Olive, Joachim du Bellay

[L’Olive]. Colección de sonetos de Joachim du Bellay (1522-1560), publicada en 1549 y titulada exactamente Olive y algunas otras obras poéticas [L’Olive et quelques autres oeuvres poétiques]; una se­gunda y más completa edición es la de 1550.

Según el dictamen expresado en su tratado sobre la Defensa e ilustración de la lengua francesa (v.), el autor se alaba de haber introducido por primera vez en Fran­cia el soneto de Petrarca, único entre los modernos que puede parangonarse digna­mente con los antiguos por la finura de la inspiración y de la forma, y afirma que por sus propios méritos «las divinas Gracias han hecho resonar bien el soneto italiano en las riberas angevinas».

En honor de una dama llamada Olive (nombre anagramático, pero seguramente real, según la usanza angevina, porque algunas de las primas del poeta se llamaban Olive), Du Bellay canta la belleza femenina y la conmovida admiración que la belleza suscita en el corazón del hombre. Amor es un dios de gran fuerza, que exige fidelidad hasta cuando atormenta al alma; pero basta una palabra de la dama, una mirada, una sonrisa, y el enamorado siente la voluptuosidad de la pasión a la que no renunciaría por los más grandes placeres de la vida.

La parte mejor de la colección está formada por los sonetos que cantan la belleza femenina en todo su esplendor («Ces cheveux d’or sont les liens, Madame», «Pied, que Thétis pour sien eút avoué»). Otras veces la delicada descripción de la natu­raleza («Tout ce qu’iei la Nature environne» y «Déja la nuit en son pare amassait») se expande en una delicada atmósfera en la que el poeta encuentra su más genuina ins­piración.

Pero a la admiración por la bella Olive (comparada con la frescura del fruto, de la misma manera que en la imagen petrarquista del laurel para Laura), se mez­clan también los dolores de la vida y la meditación religiosa («Pére du ciel, si mille et mille fois» y «Si nostre vie est moins qu’une journée») no le es extraña la con­ciencia de haber encontrado en el amor la alegría espiritual que la ambición del poeta sólo querría unida a la conquista del arte («Je ne quiers pas la fameuse couronne»).

La parte más propiamente original de la obra no excluye, sin embargo, el que más que nada esté fundada sobre la proclamada imitación de los antiguos; en efecto, lo que sobre todo importa notar es que Du Bellay sigue, a veces con insistencia casi literal, a los poetas italianos, desde el Petrarca a los discípulos de Bembo, de Tomitano a Zancaruolo y a otros entonces conocidos en Francia. También Ariosto, con su exalta­ción de la belleza femenina, y Catulo con su exasperada conciencia de amante, propor­cionan al poeta francés algunos de sus mo­tivos más agudos.

En la primera edición de la Olive, y más aún en la segunda, el autor hizo seguir en un apéndice una colec­ción de odas, entonadas particularmente a la brevedad de la vida y a la inconstancia dé las cosas del mundo: motivos que luego serán familiares a los demás líricos de la Pléyade.

C. Cordié