Los Misterios, San Hilario de Poitiers

[Liber mysteriorum]. Tratado fragmentario de San Hilario de Poitiers (comienzos del siglo IV), descu­bierto en Arezzo y publicado en 1884 por F. Gamurrini. Durante mucho tiempo se había dudado de la existencia de esta obra, citada por San Jerónimo, habiéndose puesto recientemente en duda su autenticidad ; pero, a pesar de sus muchas lagunas, se puede reconocer en el tratado sobre los misterios el método que San Hilario apli­ca a su exégesis, y, sobre todo, a la otra obra análoga a ésta, el Tratado sobre los Salmos. Quiere demostrar que el Antiguo Testamento preludia el Nuevo y que en cada personaje, en cada época, en cada hecho, se refleja como en un espejo la ima­gen de la venida, de la predicación, de la pasión, de la resurrección de Cristo, y de la propia Iglesia. Cometido de quien inter­prete con talento adecuado, y no vano jui­cio, los Libros Sagrados, es reconocer y des­entrañar su más profundo significado. Como San Ambrosio, San Hilario aprendió de Orí­genes el método de la interpretación ale­górica; el estilo y la lengua revelan claramente la mano de San Hilario, al cual se atribuye la obra sin vacilación : presenta las mismas características que se dan en su obra principal, el tratado De la Trinidad , (v.), aunque el Liber mysteriorum es más complejo y oscuro debido a la antedicha dificultad del tema alegórico y doctrinal.

E. Pasini

Misterios de Cefalonia, Andrés Lascarato

Obra moral y satírica del autor griego moderno Andrés Lascarato (1811-1901), publicada en 1856 con el subtítulo «Pensamientos acerca de la familia, la religión y la política». En los Misterios, Lascarato no es ya el poeta jo­coso o levemente satírico del Lixuri (v.). Ríe y juguetea con el espectáculo que le ofrece el mundo mezquino y retrógrado de su isla, pero, sobre todo, habla en serio y razona, advierte, aconseja y marca con fuego. Es filósofo, observador social, mora­lista, reformador religioso. Quiere una nue­va familia basada sobre el afecto, sobre la armonía espiritual, no sobre el interés y la tiranía del marido, y una religión sa­grada, santa y pura como la antigua, como la verdadera religión cristiana, sin ídolos, sin ayunos, sin milagros de imágenes y de aceite de las lámparas. La misma sinceri­dad y pureza exige también de la polí­tica, que debe perseguir el verdadero inte­rés público, y no el individual de los poli­ticastros y de sus amigos. Lascarato, con sus Misterios, abate y reconstruye, y logra su cometido, sobre todo en la primera parte del libro. El retrato del padre de familia cefalonio, la alegre revelación de los mis­terios religiosos de nuevo tipo que los sacer­dotes de su tiempo fabricaban con objeto de ganar dinero y, en fin, la caricatura del demagogo y del anglofilo — los dos partidos opuestos de los cuales Lascarato estaba igualmente alejado — son páginas de sátira moral que todavía hoy se leen con interés y con deleite. La obra, sin embargo, sus­citó escándalo entre sus conciudadanos y entre el clero de la isla. Lo castigaron con la excomunión y, sometido a diversas per­secuciones, el batallador polemista hubo de desterrarse, pero sin cambiar su carácter arrogante y mordaz que hallaba sostén en una alta conciencia moral.

B. Lavagnini

Misterio de Santa Inés, Anónimo

[Jeu de Sainte Agnès]. Misterio provenzal del si­glo XIV. En Roma, en época no bien de­terminada, el hijo del «praefectus urbis» se enamora de una niña de trece años, Inés, con la que quiere casarse; pero ella lo rechaza con insistencia y dice estar ligada a otro esposo que la ama.

El joven, deses­perado, enferma, y su padre, al conocer la causa de ello y saber también que Inés es cristiana, no consiguiendo doblegarla, la in­tima a hacerse vestal, ya que quiere per­manecer virgen; de lo contrario, la llevará a un lupanar. Pero la muchacha, con la protección divina, nada teme. En efecto, despojada de todas las ropas que lleva, los cabellos le crecen de repente hasta el punto de formar un manto en torno a su cuerpo. En el lugar de la infamia, un ángel situa­do junto a Inés ciega con su luz a quien intenta acercársele. En breve el prostíbulo se convierte en lugar de oración y reden­ción. El que entra en él sale purificado. El hijo del prefecto, que ha ido allí con unos amigos, al ir a poner sus manos en la mu­chacha es estrangulado por el demonio. Acude el prefecto junto al cadáver de su hijo, acusa a Inés de sortilegio y le pone como condición para salvar su vida que resucite a su hijo; la muchacha reza y el joven resucita y afirma en alta voz su fe cristiana. Pero los sacerdotes paganos su­blevan al pueblo contra aquella a quien llaman una «maga», por lo que el prefecto la abandona en manos de su lugarteniente Aspasio.

