Navegaciones y Viajes, Giovan Battista Ramusio

[Delle Navigazioni et Viaggi). Obra en tres volúmenes — publicada primero entre 1550 y 1559 y luego en sucesivas reediciones con numerosas adiciones — en la que el geógra­fo italiano Giovan Battista Ramusio (1485- 1557) reunió las relaciones de los viajes más famosos desde la Antigüedad hasta su tiempo.

Empieza con una carta-dedicato­ria a Fracastoro, en que el autor expone sus ideas geográficas. La materia de la obra está dividida en tres partes: la primera con­tiene todos los documentos referentes a África, entre ellos la larga descripción de Giovan Leone, la navegación de Alvise Ca’ da Mosto, el viaje de circunnavegación del cartaginés Hannón y las dos expedicio­nes de Vasco de Gama; es particularmente interesante la relación de Nearco, general que acompañó a Alejandro en su viaje al golfo Pérsico; se encuentran, además, la relación del viaje de Americo Vespucci y la de Pigafetta sobre el primer viaje efec­tuado por Magallanes alrededor del mundo.

La segunda parte, publicada póstumamente y mutilada a consecuencia de un gran in­cendio que estalló en la imprenta, se re­fiere a Asia: el famoso viaje de Marco Polo al país de los tártaros, el de cierto armenio llamado Ayton, e interesantes descripciones, escritas por autores varios, sobre Persia, Tartaria, Moscovia, etc.; se encuentra tam­bién — no se sabe por qué — la historia del naufragio del gentilhombre veneciano Pietro Querini en las costas de Noruega y — en ediciones posteriores — la famosa relación de los hermanos Zeno sobre el descubri­miento de Frislandia (v. Descubrimiento de las islas Frislanda…), así como un via­je de Sebastiano Caboto.

La tercera parte comprende todos los viajes y relaciones en torno al Nuevo Mundo, entre las que son importantísimas las Historias de Pedro Már­tir y Gonzalo Fernández de Oviedo, la re­lación de Cortés sobre la conquista de Mé­jico y la de Pizarro sobre la conquista del Perú; también son interesantes, para el des­cubrimiento de Nueva Francia (Norteamé­rica), las relaciones de Verrazano y de Jacques Cartier, como asimismo el relato — contenido en una edición posterior — del viaje de algunos holandeses en busca del paso del Nordeste y de Nueva Zembla.

La tendencia, desarrollada en los primeros años del siglo XVI, de reunir y publicar en co­lecciones las relaciones de los principa­les navegantes, encontró su máximo expo­nente en Ramusio, quien, con su obra mo­numental y preciosísima, proporcionó un modelo que había de ser seguido más tarde y ampliado por recopiladores extranjeros como Hakluyt y Purchas.

P. Gobetti

Nave de los Locos, Sebastián Brant

[Narrenschiff]. Poema satiricodidáctico en lengua alemana del humanista estrasburgués Sebastián Brant (1458-1521), que consta de 2.079 versos octosílabos de ritmo yámbico, pareados («Reimpaare»), aparecido a la vez en Nuremberg, Rüttlingen y Augusta en 1494 (Das Narren Schiff), traducido al latín por J. Lochr con el título Stultifera Navis Narragonice perfections numquam satis laudata Navis etc. (Basilea, 1497).

El Narrenschif se convirtió luego en el Espejo de los locos [Der Narren Spiegel, Estrasburgo, 1919] y, tanto con este título como con el primitivo, como en la versión latina, de la obra se hicieron muchísimas ediciones en holandés, francés, inglés y bajo alemán, todas ellas tomadas de la edición latina. La idea del poeta tiene su origen seguramente en una vieja costumbre del martes de carnaval, existente en el bajo Rin. El autor finge embarcar a todos los locos del país de Cucaña en un extraño barco que pone velas para «Narragonien» (Locagonia), esto es, el reino de la locura. Representantes de todas las clases sociales: el clero, los nobles, la justicia, la universidad, los comerciantes, los campesinos, los cocineros, etcétera, tienen un lugar en el barco.

A cada loco se dedica un capítulo, de modo que, además del prólogo y el epilogo, resultan en total 112 capítulos independientes uno del otro. El contenido de cada capítulo es universal y eterno, porque representa la caricatura de un determinado vicio humano personificado en un loco: y así tenemos al Loco de la Moda, el Loco de la Avaricia, el Loco de la Discordia, etc. El autor no se olvida tampoco de sí mismo y se retrata en el primer capítulo como el loco de los libros, entre los locos que amontonan libros de sabiduría sin que por ello se hagan sabios.

Puesto que entre todos ellos domina la figura de Frau Venus es fácil descubrir en esta reseña de las locuras humanas una especie de revestimiento literario de los famosos cortejos carnavalescos precisamente muy corrientes en Renania, en los que los jóvenes enmascarados, agrupados en torno a Frau Venus, representan la caricatura de las diversas corporaciones y profesiones enunciadas por los chistes que cada enmascarado decía. Estos cortejos dieron también origen a los Fastnachtspiel (v.), o sea «espectáculos precuaresmales».

