Odas, Foscolo

Se titulan «A Luisa Pallavicini en una caída de caballo» y «A la amiga convaleciente», y son afines por la semejanza de inspiración.

La primera, com­puesta en Génova en 1800 y publicada en «Nuovo giornale dei letterati», en 1802, fue inspirada por el caso de una noble dama, admirada y cortejada en la sociedad elegante de la ciudad, que yacía enferma a consecuencia de una caída de caballo; Ugo Foscolo (1778-1827) repite a la bella enferma los votos que todos hacen por ella, pero infunde en sus palabras un sentimiento más personal, el temor por la belleza amena­zada, aquella belleza cuyo único y precioso valor él comprende; y traduce espontánea­mente su temor en figuras míticas que acu­den al lado de su heroína, las Gracias que corren junto a Venus herida, Venus desolada por la muerte de Adonis, Palas de la belleza estatuaria, Diana curada que vuelve al Olimpo entre raudales de luz.

El motivo de esta oda, que tiene una ligereza casi madri­galesca, se profundiza en la oda siguiente, publicada en una edición de las Poesías de 1803, en la que Foscolo canta más ex­plícitamente el poder consolador de la be­lleza, sin ocultar el mundo trágico en que ésta se levanta, como una luz entre las tinieblas: «La áurea beldad donde encon­traron/alivio único para sus males/las men­tes mortales nacidas para el delirio».

La protagonista no es una mujer extraña, como Luisa Pallavicini, sino una mujer ligada a él por una larga y tempestuosa pasión, Antonietta Fagnani Arese; pero el amor es más el antecedente que el objeto de la poesía, porque el poeta se abstrae de los acontecimientos de su propia vida y del amor mismo para fijarse en la maravillosa belleza de la amada, que resurge triunfal después del breve eclipse del mal, y para retratarla en sus diversos aspectos, mientras ella vuelve dominadora a los salones milaneses, o canta acompañándose con el arpa, o se entrega a la danza.

¿Quién querrá re­cordarle la fugacidad de la belleza, del dolor, de la muerte? Inmortal es la belleza; fueron criaturas humanas, antes que divini­dades, las diosas celebradas por los poetas de la Hélade, y todavía hoy viven en el luminoso mundo que fue el suyo: Artemisa, Belona, Afrodita; de aquel mundo, que es también el suyo, siente el poeta haberle venido, como a los poetas helénicos crea­dores de dioses inmortales, la facultad de fijar, más allá del contradictorio presente, una imagen de perenne belleza, y para él su amiga vivirá, cual nueva diosa, en lo que tiene de más precioso y de más digno.

La celebración de la bella mujer se trans­forma así en la celebración de la poesía; y la oda, que de los salones milaneses se traslada a las islas y los mares de Grecia y acoge la alegría despreocupada de la mujer resurgida de la enfermedad, y el dolor y el llanto, apenas indicado, de los demás hombres, se nos revela, en su com­plejidad y en su originalidad, como cosa perfecta.

M. Fubini

En este clasicismo de colores vivos y nue­vos sintió la frescura de una vida joven, curada del sentimentalismo enervante y de­vuelta al entusiasmo. (De Sanctis)

La oda «A la Pallavicini caída del caballo» está entonada como una galante lisonja. (F. Flora)

Odas, Dániel Berzsenyi

Las odas de Dániel Berzsenyi (1776-1836), publicadas en 1813, son obras maestras de la métrica húngara de imitación clásica, en un estilo lleno de pathos romántico.

Estas poesías prueban también que la lengua húngara es el único idioma europeo en el que se pueden hacer versos con métrica cuantitativa, esto es, con métrica basada en la alternancia de sílabas largas y breves (no sustituidas por sílabas átonas y tónicas). Berzsenyi eligió como maestro a Horacio, aunque sólo tomando de él algunas sugerencias; en realidad sus odas, abundantes en referencias mitológicas, expresan el pensamiento y el mundo sen­timental del noble magiar.

La primera oda «A los húngaros» fustiga a la nación, que ha abandonado el traje marcial de sus abue­los, olvida la lengua nacional y sólo se ocupa de futilidades; el relajamiento de las cos­tumbres conducirá a la destrucción del país, del mismo modo que provocó la caída de la antigua Roma y de la fuerte Babilonia. En cambio, las odas dirigidas a sus grandes contemporáneos y la segunda oda «A los húngaros» manifiestan un estado de ánimo opuesto: a la vista de la grandeza humana, el poeta se siente lleno de fe sobre el futuro de la nación.

