La Muerte de Artemidora, Walter Savage Landor

[The Death of Artemidora]. Poesía de Walter Savage Landor (1775-1864), publicada en el volumen Hellenics, aparecido en 1846- 1847. Artemidora está tendida en la cama, moribunda; Elpénor le habla y le dice que los dioses, invisibles, le han atado a los pies las sandalias y están junto a ella dispuestos a llevarla donde dulces sombras la resarcirán de las tristezas y fatigas terre­nas. Artemidora suspira y no tiene fuer­zas para contestar. Iris está a su cabecera y la asiste. Elpénor no aparta la mirada de Artemidora y de nuevo le habla de los go­ces eternos. Al oír la palabra «goce», el pecho de Artemidora se dilata en profundo suspiro; su cabeza se abandona sobre la cama. Resuena un sollozo en la estancia; no de ella, porque Artemidora ha muerto. El tono de la poesía es sosegado, con inten­cionada frialdad «clásica». Pero Landor lo­gra su mayor perfección en esta breve com­posición, y pone en ella una clara sencillez que da vibración y relieve a la triste escena.

A. Camerino

De la Muerte, San Cipriano

[De Mortalitate]. Breve tratado de San Cipriano, obispo de Cartago (martirizado en el año 289), en 26 capítulos, escrito con ocasión de la epidemia de peste que en los años 252-253 diezmó la pobla­ción de Cartago. Es una exhortación espi­ritual, tejida de reminiscencias estoicas, pero reanimadas por el espíritu cristiano, dedicada a todos los que, en aquella ho­ra de prueba, mostraban estar turbados por los acontecimientos. El Reino de Dios — afirma S. Cipriano — está próximo; nadie debe temer la muerte si aspira a unirse con Cristo. En este mundo no hay paz; sería locura preferir las angustias y las lágrimas de este mundo a la perspectiva de un gozo sin fin. Si la plaga ataca lo mismo a los fieles que a los paganos es porque también los cristianos, mientras permanecen en el mundo, están sujetos a las miserias comu­nes de la humanidad. La fe no es un se­guro contra las desgracias; es menester sa­ber ofrecer a Dios el sacrificio de un co­razón humillado, reivindicando como único privilegio el del sufrimiento, con la convicción de que para el cristiano la muerte es una liberación. Tampoco tiene razón de la­mentarse el que teme la muerte natural como obstáculo para el martirio; Dios no pide nuestra sangre, sino nuestra fe. La muerte nos introduce, de cualquier modo que la afrontemos, en aquella inmortalidad gloriosa que debe asociarse al triunfo eter­no de Jesucristo. Para los cristianos, que son extranjeros en este mundo, la verda­dera patria está en los cielos. Apresuré­monos, pues, a entrar en nuestra verda­dera patria donde nos esperan nuestros seres queridos, donde Cristo coronará a lodos los que lo hayan amado.

M. Niccoli

Mucho Ruido por Nada, William Shakespeare

[Much ado about nothing]. Comedia en cinco actos, en verso y prosa, de William Shakespeare (1564-1616), escrita en la forma que la po­seemos, en 1598, pero probablemente exis­tente ya en redacción de juventud, impresa en 1600 y en 1623. El motivo dramático central, del amante inducido a engaño por medio de una persona que adopta el pare­cido de su amada — antiguo motivo que ya se encuentra en las Aventuras de Quereas y Calirroé (v.), de Caritón de Afrodisia —, Shakespeare lo ha sacado de las Novelas (v.) de Matteo Bandello (nove­la XXII), en la versión de François de Belleforest (Histoires Tragiques, III, 1569), y del Orlando Furioso (v.) de Ludo vico Ariosto (historia de Ginevra y Ariodante). Las agudas discusiones de Benedicto y Bea­triz parecen inspiradas en las de Gaspare Pallavicino y de Emilia Pia en el Cortesano (v.) de Baldassarre Castiglione, traducido por sir Thomas Hoby en 1561.