La obra carece de unidad y el autor a menudo se olvida de la alegoría satírica por atender al fin didáctico presentando su erudición sin ningún aparato. Es sobre todo un moralista, y el poema abunda en máximas y en sentencias tomadas de la Antigüedad, de la Biblia (v.) y también de los proverbios populares (v. Provervios alemanes). Brant es poeta solamente donde representa avivo, con dolor cordial y con un sentido de angustiada desconfianza, la trágica situación de la Iglesia y del Imperio, amenazados por innumerables enemigos internos y externos.

Entonces, caído el velo de la ficción satírica tradicional, aparece la verdadera realidad, y la Nave de los locos se transforma en la «Civitas Christiana», a la que sólo la mano del Hombre-Dios puede salvar del seguro naufragio. Pero el Maestro duerme, como en el lago de Genezaret. Esta obra, celebrada por los contemporáneos como «sátira divina», se revela en su significado histórico como la última voz del humanismo católico alemán, en vísperas de la Reforma (v.), voz de uno que clama en el desierto.

La obra no es, por tanto, sólo poética, sino también re­presentativa, porque cada capítulo tiene al margen un comentario de incisos que acla­ran el texto. El Narrenschiff es una enci­clopedia de sabiduría que caracteriza los años comprendidos entre el Medievo y la Edad Moderna, abrazando todas las disci­plinas morales. El éxito de la obra fue muy grande, cosa que prueban no solamente las traducciones — el Narrenschiff es la prime­ra obra de autor alemán que haya tenido éxito europeo —, sino también el gran nú­mero de imitaciones, entre las que son famosas El Exorcismo de los locos (v.) y el Campo de los locos (v.) de Thomas Mürner y el poema Stultiferae naves sensus animosque trahent.es mortis in exitum (París, 1900) de Yosse Badio. El amigo de Brant, el gran orador eclesiástico Geiler von Kaisersberg, basó todo un ciclo de sermones en el Narrenschiff.

M. Pensa

La Navegación de san Brandano

[Navigatio Sancti Brandani]. Es una visión medieval, obra de un desconocido monje del siglo XI, que desde Irlanda se difundió por toda Europa, enriqueciéndose sucesiva­mente con nuevos episodios.

El texto latino fue publicado por A. Jubinal en París en 1836. Es una verdadera odisea monástica, que consiste en una monótona sucesión de viajes a diversas islas efectuados por unos monjes bajo la guía de San Brandano, o Brandán, abad de un monasterio esco­cés. En cierta ocasión van a parar a una extraña isla de la que escapan milagrosa­mente cuando advierten que es la espalda del enorme pez Gesón (la ballena).

Pasan después a la isla de los «pájaros blancos», que cantan las alabanzas del Señor, y no son otra cosa que ángeles, ni rebeldes, ni fieles, expulsados del cielo y condenados a tomar aquella forma en los días futuros; más allá está la isla del infierno, en la cual, sin desembarcar, oyen el estrépito de las ardientes fraguas y ven alguno de sus habitantes, como un hombre «negro y pe­ludo a manera de cerdo que hedía muy fuerte», y aquel «horrible viejo barbudo» que les arroja sus instrumentos candentes.

Sobre un lejano escollo, Judas, a pesar de estar cargado de las más horribles culpas (v. Leyenda de Judas), en los días festivos goza de un poco de tregua, por intercesión de la Virgen María; en otra isla, San Pablo cuenta su propia vida a los peregrinos. Fi­nalmente, después de siete años de viaje, desembarcan en el «paraíso de las delicias», en la eterna luz y la eterna primavera, en­tre fragancias, cantos, aguas suaves, anima­les espléndidos y mansos y frutos preciosos y deliciosos. En su centro se alza una gran columna, en torno a la cual asciende una escalera que llega hasta el cielo. Un ángel, después de haber cantado un himno de amor a Cristo, despide a los peregrinos, que vuelven a su convento, seguros de su eterna salvación, llevando consigo frutos y piedras preciosas.

La Iglesia repudió esta leyenda, calificada por los bolandistas de «deliramenta apocrypha»; pero obtuvo una gran difusión en la Edad Media, porque satisfacía las aspiraciones ascéticas y el espíritu de aventura, mezclando, sin escrú­pulos, como era corriente en aquel tiempo, fe y superstición, reminiscencias clásicas y tradiciones orientales. Se han hallado aún hoy rastros vivos de la leyenda entre las poblaciones marineras de Liguria; en el pasado, la fe en la existencia de la isla de San Brandano fue tan firme que aquella isla fue señalada en los mapas, siendo rei­vindicada por Portugal como posesión suya.

E. C. Valla

Náutica, Bernardino Baldi

[La Nautica]. Poema di­dáctico de Bernardino Baldi (1553-1617). publicado en 1590. Es el último intento he­cho en el siglo XVI en el género de las Geórgicas (v.) virgilianas: junto a las Abe­jas (v.) de Rucellai y el Cultivo (v.) de Alamanni, conserva todavía cierto interés por su argumento y por sus fuentes, no fá­ciles de determinar, y que van desde Aratohasta Calcagnini.

