La Navegación de san Brandano

[Navigatio Sancti Brandani]. Es una visión medieval, obra de un desconocido monje del siglo XI, que desde Irlanda se difundió por toda Europa, enriqueciéndose sucesiva­mente con nuevos episodios.

El texto latino fue publicado por A. Jubinal en París en 1836. Es una verdadera odisea monástica, que consiste en una monótona sucesión de viajes a diversas islas efectuados por unos monjes bajo la guía de San Brandano, o Brandán, abad de un monasterio esco­cés. En cierta ocasión van a parar a una extraña isla de la que escapan milagrosa­mente cuando advierten que es la espalda del enorme pez Gesón (la ballena).

Pasan después a la isla de los «pájaros blancos», que cantan las alabanzas del Señor, y no son otra cosa que ángeles, ni rebeldes, ni fieles, expulsados del cielo y condenados a tomar aquella forma en los días futuros; más allá está la isla del infierno, en la cual, sin desembarcar, oyen el estrépito de las ardientes fraguas y ven alguno de sus habitantes, como un hombre «negro y pe­ludo a manera de cerdo que hedía muy fuerte», y aquel «horrible viejo barbudo» que les arroja sus instrumentos candentes.

Sobre un lejano escollo, Judas, a pesar de estar cargado de las más horribles culpas (v. Leyenda de Judas), en los días festivos goza de un poco de tregua, por intercesión de la Virgen María; en otra isla, San Pablo cuenta su propia vida a los peregrinos. Fi­nalmente, después de siete años de viaje, desembarcan en el «paraíso de las delicias», en la eterna luz y la eterna primavera, en­tre fragancias, cantos, aguas suaves, anima­les espléndidos y mansos y frutos preciosos y deliciosos. En su centro se alza una gran columna, en torno a la cual asciende una escalera que llega hasta el cielo. Un ángel, después de haber cantado un himno de amor a Cristo, despide a los peregrinos, que vuelven a su convento, seguros de su eterna salvación, llevando consigo frutos y piedras preciosas.

La Iglesia repudió esta leyenda, calificada por los bolandistas de «deliramenta apocrypha»; pero obtuvo una gran difusión en la Edad Media, porque satisfacía las aspiraciones ascéticas y el espíritu de aventura, mezclando, sin escrú­pulos, como era corriente en aquel tiempo, fe y superstición, reminiscencias clásicas y tradiciones orientales. Se han hallado aún hoy rastros vivos de la leyenda entre las poblaciones marineras de Liguria; en el pasado, la fe en la existencia de la isla de San Brandano fue tan firme que aquella isla fue señalada en los mapas, siendo rei­vindicada por Portugal como posesión suya.

E. C. Valla