Olivetum, Andreas Gryphius

Poema en lengua latina de Andreas Gryphius (1616-1664), escrito pro­bablemente durante la estancia del poeta en Leiden (finales de 1643, comienzos de 1644), Según las noticias de un diario perdido de Gryphius, habría sido impreso en Florencia en 1646 y después entregado por el poeta en audiencia solemne al Senado de la República Véneta.

Pero de la edición florentina faltan ejemplares y del homenaje a la Serenísima documentos históricos. La primera edición existente de la obra es del 1648. El Olivetum, escrito en hexámetros y dividido en tres cantos, es el poema de la pasión de Cristo en el monte de los Olivos.

En él se refleja, además del sentimiento religioso de Gryphius, la literatura mística de Scheffler y de los demás silesianos, pero, según de­muestra el propio uso de la lengua latina, en la obra se revela ante todo la influen­cia humanista ejercida sobre el poeta por la Universidad de Leiden.

La pasión de Cristo está, en efecto, representada con formas y medios poéticos completamente clásicos, como por ejemplo, el uso abundante de las iconologías desde la de la Venganza que, al comienzo, se opone al deseo de Cristo de redimir a la Humanidad, a la de los mons­truos infernales, Castigo, Muerte, Hambre, Desesperación, etc., que, en el segundo can­to, tientan a Cristo en el Monte de los Oli­vos.

Y de un mitologismo clásico es también la escena final, que representa la fuga de las ninfas, aterrorizadas por las señales pro­digiosas de la próxima muerte de Cristo, del río Chidron a su padre, el Dios-río que les cuenta la profecía de David. Y David aparece y cuenta la crucifixión de Cristo, en tanto que ésta ocurre; el Dios-río mal­dice a Jerusalén y a todo el pueblo hebreo, y las ninfas huyen, desvaneciéndose, por todas partes.

S. Lupi

El Olmo del Paseo, Anatole France

[L’orme du mail]. Novela de Anatole France (François-Ana­tole Thibault, 1844-1924), que, publicada en 1896, fue la primera de la tetralogía titu­lada Historia contemporánea (v. El maniquí de mimbre, El anillo de amatista, El señor Bergeret en París).

Con esta serie, France, renunciando en parte a la facilidad esteticista y a las divertidas evocaciones históricas de sus primeras novelas, que se complacían en situarse en cierto modo al margen de la vida moderna, quiso llevar su sátira al corazón de la sociedad contemporánea.

El héroe de su narración es Bergeret (v.), per­sonaje que ocupa en la sociedad de fines del siglo XIX un puesto equivalente al del abate Coignard (v.) en los primeros años del siglo XVIII.

Como Coignard, también Bergeret es humanista en lo profundo de su alma, y gusta de filosofar sobre la vida; pero no es de ningún modo un clérigo aventurero y pintoresco, sino simplemente un profesor de literatura latina en la anti­gua universidad de una gran ciudad pro­vinciana, Turcoing.

La noble y modesta figura de este hombre de talento, fino hu­morista y agudo observador, está cuidado­samente retratada por el autor, que sigue a su héroe en los fatigosos contratiempos de su carrera, en las pequeñas miserias de su vida doméstica, y, sobre todo, en sus relaciones sociales, en sus pensamientos y en sus interminables conversaciones.

Porque Bergeret, espíritu socrático, gusta de dis­cutir y conversar con cualquiera; y sus dis­cursos y sus reflexiones ofrecen a France el pretexto para evocar en torno a él, como una serie de estampas de rasgos finos y mordientes, la vida entera de la ciudad.