El autor da, en versos bastante cuidados, enseñanzas sobre el arte de hacer navíos y de navegar. Comienza el poeta distinguiendo los varios tipos de nave, desde las galeras hasta las barcas; después de las varias formas de navíos, se pasa a su uso, con consejos sobre el cortar los ma­deros a su debido tiempo y sobre la orga­nización de puertos y arsenales. Pasando a explicaciones meteorológicas, se trata de los signos del zodíaco y particularmente de lo que se refiere al mar, flujos y reflujos, vientos y signos precursores de tempestades. Llega finalmente el momento de explicar cómo ha de navegarse; también tiene su importancia el modo de estibar la carga en las naves, y cómo hay que pilotarlas tanto en calma como en tempestad; con larga pericia, el piloto entra en la vida de su nave.

Como a modo de apéndice de interés comercial, se da una reseña de los productos de las diversas partes del mundo, con con­sejos sobre el modo de obtenerlos, trafi­cando con los distintos géneros de mercan­cía. Así la nave es el vehículo natural que une a los distintos pueblos y los im­pulsa a la aventura más digna de gloria y de bienestar para la humanidad. Encon­tramos aquí todo el entusiasmo de los tar­díos humanistas del siglo XVI, que unían las glorias medievales de la Italia marinera con los descubrimientos de Colón y Ves­pucci.

C. Cordié

La Nave, Gabriele D’Annunzio

Tragedia en tres episodios y un prólogo, en verso, de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), representada en 1908 y pu­blicada en el mismo año.

La ideología superhumana tan absurda en la esquemática claridad del reciente Más que el amor (v.), da también el tema y el tono a esta tra­gedia; sobre el fondo heroico de la fun­dación de Venecia, lujosa y magnífica ciu­dad para el poeta del Fuego (v.), pone en escena un superhombre, Marco Grático, y una supermujer, Basiliola Faledra (v.), se­mejante ésta a la Pantea del Sueño de un ocaso de Otoño (v.) y a la Comnena de Gloria (v.). Sedienta de venganza por el padre y los cuatro hermanos, a los que Marco sacó los ojos, Basiliola, que sólo dis­pone de sus armas de mujer, excita cuanto puede su poder de seducción para atraer hacia sí al hombre odiado; hasta que con­vertida también en la amante del hermano de Marco, el obispo Sergio, incita a ambos a una feroz batalla, en la que Sergio su­cumbe.

Habiéndose librado así del encanto mortal, Marco parte al fin a conquistar la soñada gloria en el mar; mientras Basiliola se libra de un más humillante castigo, ma­tándose, como la Mila (v.) de la Hija de lorio (v.), sobre la llama simbólica. Todos los peores defectos de D’Annunzio se encuentran reunidos en los sonoros endeca­sílabos de esta tragedia, sumergidos en una onda periódica aún más abundante, que predomina sobre el ritmo endecasílabo, has­ta tal punto que la última palabra de cada verso está a veces truncada en una clara función del período sintáctico forma­do por un conjunto de versos; llena además de una vacua grandilocuencia, que inventa exprofeso e imagina ocasiones para exhi­birse, como auténtica oratoria, en los dis­cursos al pueblo de Marco, de Basiliola y de otros.

Tal grandilocuencia se ejercita además en las invenciones, en las imáge­nes; especialmente en el tema de la Supermujer, comparada, en continuas amplifica­ciones, a Biblis, Mirra, Pasífae, Dalila, Je­zabel, Hogla y a la diosa de los misterios orgiásticos, Dione. El tema innato de la cruel voluptuosidad da lugar a una escena casi cómica, en la que los prisioneros de la Fossa Fuia, locos por ella, imploran co­mo postrer deseo ser matados por su mano; y Basiliola siente una horrible exaltación al ejecutar la orden. En esta escena, sobre todo, la sensación de hallarse ante sentimientos de cartón-piedra hace pensar en la hinchazón del melodrama; la obra es, real­mente, un triunfo del mal gusto.

Mejores acentos tiene la debilidad del Superhombre Marco, puesto en el trance de tener que libertarse de la mujer que le esclaviza, para poder alcanzar la gloria. En cuanto a la parte heroica de la tragedia, se reduce a la misión naval de Marco, «Arma la prora e salpa verso il Mondo» («Arma la proa y zarpa rumbo al Mundo»), y a la oda ante­puesta al volumen, con aquel verso no menos ^ famoso y altisonante: «Fa di tutti gli Oceani il Mare Nostro» («Haz de todos los océanos el Mar Nuestro»). Además de la genérica instigación imperialista y ma­rítima, puede decirse, igual que de la in­citación africana de Más que el amor [Piu che Vamore] que su escasa concreción como palabra poética no es óbice para que nazca de un sentimiento auténtico y sentido por el poeta; y que trataba de excitar la con­ciencia naval del país, lo comprueban sus antiguos artículos marineros de la Armada de Italia y de las Odas navales.

D. Mattalía