Los Miserables, Víctor Hugo

[Les misérables]. Novela de Víctor Hugo (1802-1885), publi­cada en 1862. Obra vastísima, concebida como una epopeya popular, capaz de acoger tanto los problemas, las pasiones y las reacciones del individuo como los de la ma­sa, de expresar todo el bien y todo el mal que pueden nacer en el corazón del pueblo generoso y canalla, según la concepción del autor del «todo en todo», esta novela llega a ser también, con su extraordinaria abun­dancia de motivos, la fuente vital de la que extraerá sus argumentos la novela so­cial durante los últimos cuarenta años del siglo.

En el prólogo, Víctor Hugo denun­ciaba explícitamente la tesis que lo había inspirado: revelar la «condenación social» producto de las leyes y las costumbres y bosquejar un cuadro de los tres grandes problemas del pueblo: «la degradación del hombre a través del proletariado, la deca­dencia de la mujer hambrienta, la atrofia del chiquillo que vive sin sol».

Pero esta premisa, que podría hallarse en la base de una novela social de Sue, es ampliamen­te superada por el arrebato épico que sos­tiene las cinco largas partes de la novela, que, esencialmente, es la historia de un hombre del pueblo, Jean Valjean (v.), de­tenido por haber robado un pan y rete­nido durante veinte años en la cárcel a causa de sus tentativas de evasión, que cada vez prolongan la pena. Embrutecido por la convivencia con auténticos delincuentes, Jean Valjean consigue por fin evadirse; pero la libertad haría de él, decididamente, un criminal, si la suerte no le condujese a la casa de monseñor Myriel, purísima figura de fervoroso cristiano. Muy breve y dramático es su encuentro: el buen sacer­dote le brinda su hospitalidad y Jean huye después de robar dos candelabros de plata; es detenido, conducido a la presencia de su víctima para un careo, y aquí tiene lu­gar el prodigio, cuando monseñor Myriel afirma con toda simplicidad que fue él mismo quien regaló a su huésped aquellos candelabros. Es ésta la centella de luz que, puesta en el corazón del ex galeote, dará lugar más tarde a una profunda redención. Encontramos de nuevo a Jean Valjean unos años después, cuando ya se ha construido una vida nueva, solitaria y enigmática figura de bienhechor. En este punto su his­toria se enlaza con la de otro personaje, Fantine (v.), la desgraciada muchacha se­ducida por un estudiante y convertida en prostituta para mantener a su hija Cosette (v.). La niña, confiada a una sospechosa pareja, los Thénardier, que la explotan in­dignamente, logra por fin la protección de Jean Valjean, quien se hace cargo de su educación. Cosette crece, y he aquí el epi­sodio de amor con la aparición de Mario (v.), hijo de un general del Imperio que ha abrazado la causa del pueblo.

De este amor Jean será el genio tutelar. Por fin una tormenta inesperada: la policía cree haber reconocido al antiguo forzado evadido Jean Valjean en un infeliz anormal, y éste está a punto de ser condenado. De repente el verdadero Jean se encuentra atado de nue­vo a su turbia personalidad, y siente el deber de reasumirla; ahora tendrá que de­nunciarse a sí mismo para salvar al ino­cente. El tiempo apremia, Jean corre hacia el lugar del proceso, temeroso de llegar demasiado tarde, y a la vez con la deses­perada esperanza de que los acontecimien­tos le impidan llegar. Pero llega a tiempo, revela su personalidad, se le detiene y es confiado al policía Javert (v.), el hombre que durante años se dedicó a su busca y captura. Logra evadirse, toma otra perso­nalidad y sigue con su vida de bienhechor. Pero Javert sigue persiguiéndole para entregar a la justicia el galeote evadido. En la rebelión de 1832, Valjean podría matarle y liberarse de su perseguidor, pero le salva la vida. El fanático Javert, ante esta re­velación de humanidad que trastorna toda su ideología, se suicida. Alrededor de estos hechos principales se desenvuelve, ora evo­cada, ora directamente representada, la epo­peya gloriosa o miserable de un pueblo: la batalla de Waterloo, la vida de los ba­jos fondos de París, la insurrección de 1832, la barricada de la calle Saint-Dénis con la célebre figura del pilluelo Gavroche (v.).