«El alma y un pueblo libre hacen milagros». «Plegaria» testimonia su fuerte fe religiosa. Se aproxima algo más a Horacio en «La llegada del invierno», con su referencia a la caducidad de la ju­ventud. «¡Oh, tiempo alado, que tan presto se va!…» Aunque las excesivas alusiones mitológicas hacen difícil la lectura, la con­cisión y elegancia expresiva de estas odas han hecho proverbiales algunos pasajes.

La obra encontró una crítica insólitamente se­vera para su época, hecha por el joven Kolesey, el poeta del Himno (v.), crítica que descorazonó al autor, induciéndole a ocuparse sólo de estudios estéticos; hoy algunos poetas se proclaman todavía discí­pulos de Berzsenyi. Éste sabe conciliar los extremos más opuestos, desde la máxima intensidad a la suavidad más delicada, en una polarización extraordinariamente eficaz, digna de los más grandes románticos euro­peos; pero es clásico al mismo tiempo por su perspectiva cósmica y por la perfección de factura de sus poesías.

M. Benedek

Odas, Estesícoro

La poesía griega tuvo, entre los siglos VII y VI a. de C., un rico florecimiento entre los dorios de Sicilia y de la Magna Grecia, y adquirió la forma de una amplia canción de conte­nido narrativo, que celebra un mito eró­tico o una leyenda popular.

El jefe de esta escuela fue Tisias de Himera (alrededor de 640-555 a. de C.), llamado Estesícoro porque dio a los coros la ordenación que se hizo normal para este género de poesía musicada (ordenador de los coros). Su obra fue vasta, y al nombre de este poeta, pronto envuelto en la leyenda, se adscribió también la producción análoga promovida por su ejemplo.

Nos quedan algunos títulos de sus composiciones («Orestes», «Gerioneida», etc., de mitos épicos; «Dafnis», «Cálica», «Rádina», de fábulas populares), y escasísimos fragmentos. Entre éstos, harto conocido por la cita del Fedro (v.) plató­nico, figura el de la «Palinodia», es decir, una retractación que hizo el poeta del mito de Elena (v.), después que la propia Elena, según la leyenda, le privó de la vista por haber sido difamada como adúltera en una canción precedente.

Adoptando una versión, que fue seguida por Eurípides en su Elena (v.), Estesícoro afirmó que no fue la ver­dadera Elena, sino una imagen ilusoria la que siguió a Paris a Troya. Este episodio es notable, porque muestra con qué liber­tad elaboraban y modificaban los poetas el material legendario. Es también interesante la Orestíada, que es la fuente dórica del mito de Orestes, de la que se valió Esquilo para su trilogía trágica titulada también Orestíada (V. Agamenón).

A. Brambilla

Vigoroso ingenio, Estesícoro se nos ha mostrado cantando las más grandiosas guerras, los más ilustres capitanes, sosteniendo con su lira todo el peso del poema épico. (Quintiliano)

Odas, Baquílides de Ceos

El conocimiento de la obra de Baquílides de Ceos (520-450 apro­ximadamente a. de C.), primero limitada a unos sesenta breves fragmentos, se aumen­tó singularmente en 1897, cuando de un papiro fragmentario descubierto en Egipto fueron publicadas 20 odas de este poeta.

No están íntegras todas; de algunas quedan pocos versos (20 de la cuarta, 16 de la sex­ta, 11 de la vigésima, etc.), y aun en otras partes el texto presenta lagunas y dificul­tades de lectura. Los primeros 14 son epi­nicios, esto es, cantos corales de diversa extensión (de los 16 versos del VI a los 231 del XIII), compuestos para celebrar victorias atléticas en las competiciones pan- helénicas (para Argeyo de Ceos, vencedor en los juegos ístmicos; para Gerón de Siracusa, vencedor con los caballos en las luchas olímpicas y píticas, etc.).

El esquema del epinicio baquilideo no se diferencia subs­tancialmente del pindárico. El comienzo es proporcionado por la mención del vencedor, acompañado de las alabanzas suyas y de su ciudad. La lucha no es descrita, sino sólo recordada, generalmente con una sencilla alusión, alguna vez con algún toque más amplio.

La mayor parte de la poesía está dedicada a la exposición de un mito que tenga cierta relación genealógica, geográfica o sencillamente ocasional con el atleta ce­lebrado. Mientras que en el mito, Píndaro persigue la solemne confirmación de los con­ceptos religiosos y morales que informan toda la oda, para Baquílides, menos sensible a aquellos problemas y menos inclinado a una reelaboración personal del patrimonio mítico, la leyenda es pretexto para una narración más graciosa que profunda.

Sólo en la oda X falta del todo la narración mítica. Al fin el canto se concluye general­mente con una reanudación de las alabanzas al vencedor. Las poesías más notables son la tercera y la quinta: la una evoca la leyenda de Creso, salvado por la interven­ción divina de la hoguera donde estaba a punto de quemarse con los suyos, para sus­traerse a la servidumbre persa; la otra re­cuerda el encuentro ocurrido en el Hades entre Heracles y Meleagro, y la narración que hace Meleagro de su triste destino.