Puesta en la hoguera, las llamas se dividen y alejan de su cuerpo, mientras ella alaba y da gracias a Dios. Aspasio, para aquietar el tumulto de la multitud ignorante y sedienta de sangre, manda degollar a la virgen. El autor del drama ha seguido en sus líneas esenciales el relato de una Vida latina de Santa Inés atribuida a San Ambrosio, pero la ha ampliado li­bremente, ha añadido episodios y ha in­sertado numerosos intermedios líricos. El efecto escénico es logrado; pero falta en la obra finura de sentimiento y de situa­ciones psicológicas, y hasta el estilo es bastante vulgar. La obra hace pensar na­turalmente en la Teodora (v.) de Pierre Corneille, el cual, por otra parte, debió conocer la Sainte Agnès, tragedia muy des­igual, con coros, de Trotterel (1615).

C. Cremonesi

Misterio de San Luis, Rey de Francia, Pierre Gringore

[La vie monseigneur Saint Loys, roy de France, par personnaiges]. Compues­to en el primer cuarto del siglo XVI, para la hermandad parisiense de San Luis rey, por el poeta francés Pierre Gringore (ha­cia 1475-1538/39), fue editado por A. de Montaiglon y J. de Rothschild en el segun­do volumen de las Oeuvres complètes de Gringore (París, 1877).

Es una escenifica­ción, en unos siete mil versos, divididos en nueve libros, de la vida de Luis IX, tal como el poeta la encontró narrada en las Grandes Chroniques de France. La religio­sidad del rey, sus luchas con algunos de sus grandes vasallos y con el emperador Federico, su devoción al Papa, las vicisi­tudes de la cruzada que hizo a Oriente, su severa justicia, su muerte durante la em­presa de Túnez, y, en fin, una serie de mi­lagros acaecidos por su intercesión después de su muerte, constituyen las varias etapas de esta representación, construida, según los gustos alegorizantes y truculentos de la época, con personajes abstractos (tales co­mo Buen Consejo, Caballería, Paganismo) y con gran lujo, a telón alzado, de torturas, ejecuciones y atrocidades. Ciertas discretas alusiones, la insistencia con que se toca el punto de la adhesión del tercer estado y de la mejor parte de la nobleza al rey santo, revelan, junto al intento apologético en ho­nor del soberano, la velada referencia a una realidad más cercana, y recuerdan el oficio de propagandista político, por cuenta de Luis XII, ejercido por Gringore. Pero el Gringore de nuestro misterio, pedestre ver­sificación de una crónica, queda muy por debajo del de la célebre «sottie» (v. Juego del príncipe de los locos).

S. Pellegrini

Misterio de San Esteban, Anónimo

[Epístola de Sant Esteve]. «Epístola farcida» sobre el martirio de San Esteban, según el texto de los Hechos de los Apóstoles (v.). Se conocen versiones de este texto en francés, provenzal y lenguadoc catalán. La biblio­grafía de la versión catalana puede verse en Massó y Torrents, Repertori de l’Antiga Literatura Catalana, I, 256. La epístola se compone de dieciséis estrofas tetrástrofas monorrimas octosilábicas, que parafra­sean la lección bíblica. El número de manuscritos que la conservan en catalán de­muestra su gran popularidad en todo este dominio lingüístico, desde Elna a Valencia, popularidad que subsistía en el siglo XVI. Una de sus más antiguas copias es la del Leccionario de Áger, de principios del si­glo XIV, actualmente en la Biblioteca de Cataluña (ms. 1000). Higinio Anglés («Vida Cristiana», IX, 1922) halló noticia de este texto en una consueta de Gerona en esta forma: Fiat representado martyrii S. Stephani; y en el archivo de la catedral de Barcelona encontró cuentas que atestiguan esta representación por los alrededores de Navidad entre 1413 y 1419. «It. deu per muntar la part de la Sacristía les messions qui foren fetes per la representació de Na­dal y de Sanct Steva…». Estos datos de­muestran que la Epístola de San Esteban, al igual que el Canto de la Sibila, era re­citada en el templo en forma dramatizada, durante las fiestas de Navidad.

P. Bohigas