En la tienda del librero Paillot, Bergeret en­cuentra al iracundo archivero Mazure, mal­diciente y áspero jacobino, al charlatán doctor Fornerol, al rico de Terremondre, hi­dalgo campesino, amante del arte y colec­cionista; su profesión lo pone en contacto con sus colegas; su admiración le impulsa a lisonjear a la sugestiva figura de Madame de Gromance, cauta y radiante pecadora; su interés por los fenómenos sociales evoca en tomo a él la figura del prefecto de la ciudad (el escéptico y rutinario Worms- Clavelin, sostenido por la hábil política mundana de su mujer), la del viejo general legitimista Cartier de Chalmot, la del indus­trial Dellion…

Pero el interlocutor preferido del profesor Bergeret, el compañero de sus tranquilos paseos bajo los olmos que cir­cundan el viejo juego de mallo, a extra­muros de la ciudad, es el abate Lantaigne, el rector del seminario. Aunque el benévolo escepticismo de Bergeret esté en los antí­podas de la fuerte y belicosa fe del abate, los dos hombres, unidos por la misma pa­sión por la controversia y por el amor de las ideas generales, aprovechan todas las ocasiones para discutir, y sus debates con frecuencia se elevan a consideraciones gra­ves y patéticas sobre los destinos de la civilización, sobre la cuestión social, sobre el gobierno de la República.

Por otra parte, por medio de Lantaigne, la narración pe­netra en el ambiente eclesiástico, lo que da ocasión a dibujar entre el propio Lantaigne, el Arzobispo-Cardenal, el secretario de la diócesis y el abate Guitrel, profesor de elo­cuencia, una sutil intriga que, junto con las peripecias personales del profesor Bergeret, contribuirá a proporcionar a este libro, como a los otros de la serie, un simulacro de tra­ma.

Se trata, en efecto, de nombrar un sucesor al obispo de Turcoing, muerto hace poco; entre los candidatos se enfrentan el austero y rígido Lantaigne y el sociable y maleable Guitrel, sostenidos por dos partidos que ponen en juego toda su influencia y todas sus relaciones.

Todo un pequeño mundo que France saca a la luz en sucesivos sondeos, juzgándolo con penetrable malicia a través de los discursos de su Bergeret, siguiendo un método de exposición a saltos y aparen­temente caprichoso, que cuadra admirable­mente con las cualidades de un estilo vivo y penetrante, al propio tiempo minucioso y sintético, igualmente apto a las difusas consideraciones panorámicas, como al epigrama intencionado. [Trad. española de Luis Ruiz Contreras (Madrid, s. a.)].

M. Bonfantini

Olive, Joachim du Bellay

[L’Olive]. Colección de sonetos de Joachim du Bellay (1522-1560), publicada en 1549 y titulada exactamente Olive y algunas otras obras poéticas [L’Olive et quelques autres oeuvres poétiques]; una se­gunda y más completa edición es la de 1550.

Según el dictamen expresado en su tratado sobre la Defensa e ilustración de la lengua francesa (v.), el autor se alaba de haber introducido por primera vez en Fran­cia el soneto de Petrarca, único entre los modernos que puede parangonarse digna­mente con los antiguos por la finura de la inspiración y de la forma, y afirma que por sus propios méritos «las divinas Gracias han hecho resonar bien el soneto italiano en las riberas angevinas».

En honor de una dama llamada Olive (nombre anagramático, pero seguramente real, según la usanza angevina, porque algunas de las primas del poeta se llamaban Olive), Du Bellay canta la belleza femenina y la conmovida admiración que la belleza suscita en el corazón del hombre. Amor es un dios de gran fuerza, que exige fidelidad hasta cuando atormenta al alma; pero basta una palabra de la dama, una mirada, una sonrisa, y el enamorado siente la voluptuosidad de la pasión a la que no renunciaría por los más grandes placeres de la vida.

La parte mejor de la colección está formada por los sonetos que cantan la belleza femenina en todo su esplendor («Ces cheveux d’or sont les liens, Madame», «Pied, que Thétis pour sien eút avoué»). Otras veces la delicada descripción de la natu­raleza («Tout ce qu’iei la Nature environne» y «Déja la nuit en son pare amassait») se expande en una delicada atmósfera en la que el poeta encuentra su más genuina ins­piración.

