Ollantay, Anónimo

Drama incaico en tres actos, en versos octosílabos, de fines del siglo XV. Recogido, al principio, en la sucesión de sus actos y de sus escenas, de la viva voz popular y transmitido así de generación en generación, fue transcrito en su lengua ori­ginal (el «quechúa») y ha llegado a nos­otros gracias, sobre todo, a los esfuerzos y a los cuidados de un sacerdote, Justiniano, lejano descendiente de los incas cruzados con una familia genovesa, dedicado a la cura de almas en una pequeña aldea perdida entre los pliegues de los Andes (según otros se trata, por el contrario, de un sacer­dote peruano, Antonio Valdés; la obra, como monumento de la antigua lengua de los incas, en todo caso es apócrifa).

Cons­tituye uno de los más antiguos documentos de la literatura de los antiguos habitantes del Perú; se eleva sobre los demás dramas de su género, con los cantos religiosos, las elegías y poesías de amor, los himnos gue­rreros y coros para celebrar las fiestas campestres; y prueba, con su estilo, con su acción, con el carácter de sus personajes y con la estrecha moral en que se inspira, el grado de alta cultura a que llegaron los antiguos súbditos de los Incas.

El drama transcurre en tiempos del emperador Pa chacutec y tiene por tema el desgraciado amor del protagonista, Ollantay, hacia la hija del emperador. Ollantay, fuerte y afor­tunado guerrero, que por sus muchas vic­torias es el generalísimo predilecto del Inca, ha sido vencido por las gracias y la hermosura de Cusi Coyllur («la estrella de la alegría»), hija del gran Pachacutec.

La joven princesa le corresponde apasionada­mente, y su propia madre se muestra com­placiente a estos amores. De nada sirve que un fiel servidor trate de disuadir a Ollantay de su pasión; nada valen las admoniciones y consejos del Sumo Sacerdote; en la reunión de todos los generales, Ollantay pide resueltamente al emperador la mano de su hija.

De aquí la sorpresa y la ira de Pachacutec, que precisamente poco tiempo antes había prohibido por una ley el. ma­trimonio de cualquiera de sus familiares con quien no pudiese probar que llevaba san­gre imperial. Ollantay, depuesto, se rebela contra su soberano; se retira con los suyos a la fortaleza megalítica, que de él tomará el nombre de Ollantaytambo, y declara guerra abierta al Inca.

Vanos son los es­fuerzos de Pachacutec para vencerlo y do­marlo; sus tropas, mandadas por el general Ruminanhui, quedan muchas veces deshe­chas en encarnizados combates, y Ollantay, en medio del entusiasmo de los suyos, es proclamado emperador. No pudiendo pren­derlo con las armas, Ruminanhui piensa en la astucia.

Se finge herido y con los vestidos destrozados se presenta en el campo de Ollantay, contando que ha caído en des­gracia del nuevo y joven emperador, Tupa Yupanqui, que acaba de suceder a su padre Pachacutec. Ollantay, crédulo, acoge al viejo compañero de armas, al vencido ad­versario, y éste, aprovechando la gran fiesta del dios Sol, después de haber embriagado a los soldados de guardia, a una señal con­venida abre las puertas de la fortaleza y hace entrar en ella a sus tropas.

Ollantay, prisionero, es llevado a Cusco, residencia imperial. Aquí, entre las jóvenes vírgenes del Sol, hay una muchacha, Ima Sumac («La bellísima»), hija de los amores prohi­bidos de Ollantay con Cusi Coyllur. Impre­sionada por los lamentos que oye venir de los subterráneos de su estancia, Ima Sumac arranca a su vieja nodriza el secreto de su nacimiento y sabe que la infeliz que se desespera en ima cárcel oscura es su madre, Cusi Coyllur, condenada a tan dura pena por el implacable Pachacutec.

Vuela ella a palacio e implora gracia para la madre. Tupa Yupanqui corre a la casa de las Vír­genes, donde encuentra a la desventurada hermana a quien creía muerta. Ollantay reconoce en Ima Sumac a su hija y en la sepultada viva a Cusi, el objeto de su pasión; el Inca magnánimo perdona y les hace a todos felices. El drama, traducido en parte o por completo al español, al francés, al inglés, al alemán, se representa aún en su lengua original en los teatros del Perú por compañías ex profeso, y sus escenas ordi­nariamente se alternan con cantos, himnos y danzas’que recuerdan los de los incas.