A los epinicios siguen seis composiciones conocidas con el nombre de ditirambos  (cantos corales relativos al culto de Dionisos). En ellos se contiene exclusivamente la narración de un mito: la embajada de Ulises y Menelao a Troya para pedir la restitución de Helena; los celos que tiene Deyanira de Heracles; Teseo y Minos; Teseo y Egeo; las peregrinaciones de lo; la historia de Ida y de Harposa. Particularmente notable es el XVII, porque en él el unísono coral está dividido por un diálogo con evidente analogía con las formas de la poesía dramá­tica; el rey de Atenas, Egeo, responde a los ciudadanos atenienses, que constituyen el resto del coro, los cuales lo interrogan acerca de las maravillosas empresas de un joven héroe en marcha hacia Atenas; y el otro no sabe todavía que se trata de Teseo, hijo del propio rey.

Pero entre los diti­rambos el más interesante, por su perfec­ción y la gracia de su narración, es el XVI: Teseo viaja en una nave hacia Creta, junto con Minos y los siete jóvenes y las siete muchachas que un cruel tributo destinaba cada año al Minotauro, y cuando Minos osa tocar a una de las muchachas Teseo se le encara alabándose de ser hijo de Neptuno; y cuando el rey de Creta lanza un anillo al mar, desafiándole a que lo traiga en prueba de aquel parentesco, él se arroja a las olas y desaparece. Pero cuando ya se le supone muerto, el héroe, acogido benignamente en los palacios submarinos, vuelve ileso a flor de agua, adornado por los dones de Afro­dita.

Es característica de la manera de hacer de- Baquílides la tendencia a escoger el momento culminante de una leyenda y re­presentarlo por sí mismo, sin. preocuparse de los antecedentes y el desenlace. Sus evo­caciones son más ilustraciones que narra­ciones, y recuerdan, en sensibilidad y téc­nica, la pintura.

Un antiguo juicio, el del anónimo autor del tratado De lo Sublime (v.), definió a Baquílides como el repre­sentante de una impecable mediocridad. En realidad, Baquílides es una personalidad original: incapaz de concepciones geniales, elabora el material tradicional con refina­miento de artista, rico sobre todo en sensa­ciones visuales y de un gusto decorativo y estilizante.

Pero dentro de estos límites pro­duce, especialmente con los ditirambos, joyas de exquisita factura, a las cuales el tiempo no ha quitado nada de su frescura. [Trad. española, en verso, de José Bernabé Canga-Argüelles (Madrid, 1796), incluida posteriormente en el volumen de Poetas líricos griegos (Madrid, 1898)].

A. Brambilla

Odas, Anacreonte de Teos

Anacreonte de Teos (s. VI a. de C.) fue poeta de profesión y empleó con preferencia su fácil vena en amenizar los banquetes de los príncipes y de los tiranos.

En pequeñas y graciosas estrofas, cuya melodiosidad acentuaba la música, celebra los goces de la mesa y del amor; evoca, con rápidos toques, vicisitudes sentimentales con jovencitos y muchachas y lamenta la brevedad de la juventud y la inminencia de la muerte.

Su gracia, ora despreocupada, ora ligeramente melancólica, evita el verdadero dolor y no llega nunca a la intensidad de la pasión. No es un poeta que tenga mucho suyo que decir, pero los lugares comunes de la poesía de banquete hallan en sus versos una expresión de cum­plida elegancia literaria, destinada a tener mucha fortuna y muchos imitadores.

Vivió hasta edad avanzada y tal vez por esto su figura cristalizó en la del viejo divertido cuya experiencia de la vida es sugerida, más que por la mueca de amargura, por la elegante sonrisa. Con todo, no le faltan otros temas (p. ej. el fragmento 21, estre­mecido de odio y desprecio contra un rival) en su producción poética, que fue vasta y múltiple y que comprende, además de las odas propiamente dichas, elegías y yambos.

Los antiguos conocían de ella cinco libros, pero hasta nosotros, como de casi todos los líricos griegos, sólo han llegado fragmentos. La fortuna de Anacreonte está además ates­tiguada por las llamadas Anacreónticas (v.).

A. Brambilla

Un hálito pasajero de vientecillo fresco, en el verano oloroso y placentero, que de pronto os restaura en cierto modo y os abre como el respiro y el corazón con particular alegría; pero antes que podáis satisfaceros plenamente con aquel recreo o analizar su calidad y distinguir por qué os sentís tan refrescados, ya aquel hálito ha pasado. (Leopardi)