El príncipe de Aragón, don Pedro, en cuyo séquito fi­guran Claudio y Benedicto (Benedick), vie­ne a visitar a Leonato, gobernador de Mesina, padre de Hero y tío de Beatriz. Clau­dio se enamora de Hero y se acuerda su matrimonio. La alegre y aguda Beatriz (v.) y Benedicto (v.), soltero impenitente e ingenioso, se encarnizan en atacarse con sus burlas; sus amigos deciden hacer que se enamoren y se las componen de ma­nera que Benedicto sorprenda una conver­sación en que el príncipe y Claudio hablan de un pretendido amor secreto de Beatriz por él, y Beatriz sorprende una confidencia semejante acerca del amor que Benedicto parece alimentar por ella en secreto. De este modo los amigos se imaginan ser artífices de la derrota de los adversarios del matrimonio; pero ya en aquel acosarse es­taba el germen de una secreta inclinación. Don Juan (don John), hermano bastardo del príncipe y recientemente reconciliado con él, es un carácter soberbio y perver­so.; envidioso del favor que Claudio goza cerca de su hermano, imagina un en­gaño para destruir aquel matrimonio: Borrachio, su criado, se presentará de noche bajo la ventana de Hero, y a la ventana se asomará, vestida con las ropas de Hero, Margarita (Margaret), la doncella de com­pañía de Hero, que está enamoriscada de Borrachio; el príncipe y Claudio asistirán de lejos al coloquio.

Así sucede con la in­voluntaria complicidad de Margarita, la cual, vistiéndose de Hero, piensa ceder a una inocente mascarada. Claudio y el prín­cipe quedan profundamente impresionados, y el día de las bodas delatan la conducta de la joven en plena iglesia. Hero se desmaya. Por consejo de fray Francisco (Friar Francis), que está seguro de la inocencia de Hero, Leonato hace correr la voz de que la joven ha muerto y Benedicto, estimulado por Beatriz, desafía a Claudio por haber calumniado a Hero. Mientras tanto, Borrachio, en estado de embriaguez, confiesa el engaño a un compañero y es oído por los guardias de la ronda nocturna, al mando de dos grotescos oficiales de policía, Dogberry y Verges, que dan lugar a unas escenas cómicas con sus bobadas y su pue­ril incompetencia. Borraehio es detenido y revela al príncipe y a Claudio el engaño de que han sido víctimas. Claudio ofrece reparación a Leonato y le recomiendan que se case con una prima de Hero en sustitu­ción de la supuesta muerta. En el momento de las bodas, la esposa descubre ser Hero en persona. Se casan también Benedicto y Beatriz, y su petulante agudeza no los aban­dona ni ante el altar. Desde luego don Juan, que había huido de Mesina, es dete­nido y será castigado. Aunque el enredo Hero-Claudio sea visiblemente el tema prin­cipal de la obra, con la melodramática escena de la iglesia y el efecto final de la muerta fingida que resucita (repetido, junto con otros rasgos de esta comedia, en el Cuento de invierno, v.), ello no constituye la parte viva de la obra.

Ya aquella trama se ve algo debilitada por la circunstancia de que las pasiones que sus­cita deben armonizarse con el clima de una comedia; de manera que, por ejemplo, la escena del coloquio fingido, imaginado para deshonrar a Hero, es sólo referida brevemente, el siniestro carácter de don Juan queda apenas apuntado y Claudio, en lugar de conmoverse con una desesperación pa­recida a la de Troilo (v. Troilo y Criseida) en semejante situación (la de asistir sin que lo vean al coloquio de amor de la mujer amada que le hace traición), se muestra mecánico e inhumano en su cambio de carácter a medida que la trama lo re­quiere. Las escenas verdaderamente vivas son las desarrolladas entre Benedicto y Bea­triz, pareja que se asemeja bastante a la de Biron-Rosalina en Trabajos de amor perdi­dos (v.); a pesar de que sus frases jocosas no sean propias del gusto moderno, su brío nos conquista; no son personajes del todo cómicos, pues la devoción de Beatriz por Hero, y su indignación y la diligencia con que Benedicto se compromete a servirla de­safiando a Claudio, les prestan aquella por­ción de seriedad que basta para representár­noslos como seres humanos completos.

Tam­bién son muy divertidas las escenas, cuyo carácter es de neta farsa, en que son pues­tos en ridículo los oficiales de policía; una frase de Dogberry, quien se queja de que el escribano no haya puesto en su informe que uno de los detenidos lo ha llamado asno, se ha hecho proverbial: «¡Oh, si él estuviera aquí para escribir que soy un asno!» [«That he were here to write me down an ass!»]. [Trad. española de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930) con el título Mucho ruido y pocas nueces (10.a ed., Madrid, 1951)].

M. Praz

¡Muérete y Verás!, Manuel Bretón de los Herreros

Obra en cuatro actos y en verso del comediógrafo Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), representada en Madrid en 1837, publicada el mismo año y, con variantes en su mayoría sugeridas por el cambio de circunstancias políticas, en la colección póstuma de 1883.