Y entre este fondo heroico y las figuras principales el contacto es siempre directo, como si una única corriente de vida pasara sin solución de continuidad entre ambos, vinculándolos en el sentido de una sola humanidad que sufre, miserable y, sin em­bargo, grandiosa. Los miserables es una obra desde hace tiempo juzgada: no es difícil observar el aspecto caótico de esta novela en que demasiados elementos se su­perponen para expresar la concepción úni­ca y dominadora de una obra de arte per­fecta. Motivos fuertemente patéticos, casi amanerados, contrastes de pasiones extre­mas a menudo obtenidos artificiosamente, continua lucha entre exasperadas expresio­nes del bien y del mal se mezclan con mo­mentos felices y acabados en que la re­presentación descriptiva de un vasto cuadro de conjunto o la introducción de un per­sonaje adquieren una grandeza que supera la simple anécdota. Pero, por encima de estos juicios, verdaderos hasta llegar a ser obvios, hay, en Los miserables, algo que constituye su misma alma y que vive ne­cesariamente de los méritos como de los defectos de la obra, innegablemente real, y es el sentido profundo, el gran amor ha­cia el hombre y hacia sus sufrimientos, la concepción de una humanidad que va más allá de los límites de los problemas y de las contingencias sociales para imponerse en su natural tragedia.

Víctor Hugo se acer­ca al hombre con la misma actitud inicial de Blaise Pascal, para ver en él a la cria­tura infinitamente grande e infinitamente miserable; pero lo que en el filósofo era especulación refinada en el equilibrio de una mística, se agita, frente al novelis­ta, con toda su desordenada abundancia de emociones, de deseos, de instintos, de generosidades y de infamias. Si es cier­to que todos los personajes de la obra tienen un significado simbólico junto a su significado particular, Jean Valjean es el símbolo más completo de esta concepción: potencialmente dirigido hacia el bien, es retenido, humillado, embrutecido, por las miserias propias del consorcio humano, arraigabas sin duda en lo más íntimo de la naturaleza humana; su esfuerzo de re­dención parece una expiación de este mal que está en él y en los demás, es la con­tribución que da serenidad, pero no ale­gría, al equilibrio de un mundo ético uni­versal. En la continua lucha del mal con­tra el bien, reflejada y multiplicada en los típicos contrastes victorhuguianos entre lo horroroso y lo bello, entre las intenciones y los hechos, entre las causas y las con­secuencias, en este continuo maniqueísmo que Hugo cultiva en sí mismo sin saberlo, el bien no es más que la forma expiatoria y purificadora del mal, más dramática por­que no siempre el mal expiado se halla dentro de nosotros, y el equilibrio se al­canza así metafísicamente, dentro del con­junto de la humanidad y no en los límites del individuo. Esta tragedia ética que se realiza en una infinita multiplicidad de re­laciones distintas está en la base de Los miserables y, tras el gran desorden de la obra, deja descubrir claramente su faz. U. Déttore

En mi pensamiento, Los miserables no es otra cosa que un libro con la herman­dad por base y el progreso por cumbre. (Hugo)

Este libro de acusación contra la sociedad podría titularse más justamente la epopeya de la plebe; es la novela del pueblo ora crapuloso, ora soñador, a menudo sublime, sobre todo utópico, a veces perjudicial, fre­cuentemente heroico.    (Lamartine)

Contiene páginas que pueden enorgulle­cer para siempre no solamente la literatura francesa, sino también la literatura de la Humanidad pensante. (Baudelaire)

Víctor Hugo, como poeta lírico, tiene un carácter angélico y un mensaje poético ju­venilmente cristiano; en esto nadie puede comparársele. (Dostoievski)