Nació en Londres el 19 de octubre de 1605 y murió en Norwich el mismo día de 1682. Recibió una profunda formación clásica en Winchester y Oxford, y luego estudió medicina durante varios años en Montpellier, Padua (1632-33) y Leyden, en cuya última Universidad doctoróse en 1634.
Su primer libro, La religión de un médico (v.), fue escrito en un pueblo de Yorkshire tras su vuelta a Inglaterra y durante el tiempo libre de que dispuso antes de iniciar el ejercicio de su profesión. En 1637 establecióse en Norwich, y allí, en calidad de médico, pasó el resto de su vida; fue ésta una existencia pacífica, oscura y milagrosamente ajena a la agitación política de la época y a las calamidades materiales que se abatieron sobre su ciudad.
Sus desventuras domésticas (en 1651 habíase casado con Dorothy Mileham, boda que le hizo emparentar con diversas familias notables del condado) se redujeron a la muerte de varios hijos, muy común en aquellos tiempos de alta mortalidad infantil; los que no murieron prematuramente rodeáronle de tierno afecto, y uno de ellos, Edward, le dio la satisfacción de señalarse brillantemente en la carrera de su padre.
Hallóle envuelto en un incidente al cual se concedió una importancia excesiva en cuanto a la parte de responsabilidad que en él pudiera caberle: un proceso por brujería celebrado en Bury St. Edmunds en marzo de 1664, cuya condena, en realidad, no estuvo influida decisivamente por la declaración de Browne, aun cuando el médico admitiera la intervención demoníaca en el caso.
Mientras sus obras restantes son documentos de erudición, a menudo curiosa, y de estilo adornado y suave, Religió medid, muy pronto popular incluso en el continente, destaca por la maravillosa combinación de matices humanos, gravedad elocuente y sereno equilibrio. La fe religiosa del autor, aun cuando seria y elevada, no es una pasión intensa; Browne gusta del misticismo, pero no aparece como un místico, y tanto la firmeza de su fe como las limitaciones de su razón, su sentido común y su ecuanimidad, y quizá también la conciencia de sus propios méritos y a la vez de su insignificancia, le impiden deslizarse hacia las posiciones extremas del escepticismo o del evangelismo.
Y así, no percibe, o, por lo menos, no discute filosóficamente el problema central de la razón y de la fe. No obstante, en su idealismo intuitivo (de cuño platónico) se halla una respuesta que las comprende todas.
Aunque desde su juventud se hubiese apropiado la desolada conclusión del Eclesiastés, halló, entre lo mucho vano de la vida, algunas cosas buenas y dignas del goce de un sabio, y entre ellas la paciente exploración de esta vida temporal, misterioso vestíbulo del mundo futuro, donde mediante símbolos e insinuaciones se nos inicia en los secretos de la eterna morada.
M. Praz