Las tropas nacionales atacan a la rebelde Zaragoza; en ellas destaca por su valor y fe en la libertad el joven teniente Pablo Yagüe, enamorado de Jacinta y secretamen­te admirado por Isabel, hermana de la jo­ven. Matías Calanda está enamorado de Jacinta y aprovecha la marcha de Pablo para asediarla. El comienzo de la comedia, en rá­pidas escenas, a veces vivísimas, como la de un préstamo hecho a Pablo por el usurero Elías, dibuja la curiosa situación que se desarrollará lentamente (acto I, «La des­pedida»). Circula la noticia de la heroica muerte de Pablo, que con los suyos ha ven­cido la revuelta; primero se alude a ella en correspondencias de guerra; luego Matías la difunde con detalles elogiosos para el difunto, y haciéndose pasar por su herede­ro y valiéndose de una supuesta declara­ción hecha por el héroe al morir, trata de casarse con Jacinta con la excusa de no dejarla abandonada. Entretanto, Elías se lamenta por la pérdida del dinero prestado, e Isabel se desespera por la supuesta des­aparición del héroe (acto II, «La muerte»).

Se preparan las bodas de Jacinta con Ma­tías, entre bailes y fiestas, y al mismo tiem­po, a cargo de la afligida Isabel, los fune­rales de Pablo. La gente comenta la infi­delidad de Jacinta, novia del héroe y que tan pronto olvida sus deberes; la botica del barbero delante de la iglesia bulle de chis­mes y malévolas alusiones, y precisamente a ella llega, sin que nadie le conozca, el mismo Pablo, que al enterarse de la intriga piensa en castigar a los culpables. En el silencio de la iglesia el llanto de Isa­bel le da a conocer su amor devoto y de­licado, y encontrando a Elías, que está muy contento de poder recuperar su di­nero, trama con éste una justa burla en perjuicio de los incautos esposos (acto III, «El entierro»). Así, mientras le creen un fantasma envuelto en un sudario, intervie­ne en las bodas de Jacinta y de Matías y, después de haber asustado a los culpables y hacerles las reflexiones más amargas so­bre la naturaleza humana, se casa, ante el mismo notario, con la fiel Isabel, que así ve premiado su afecto sincero (acto IV, «La resurrección»).

La comedia, llena de argucias y, de tarde en tarde, de sabrosas bufonadas, conserva su viveza gracias al carácter mismo de la trama; tampoco ca­rece de ciertos pasos francamente senti­mentales, como el amor de Isabel, o satí­ricos, como los del usurero. El argumento, vulgar en sí mismo — del «muerto resuci­tado» —, está llevado empero con destreza que hace pensar en el entonces reciente estilo de Dumas padre, especialmente, co­mo indicó la crítica, en su Catherine Howard.

C. Cordié

Mudrārāksasa

[Rāksasa y su sello]. Drama hindú en siete actos de Visākhadatta (400 d. de C., aproximadamente). Pertenece al período antiguo y clásico de la historia del drama hindú, en la cual ocupa un lu­gar propio por su contenido exclusivamen­te historicopolítico, sin que el amor tenga en él la más leve parte. El autor demuestra un perfecto conocimiento de las famosas doctrinas políticas de la India antigua, co­nocimiento que, aun no encontrándose nun­ca en otros dramas tan largamente docu­mentados, había . sido y será siempre casi un empeño, de honor para más de un dra­maturgo hindú.

El asunto de este drama es la lucha implacable sostenida, a través de una competencia inagotable de astucias, engaños y traiciones, entre Cānakya (v.) (v. también Kautilīya-arthaśāstra), ministro del rey Candragupta Maurya, y Rākşasa, en otro tiempo ministro del rey destronado Nanda y defensor del último representante (Malayaketu) de aquella desgraciada dinas­tía. La meta a que aspira Cānakya es la de lograr que Rākşasa abandone a Malaya­ketu, y pase al servicio de Candragupta. Cānakya, que ha conseguido apoderarse del sello de Rākşasa y se sirve de él para acre­ditar noticias falsas y sensacionales, sus­cita en el ánimo de Malayaketu sospechas contra Rākşasa. Éste, al fin, para salvar a un fidelísimo amigo, que se halla a merced de Cānakya y ha sido condenado a muerte, se rinde a su rival y acepta ser ministro de Candragupta. Atractivo por la bien con­ducida intriga, valioso por la artística crea­ción de los dos ministros rivales, este dra­ma ofrece una preciosa información acerca de los ambientes politicodiplomáticos de la antigua India. Trad. italiana de A. Marazzi (Milán, 1874).

M. Vallauri