Así titularon los sabios alejandrinos tres discursos pronunciados por Demóstenes (384-322 a. de C.) en el transcurso de pocas semanas apropósito de la situación creada en Atenas por la guerra que Filipo II de Macedonia declaró en 349 a la ciudad de Olinto, en la península Calcídica.
Olinto, en paz con Atenas hacía poco tiempo, se dirige ahora a ella pidiendo socorros. La primera Olíntica propugna la necesidad de acoger aquella petición. Describe la ocasión como favorable para Atenas: «la ocasión parece hablar con voz propia», dice con viveza Demóstenes.
Es menester aprovecharse de ella para combatir a Filipo con ayuda de aliados sinceros, en su propia casa; la historia de sus empresas (y Demóstenes la da a entender sin disimular su admiración por tan hábil enemigo) demuestra que Filipo no se detendrá en los confines del Ática.
El plan de guerra de Demóstenes aspira, por una parte, a una acción en defensa de Olinto, y por otra, a una acción ofensiva, en Macedonia; además da un plan para financiar las operaciones. La alianza fue aprobada, pero no los planes de Demóstenes.
Los dos discursos siguientes se proponen inducir a los atenienses a una guerra enérgica. El segundo contiene una exhortación general a la acción; los amigos de Demóstenes presentaron propuestas concretas.
Éste, en cambio, insiste especialmente en la ocasión favorable que ofrece la debilidad de la conquista de Filipo. Está condenada por la violencia y la injusticia en que se inspira: «no es, en efecto, posible — exclama Demóstenes — fundar un, sólido poderío sobre la violencia, el perjurio y la mentira.
Ese poderío resiste únicamente al primer choque y dura poco; puede hasta florecer de acuerdo con las esperanzas, si la casualidad coopera con ello; pero con el tiempo se hunde por sí mismo. Puesto que, así como los fundamentos de una casa o de una nave, o de cualquier construcción deben ser solidísimos, los principios de la política deben estar formados de justicia».
El Estado, la corte, la propia vida de Filipo, nos son pintados con tétricos colores: si los atenienses se decidiesen a obrar de una manera digna de sus tradiciones, la victoria sería cierta, y contra la inercia de los atenienses dispara con particular violencia el tercer discurso, cuyo tema era verdaderamente difícil, porque Demóstenes proponía que se emplease en financiar la guerra el fondo del llamado «theoricon», esto es, las cantidades que cada año se distribuían entre los ciudadanos con ocasión de las fiestas teatrales.
La ley preveía una severa pena para quien propusiera una ley que tendiese a disminuir aquellas cantidades. Con la ironía y los sarcasmos más punzantes Demóstenes critica la mezquindad de toda la conducta política ateniense, que permite a Filipo vender como esclavos a ciudadanos de ciudades griegas con tal de no tocar los dineros destinados a las fiestas.
A una conmovida descripción de la grandeza y de la sencillez antiguas se contrapone el espectáculo de los politicastros del día, de los cuales «unos eran mendigos y son ricos ahora; otros eran innobles y ahora van medrando; algunos de ellos se han construido una casa más espléndida que los edificios públicos: todo lo que ha declinado la riqueza de la ciudad ha acrecido la de ellos».
Pero ahora ya todos los atenienses están corrompidos; «y no es posible que gente mezquina y vil emprenda decisiones grandes y animosas; como fueren las aptitudes de los hombres serán sus propósitos». La invectiva culmina en una amarga declaración de sorpresa, al ver que los atenienses saben soportar todavía que se les hable claro.
En realidad, ningún político ha hablado jamás a su pueblo con tan acerba franqueza. Los atenienses no aceptaron las proposiciones de Demóstenes, y la ocasión favorable se perdió. Pero la semilla sembrada en el alma de los atenienses germinó; no muchos años después, cuando Filipo, como había previsto Demóstenes, llegó a las puertas de Atenas, los atenienses hallaron ánimos para hacer frente a una guerra desesperada, sólo por mantener la fidelidad a su historia, y no ser indignos de sus padres.
Las Olinticas, no menos que todos los demás discursos de Demóstenes, habían contribuido a crear aquel ejemplar heroísmo cívico. Trad. italiana de D. De Grazia (Catania, 1900).
A. Passerini
