Agostino Agazzari

Nacido en Siena el 2 de diciembre de 1578, m. en la misma ciudad el 10 de abril de 1640; fue habilísimo orga­nista y compositor.

De noble familia, culti­vó también la poesía italiana y latina, y per­teneció a la Academia local de los «Atur­didos» con el sobrenombre de «Armonioso» o «Armónico». Pasó los primeros años de su vida profesional en alemania, donde, según algunos, estuvo al servicio del empe­rador Matías. Regresó después a Italia tra­yendo consigo un instrumento musical 11a­mado «pandora» (laúd de tres cuerdas), que tocaba con mucha dulzura, al decir de sus contemporáneos. En 1606 hizo representar en Roma su drama pastoril Eumelio.

Conti­nuando en Roma, fue nombrado en 1608 maestro de capilla del Colegio Germánico y más tarde de la iglesia de San Apolinar. Hacia 1630 volvió a Siena, ocupando hasta su muerte el puesto de maestro de música en la catedral. Su vasta producción musical comprende misas, motetes, madrigales, sal­mos, magníficats, letanías. Su tratado Del tocar sobre el bajo (v.), publicado en Siena en 1607, puede considerarse como el más antiguo estudio acerca de la orquestación.

A. Pironti

Jean-Baptiste Seroux d’ Agincourt

Nacido en Beauvais en 1730 y m. en Roma en 1814. De condición noble, se dedicó pri­mero a la carrera militar, en la que llegó al grado de teniente, y más tarde se convir­tió en asentista.

Amante de las letras y de las artes, estuvo en relación con las perso­nalidades de su tiempo francesas e italia­nas, como Voltaire, Mariette, Tiraboschi y, entre los artistas,, Boucher y Fragonard. Su amor por las artes se robusteció en los via­jes, que inició en 1777 y que le llevaron, unos años después, a establecerse en Roma.

Admirador de Winckelmann, quiso continuar su método en el estudio de los monumentos. El mismo año de su muerte aparece Recueil desfragments de sculptures antiques en terre cuite (1814), y hasta 1823 no fue publicada su Historia del arte mostrada con los monumentos de su decadencia en el siglo IV hasta su renovación en el XVI (v.).

Aunque sus ideas no difieren de las de Winckelmann, profundiza la base histórico-cultural de su sistema, e intenta una interpretación for­mal de los monumentos estudiados.

A. Pallucchini

Agatías Escolastico

Nacido en Mirine, en la costa eólica de Asia Menor, en el año 536; m. en 586. Recibió su primera instrucción literaria y jurídica en Alejan­dría, y la completó en Constantinopla, donde su padre era maestro de retórica.

En 554 estudiaba leyes en Alejandría de Egipto. Completó sus estudios en Constantinopla, donde también ejerció de abogado. La poesía constituyó su primera afición y le atrajo en particular la forma del epi­grama alejandrino, que precisamente en la época de Justiniano se dedica a ensalzar a los últimos poetas paganos de este géne­ro.

A. redactó en siete libros, con el título de Ciclo (v.), una antología de los poetas epigramáticos de la época romana, poste­riores a la anterior recopilación de Filipo de Tesalónica. De esta compilación, bastan­te descuidada, se habla con elogio en la Antología Palatina (v.), en la que se inclu­yen un centenar de epigramas del mismo A., que, aunque cristiano, no desdeña las rosas paganas para tejer las últimas guirnaldas a Afrodita.

Sosegada su juvenil pasión por la poesía, a ruegos de amigos, y acaso con la esperanza de mayores granjerias, el hijo del retórico se dedicó a la prosa histórica, estimulado también por el ejemplo de Pro- copio. A pesar del título (Del reinado de Justiniano, v.), su obra es, en realidad, una continuación del relato de Ptocopio, y re­fiere en cinco libros, sin la conciencia his­tórica y la exacta información efe su mo­delo, los acontecimientos ocurridos desde 552 a 558, es decir, las guerras de los bizantinos, dirigidos por Narsés, contra ostrogodos, ván­dalos, francos y persas.

Hay que decir que su muerte prematura impidió a A. continuar su relato hasta la muerte de Justiniano (565). Aunque inferior a Procopio, continúa, sin embargo, en la línea de la buena tradición historiográfica.

B. Lavagnini

Agapito

Vivió en Constantinopla en la primera mitad del siglo VI. Como otros mu­chos autores bizantinos, se oculta tras su propia obra, homenaje de humildad al po­deroso Justiniano.

Todo lo que sabemos de él se reduce a que era eclesiástico y que desempeñaba el cargo de diácono en la basílica de Santa Sofía. Ya antes de suce­der a su tío Justino, Justiniano, como colaborador en el reino, se había distinguido por su ortodoxia y su celo contra los here­jes.

Cuando subió al trono (4 de abril de 527), el diácono A. le dedica un tratado so­bre los deberes del príncipe cristiano, cuyo título es conocido corrientemente por la for­ma abreviada de Cédula regia (v.). El acrós­tico formado por las iniciales de los 72 capí­tulos acredita la dedicatoria al «muy piadoso y divino emperador», y el nombre del «humildísimo diácono» Agapito.

La obra fue muy leída en la Edad Media, y después de la edición príncipe de Zacearía Calliergi (Venecia, 1509), mereció los honores de una traducción por parte del rey de Francia, Luis XIII (París, 1617). La noticia de que A. haya sido maestro de Justiniano sólo ha de ser interpretada como una hipótesis basada en el carácter didáctico de la obra dedicada.

B. Lavagnini

Agatángel

Romano de nacimiento, fue secretario de Tirídates III (250-330 d. de C.), el cual creció y se educó en Roma. Cuando los romanos enviaron al soberano a Arme­nia para que sucediera a su padre Cosroes II, A. lo siguió siempre en calidad de secretario.

De él sabemos que debía cono­cer el griego además del latín, que se ser­vía de un sistema taquigráfico para escri­bir y que compuso una historia por encargo del mismo soberano, no basándose en anti­guas leyendas, sino (y este dato se repite de un modo insistente) en testimonios visua­les y de palabra de los hechos que relata.

Es muy dudoso que sea verdaderamente el autor de la Historia de la conversión del pueblo armenio al cristianismo (v.), que hoy poseemos en tres versiones: armenia, árabe y griega. En primer lugar, algunos eruditos (Gutschmid, Lagarde, Sarghissian, Dascian, Thumanian, Garitte) han demostrado que la actual redacción de la obra no tiene un carácter orgánico y unitario, sino que es el resultado de la fusión de diferentes es­critos interpolados en épocas diversas.

Ade­más, los datos históricos del autor se re­montan al siglo IV d. de C., es decir, a una época anterior al descubrimiento del alfabeto armenio (siglo V d. de C.). Apa­rece entonces bastante fundada la conjetura de que A. haya escrito su obra en griego (tampoco se encuentra ninguna alusión en autores posteriores acerca de su conocimiento de la lengua armenia), y que esta obra haya sido reelaborada y tradu­cida al armenio en el siglo V d. de C. En efecto, el lenguaje de la actual redacción armenia es el clásico de la época de oro (primera mitad del siglo V) y la obra aparece ya citada por autores armenios a par­tir de finales del siglo V (Lázaro Pharpense, Moisés Corenés, etc.).

No se puede con­siderar el texto griego que nosotros posee­mos en un manuscrito florentino como la obra original de A., porque seguros indicios lingüísticos demuestran con toda evidencia que se trata de una traducción hecha del armenio.

G. Bolognesi