G. Melchiori

Olor Iscanus, Henry Vaughan

Con este título latino (lit. El cisne del río Usk) el poeta inglés Henry Vaughan (1622-1695) publicó sus poe­sías.

Parece que estaban ya terminadas a finales del 1647, pero no fueron impresas hasta 1651, en Londres: el poeta había su­frido una grave enfermedad, y le pareció que debía rechazar todo cuanto hubiera de mundano en su libro.

La poesía que da nombre al volumen canta las alabanzas del río Usk. Hay en ella reminiscencias de las Pastorales de Britania (v.), de Browne. La poesía más notable a la vez que la más sorprendente es el «Osario» («The Charnel House»), que hace pensar en John Donne, llena de modismos extraños, de precisos e impetuosos adjetivos, de metáforas atrevi­das, que asombran por su atrayente morbo­sidad.

No hay en la colección poesías de amor, pero hay muchos recuerdos sobre la amistad, que ocuparon siempre un gran lugar en el pensamiento de Vaughan. Halla­mos también alusiones a la vida despreocu­pada, y versos de homenaje a escritores contemporáneos, tales como D’Avenant, John Fletcher, William Cartwright y «Orinda».

Hay más indicios del odio del poeta a la autoridad de su tiempo que auténtico entusiasmo por la causa del rey. Una de las poesías más emotivas y digna del mejor Vaughan es la dedicada a «Isabel», muerta de dolor, en Carisbrooke, en 1650. Las observaciones de Vaughan acerca de la gue­rra han complicado las investigaciones sobre su biografía porque más bien oscurecen que aclaran los acontecimientos de su vida.

A. Camerino

O Locura o Santidad, José Echegaray

Drama en tres actos, estrenado en Madrid en 1877, de José Echegaray (1832-1916), jefe de los neorrománticos.

El protagonista, don Lorenzo de Avendaño, extraño tipo de filósofo solitario siempre sumido en profundas lecturas y abstractas meditaciones, se entera de que Juana, su vieja nodriza (que a la muerte de su madre fue acusada por él de robo y encarcelada, por haber sustraído un pre­cioso medallón que la moribunda dejaba a su hijo), está ahora agonizando en una ba­rraca e invoca ardientemente su perdón.

Lorenzo corre en su busca y la lleva a su casa. Una vez solos, Juana le revela el con­tenido de un documento cuya existencia estaba indicada en un papelito encerrado en el medallón, robado por ella precisa­mente para ocultarle una grave revelación.

Don Lorenzo se entera de ese modo de que Juana, y no la otra, es su verdadera madre. Desde este momento se inicia el drama in­terno del filósofo, obsesionado por el pen­samiento de llevar abusivamente un nom­bre que no es suyo, de disfrutar desde hace tiempo de bienes ajenos, es decir, de haber casi robado a la sociedad cuanto constituye el honrado bienestar de la propia familia.

Llega entre tanto la Marquesa de Almonte para combinar con él el matrimonio de su hijo Eduardo con Inés, la joven hija de don Lorenzo. Pero ¿cómo podrá dar a su hija, a quien adora, un nombre mancillado y riquezas que ya no son suyas? El casa­miento es imposible.

Sobre este esquema la situación del drama se vuelve rígida, hasta el punto de que la nota patética determi­nada por el conflicto espiritual que se deba­te en don Lorenzo, al mismo tiempo de­seoso de la felicidad de su hija y decidido a restituir nombre y bienes a los legítimos herederos, tiene más la aridez de un cerebralismo morboso que la mesura humana de un destino soportado: «Miserable má­quina de pensar», le llama, indignada, su mujer Ángela.

Consciente de la agitación que ha producido en el ánimo de su hijo, Juana destruye el documento revelador y, a punto de morir, niega ante todos ser ma­dre de don Lorenzo. Sin embargo, éste está seguro de sus afirmaciones; pero cuando al fin, para decidir si su actitud — según pala­bras de Eduardo, que dan título al drama — es «locura o santidad», se le pide la prueba de cuanto afirma, no encuentra el docu­mento y es tenido por loco.

El teatro de Echegaray, caracterizado por un diálogo en­fático y melodramático, se agota a menudo en situaciones forzadas. Don Lorenzo lucha, no contra una adversidad del destino, sino contra la propia rigidez moral exasperada, de la que se convierte en esclavo hasta caer en la locura.

A. Manganiello

Los Olores de París, Louis Veuillot

[Les odeurs de Paris]. Obra polémica de Louis Veuillot (1813-1883), publicada en 1866. Es la contrapartida de un libro anterior del mismo autor, El perfume de Roma (v.).