Pero a la admiración por la bella Olive (comparada con la frescura del fruto, de la misma manera que en la imagen petrarquista del laurel para Laura), se mez­clan también los dolores de la vida y la meditación religiosa («Pére du ciel, si mille et mille fois» y «Si nostre vie est moins qu’une journée») no le es extraña la con­ciencia de haber encontrado en el amor la alegría espiritual que la ambición del poeta sólo querría unida a la conquista del arte («Je ne quiers pas la fameuse couronne»).

La parte más propiamente original de la obra no excluye, sin embargo, el que más que nada esté fundada sobre la proclamada imitación de los antiguos; en efecto, lo que sobre todo importa notar es que Du Bellay sigue, a veces con insistencia casi literal, a los poetas italianos, desde el Petrarca a los discípulos de Bembo, de Tomitano a Zancaruolo y a otros entonces conocidos en Francia. También Ariosto, con su exalta­ción de la belleza femenina, y Catulo con su exasperada conciencia de amante, propor­cionan al poeta francés algunos de sus mo­tivos más agudos.

En la primera edición de la Olive, y más aún en la segunda, el autor hizo seguir en un apéndice una colec­ción de odas, entonadas particularmente a la brevedad de la vida y a la inconstancia dé las cosas del mundo: motivos que luego serán familiares a los demás líricos de la Pléyade.

C. Cordié

Olimpíada, Pedro Metastasio

[Olimpiade]. Melodrama en tres actos de Pedro Metastasio (Pietro Trapassi, 1698-1782), representado en Viena, el 28 de agosto de 1733, con música de Antonio Caldara (1670-1736), en ocasión del cum­pleaños de la emperatriz Isabel.

Es conside­rado como uno de los más felices del poeta cesáreo. Aristea, bellísima hija de Clistenes, rey de Sición, es prometida al vencedor de los juegos olímpicos, a pesar de que está enamorada de Megacles, el cual le corres­ponde.

A su mano aspira también Lícidas, que creen hijo del rey de Creta, el cual, sabiendo que no puede vencer en las com­peticiones propuestas, ruega a su amigo Me­gacles que le sustituya, puesto que él le salvó la vida hace tiempo. Pero Megacles se encuentra en Creta, por lo que llega con el tiempo justo para presentarse a las prue­bas con el nombre de Lícidas.

Solamente cuando Megacles ha llevado a cabo todas las formalidades se entera, precisamente por Lícidas, que el vencedor tendrá como pre­mio la mano de Aristea. A pesar de ello va a combatir igualmente por el amigo, re­nunciando a la mujer amada.

Mientras tanto, Argenes, dama cretense que se oculta bajo el disfraz de pastorcilla y con el nom­bre de Licoris, a la cual Lícidas había jurado amor, al saber que Megacles va a combatir en las olimpíadas bajo el nombre y a favor de Lícidas, comprende que éste ya no la ama y que se prepara para otro matrimonio.

Por su parte, Aristea queda asombrada y afligida al ver a Megacles triunfando bajo el nombre de Lícidas. Des­pués de un dramático coloquio en el cual intenta convencer a Aristea para que acep­te a Lícidas como esposo, Megacles la deja, decidido a suicidarse.

Desesperada, Aris­tea rechaza ásperamente a Lícidas, mientras que Argenes revela al rey la sustitución de personalidad. Condenado al des­tierro por el engaño, Lícidas, furioso, intensa matar al rey Clistenes; pero es apresado y condenado a muerte.

Y en vano Me­gacles, que no ha podido suicidarse, intenta salvarlo. Cuando la condena está a punto de ser ejecutada, Argenes, bajo el título de prometida de Lícidas, impetra de Clistenes la gracia de poder ocupar el lugar del reo.

