesías, Andrew Marvell

[Miscella­neous Poems]. Bajo este título se publicó en 1681 la colección de las obras poéticas del escritor inglés Andrew Marvell (1621- 1678), inspiradas en temas y situaciones dis­tintas, desde la naturaleza y el amor hasta la pasión patriótica y la sátira política. Si sus poesías de amor, poco numerosas por otra parte, están casi por completo domi­nadas por el gusto metafísico de la época, encontramos en cambio en las que cantan el campo, el sentido de un conocimiento di­recto y familiar en lugar del acostumbrado convencionalismo pastoril.

En la larga poe­sía «Sobre la casa de Appleton» [«On Apple­ton House»] el poeta describe con la mi­nuciosidad de un apasionado conocedor los matices de la campiña; estudia y compara, antes de Wordsworth, el canto de los di­versos pájaros, habla con los alados can­tores, parece algunas veces identificarse con los árboles y las criaturas del bosque con un amor románticamente exaltado al que no falta un eco de la pedantería y la extravagancia isabelinas. En «Pensamientos en un jardín» [«Thoughts in a garden»] la riqueza casi sensual de la expresión se acompaña de una serena y optimista vi­sión: sólo en el solitario jardín es posible ser completamente feliz, allí donde toda la creación parece aniquilarse para ser so­lamente «un verde pensamiento en una ver­de sombra» [«a green thought in a green shade»]. La ternura por los animales, la pena por sus sufrimientos se exhalan con gracia exquisita en la pieza semimitológica «La ninfa que llora» la muerte de su cervatillo» [«The nymph complaining for the death of her fawn»]. El sentido de la naturaleza, con una ligera vena de exo­tismo, se funde admirablemente con la in­tensidad del sentimiento religioso en el quizá más célebre de sus poemas, «Bermudas»: algunos puritanos, huyendo de la tiranía de los Estuardos, se acercan a las islas Bermudas, donde esperan encontrar un refugio contra la cólera «del mar y de los prelados» y cantan alabanzas al Señor, que los salvó de los peligros del largo viaje, llevándolos a aquel puerto de paz, a aque­lla tierra rica en toda belleza natural, don­de una primavera eterna parece revestirlo todo.

El sentimiento patriótico de Marvell se revela en su «Oda horaciana sobre la vuelta de Cromwell de Irlanda» [«A Horatian ode upon Cromwell’s return from Ireland»], donde la admiración hacia el Protector se basa sobre todo en el prestigio que su fuerte gobierno procuró a Inglaterra, y en el «Poema sobre la muerte del Pro­tector» [«A Poem upon the Death of His Late Highness the Lord Protector»], com­pletamente lleno de humana y profunda emoción por la grandeza del desaparecido y la inmensidad de la pérdida. En las sá­tiras que escribió después de la Restaura­ción, «Instrucciones a un pintor» [«Instructions to a Painter»], a menudo veladas por una máscara alegórica («Britania y Raleigh», «Un poema histórico», «Diálogo en­tre dos caballos»), Marvell da voz, vigoro­samente, a la cólera todavía inexpresada que reinaba en el país contra las tendencias absolutistas y católicas de los Estuardos; en forma popular, casi siempre en dísticos heroicos, canta el furor y la vergüenza de una Inglaterra sometida y humillada con acentos inspirados en un noble orgullo. Marvell, que fue, después de Milton, el poeta más importante de la época puritana, posee también una riqueza vital y un hu­manismo que hacen de él un hijo del tar­dío Renacimiento, mientras especialmente sus descripciones de la naturaleza, presagios y actitudes románticos le revelan casi como un precursor.

A. P. Marchesini