Aquí la actitud polémica, que en homenaje a los dictados pontificios se había desarrollado en una continua diatriba contra la civiliza­ción laica, encuentra en la reseña de las costumbres parisienses su natural desarrollo. La vida de la capital francesa es examinada con acrimonia de juez y desahogo de mora­lista: desde la prensa y las interioridades de los periódicos a la lista de las diversio­nes, al mundo de la ciencia y de las letras, todo está considerado desde un punto de vista totalmente reaccionario.

La Univer­sidad es un foco de errores y de soberbias inauditas, y de su seno de desprenden miasmas que conducirán al aniquilamiento de la vida social y política. Para él los estu­dios clásicos tienen el grave defecto de in­troducir en las mentes juveniles visiones inadecuadas a una sana educación, y el libe­ralismo, recogiendo los anhelos de una im­posible perfección humana, no hace otra cosa que aumentar las desgracias del siglo: el ateísmo, el librepensamiento, el abandono de toda tradición.

Afirmando su misión de fiel polemista al servicio de la Santa Sede, Veuillot combate incluso todo matiz de afrancesamiento que pudiera presentarse en la política eclesiástica francesa y, sosteniendo en todo momento la infalibilidad pontificia, condena indistintamente a revolucionarios, constitucionales, materialistas e idealistas. Es decir, que cuanto se agita en París es presa de una inútil búsqueda de la verdad: no se respiran más que miasmas y olores maléficos, mientras que, más dulce­mente por el contraste, brilla el perfume de las cosas santas, de la abnegación y de la sabiduría cristiana.

Entregarse al Vicario de Cristo y olvidar las vanas políticas mun­danas debe ser el anhelo de todo verdadero católico; no existe más que una patria, la de los fieles, .y un solo deber, el de practicar la palabra de Jesús a través de la fide­lidad hacia su Vicario. La posición intran­sigente inspira al polemista diatribas vio­lentísimas e incluso a menudo vulgares; y la persistente ignorancia de los valores nue­vos del siglo tiene a menudo un valor arbitrario.

Con todo, la agilidad de los retratos y de las descripciones hacen que esta obra no sea solamente un documento histórico de una civilización en pleno es­plendor político, incluso entre innegables contrastes espirituales, sino el fruto de un feliz temperamento de escritor. Algunos bo­cetos («El verdadero poeta parisiense», «Las tres llamas: la amante, la esposa, la prosti­tuta») y reseñas («Hombres inmensos», «Fi­losofía de la historia») unen a su grosería satírica la sagacidad del observador que sabe captar, de cada situación, el lado vul­nerable. Por su intención satírica y por su eficacia artística han recurrido a menudo al libro muchos polemistas católicos de nues­tro siglo.

C. Cordié

Prosista excelente, vigoroso pintor de la realidad. (Sainte-Beuve)

El primer polemista de nuestros días y uno de los más auténticos entre franceses de nuestro tiempo. (Sarcey)

El Olmo y la Hiedra, Antón Giulio Barrili

[L’olmo e re­dera). Novela de Antón Giulio Barrili (1836-1908), publicada en Milán en 1877. Es una de las muchas historias de amor, ama­bles y honestas en la trama y graciosas de forma, que el popular escritor ofreció a la emoción de sus sencillos lectores y especial­mente de sus tiernas lectoras.

En el jardín de la señora Luisa Argellani hay un robusto olmo, en cuyo tronco se agarra una yedra que llega del cercano jardín de Guido Laurenti. «Arrancad la hiedra del árbol y mo­rirá, no tanto por nostalgia de su tronco como por haberla arrancado y quebrado». Así piensa Luisa, que está enferma y no desea curar, alimentando su mal en la sole­dad, atormentada por el recuerdo del hom­bre que desilusionó su amor.

Pero Guido, que es médico, hombre de corazón y sobre todo enamorado de su linda vecina, empie­za con tacto el tratamiento, más moral que físico. Luisa cura, y Guido, que considera incomprendido su amor y sospecha estar curando a la mujer en beneficio de su rival, que acaba de volver al lado de ella, decide marchar a las Indias. En el puente del bu­que donde sube con el corazón destrozado encuentra a Luisa, tierna y enamorada. La novela, que tuvo un gran éxito por el fácil patetismo que la anima, sigue siendo la más conocida de Barrili.

E. C. Valla