Lícidas niega que le haya dado palabra de casamiento, pero la joven enseña como prueba un collar que él le había regalado y que Clistenes reconoce como el que ha­bía colgado al cuello de un hijo suyo al que había abandonado entre las olas del mar porque le habían predicho que atenta­ría contra la vida de su padre.

Al revelarse que Lícidas es hijo de Clistenes y hermano de Aristea, se anuncia la boda dé Megacles con Aristea y de Lícidas con Argenes. Una extraordinaria facilidad de composición des­enmaraña y aclara el nudo de la trama novelesca; y las maneras del teatro de tipo clásico, que se hacen visibles sobre todo en el desenlace y el reconocimiento, se juntan para servir al encanto elegiaco de las penas de amor y de la voluptuosidad del sacrificio.

No sólo las estupendas «ariettas» sino cada palabra del hermosísimo me­lodrama aparecen vertidas en una atmósfera musical que guía las criaturas y las vicisi­tudes hacia la predestinada felicidad.

G. Gervasoni

Olimpia, Gaspare Spontini

[Olympie]. Tragedia lírica de Gaspare Spontini (1774-1851), con libreto de Dieulafoy y Brifaut, tomado de la tragedia del mismo nombre de argumento greco- macedonio de Voltaire; obra de escaso valor, estrenada en París en 1763.

La obra de Spontini se estrenó en su versión original en París, en 1819; en versión corregida, en Berlín, en 1821. Casandra, hijo de Antipatro, presunto matador y usurpador del trono de Alejandro, está a punto de casarse con la joven esclava Amenais.

Antígono, sobe­rano de Capadocia, al que muchos años antes había sido destinada como mujer Olimpia, hija de Alejandro, misteriosamen­te desaparecida el día del asesinato de este último, creyendo ver en Amenais a la mu­chacha amada, querría que Casandra se la cediese. Ante su negativa, jura vengarse.

Entretanto, la sacerdotisa de Diana, encar­gada de bendecir las bodas, descubre en Casandra al matador de Alejandro, y con­fiesa que ella es Estatira, la viuda del gran soberano, que ha venido, con nombre su­puesto, a llorar en el templo de Diana la muerte del esposo y la desaparición de la hija.

Luego Estatira reconoce en Amenais a su hija Olimpia y, a pesar de las protestas de amor de Casandra y de la propia Olim­pia, se niega a bendecir las bodas, aleja a Casandra del templo y del trono de Macedonia, sostenida por Antígono, que se convierte en su protector y restaurador del antiguo reino de Alejandro.

El odio mortal entre Casandra y Antígono se resuelve en un duelo; y cuando este último, a punto de expirar, confiesa ser el asesino de Ale­jandro, Estatira bendice las bodas de su hija y de Casandra y es acogida en triunfo, por el pueblo. Ésta es la trama de la edición alemana, que Spontini reconoció como vá­lida y definitiva después del fracaso de la primera versión y del gran éxito que esta segunda obtuvo en alemania.

La primera edición terminaba con la muerte de Olimpia, el suicidio de Estatira y la bella escena final de la aparición de Alejandro, que acoge en el templo de la inmortalidad a su mujer y a su hija. La transformación restó a la obra su estupendo carácter trá­gico y, en cierto sentido, la hizo más banal.

Queda esta obra como la más afín al tem­peramento artístico de Spontini y la más amorosamente cuidada por él, y en algunos rasgos revela una capacidad dramática y expresiva superior a la Vestal (v.) y al Hernán Cortés (v.), mayor refinamiento de la técnica y más hábil disposición de las partes.

Las partes más afortunadas de la ópera son: la obertura, de la que Weber se sintió influido al componer Euriante (v.), la «marcha religiosa» del primer acto, las dos arias de Estatira y el final del segundo acto, que supera en fuerza dramática al segundo acto de la Vestal, la célebre marcha  triunfal del tercer acto, en la que junto a las trompas y a los trombones interviene el figle (instrumento del que más tarde se servirá Mendelssohn en el Sueño de una noche de verano, v.).

L. Ful