Pedro de Aguado

Franciscano español del siglo XVI n. en Valdemoro. Marchó a las Indias en 1560 ó 61, en las que pasó quince años evangelizando.

En 1573 fue ele­gido provincial del convento de Santa Fe. Dos años después regresó a España para asistir al capítulo general de su Orden y editar la obra titulada Recopilación historial resolutoria de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, que había empezado a escri­bir en colaboración con fray Antonio de Medrano, pero que, al morir éste, llevó a término él solo.

La obra no fue impresa hasta nuestro siglo (1906), la primera parte con el título de Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada (v.); la segunda parte, escrita en 1581, estando ya el autor de regreso en España, fue publicada en 1955, en Caracas, con el título Historia de Vene­zuela (v.).

Georges Agricola

Apellido latinizado de Georg Bauer, n. en Glauchau (Sajonia) el 24 de marzo de 1494, m. en Chemitz el 21 de noviembre de 1555 a consecuencia de una apoplejía, causada, al parecer, por una con­troversia teológica que tuvo contra los Re­formados.

Es considerado como el padre, o por lo menos como uno de los padres, de la mineralogía sistemática. Notable es tam­bién su contribución a la geología y a la di­námica geológica. Estudió en Leipzig y más tarde en Italia — en Bolonia y Padua —, doctorándose en medicina.

Ejerció primero la profesión en el centro minero de Joachimstal, donde curó a los mineros, interesándose (uno de los primeros en Europa también en este campo) por sus enfermeda­des profesionales; pero al mismo tiempo se tomó un enorme interés por los minerales en general, estudiando tanto los métodos de extracción minera y planteándose el pro­blema de mejorarla a la luz de la ciencia, como — y esto mucho más — la naturaleza y clasificación de los minerales extraídos.

Fruto de estos primeros estudios fue una obra que pronto le dio cierta notoriedad: Bermannus, sive de re metallica (1530). Nombrado médico y físico minero, y tam­bién historiador de la corte del Elector Mau­ricio de Sajonia, se trasladó en 1531 al mayor centro minero de Sajonia, a Chemnitz, de cuya ciudad fue también burgo­maestre.

Allí, aunque la ayuda económica del Elector fue más bien escasa, hasta el extremo de que A. tuvo que pignorar casi todo su patrimonio, continuó las investi­gaciones científicas y los estudios eruditos. Fruto de estas investigaciones fueron dos obras muy importantes: De ortu et causis subterraneorum (1544), dedicada a problemas de geología dinámica, y la cele­bérrima obra Del arte de los metales (v.).

Recordemos, además, una historia de Sajo­nia (Dominatores Saxonici a prima origine ad hanc aetatem) y un estudio sobre los pesos y medidas de los antiguos, De mensuris et ponderibus Romanorum et Graecorum (1550).

G. Preti

M.a Jesús de Agreda

Escritora mística española, n. en Agreda en 1602 y m. en 1665. Su nombre en el siglo era María Coronel.

A los dieciséis años profesó en la Orden de San Francisco y antes de los veinticinco ya era priora de su convento. Procesada por el Tribunal de la Inquisición, fue absuelta de la acusación de profesar doctrinas heréticas.

Defendió con gran ardor a la Inmaculada Concepción y tuvo fama de santa y de iluminada. Desde 1643 hasta su muerte mantuvo correspondencia con el rey Felipe IV. Entre sus obras figuran: Escala espiritual, Leyes de esposa, Meditaciones de la Pasión de Nuestro Señor, Ejercicios cotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección, Letanías a la Virgen y Mística ciudad de Dios (v.), su obra ca­pital, vida novelada de la Virgen, traducida a muchas lenguas.

Fernando Agnoletti

N. en Florencia el 6 de marzo de 1875, m. en la misma ciu­dad el 25 de noviembre de 1933. Era toda­vía estudiante universitario de letras cuando, sublevada Creta contra el yugo turco, deci­dió alistarse en la campaña de Grecia.

Combatió, en efecto, con un grupo de vo­luntarios mandado por Amilcare Cipriani, distinguiéndose en la toma del fuerte de Baltino. Habiéndose formado más tarde en Atenas una Legión garibaldina al mando de Ricciotti Garibaldi, vistió la camisa roja y en 1897 combatió valerosamente en Domokos.

Licenciado en Letras en 1898, se trasladó dos años después a Escocia, donde fue lector de italiano en la Universidad de Glasgow desde 1901 hasta 1909. Durante estos años dirigió también la revista bilin­güe Riscossa latina. Vuelto a Italia en 1910, colaboró en Voce y en Lacerba, y al estallar la guerra mundial figuró entre los más ar­dientes intervencionistas, se alistó volun­tario y se licenció el año 19 con el grado de teniente.

Además de las recopilaciones Del jardín del Isonzo (v.) y El bordón de la poesía (v.), que representan lo mejor de su producción, dejó muchos versos y compo­siciones en prosa diseminados en diversos diarios y revistas.

C. Falconi

Ageo

(Haggay) Su historia se desarrolla en torno a un núcleo autobiográfico que, desde el primer versículo (v. Ageo), acom­paña con una prueba de evidencia terrena y de autenticidad temporal el vuelo de su pro­fecía, fijando en la época de Darío las espe­ranzas evangélicas: «En el año segundo del rey Darío, en el sexto mes, el día primero del mes, el Señor habló por medio de Ageo, profeta, a Zorobabel, hijo de Salatiel, prín­cipe de Judá, y a Jesús, hijo de Josedec, sumo sacerdote».

Su aparición pública se sitúa en el 520 a. de C., dieciocho años des­pués del regreso de los cautivos de Babilo­nia. El profeta había figurado quizás entre ellos, había participado primero de su nostalgia, después del ansia con que se había dispuesto a reconstruir el Templo.

Pero pronto se había enfriado el entusiasmo del pueblo y no se levantaban los muros alre­dedor de los altares. Su vocación profética, religiosa e incluso política surge del cho­que de su amor, no apagado, con el egoísmo de una gente que habita en «casas con her­mosos artesonados, mientras esta Casa se encuentra en ruinas».

La apatía de los repa­triados determinó su pensamiento, y éste, a su vez, fue la inmediata condición de su vida: tuvo una conciencia lúcida del pre­sente y de su propia autoridad carismática. Fue un profeta «práctico», un hombre que, por un ideal religioso, urgente y desconocido — como Santa Catalina de Siena —, atacó con la palabra y con la acción a aquella sociedad sin levadura.

Su esfuerzo por rea­nimar a los constructores tropezaba sobre todo con un estado caótico: cautivos alber­gados, residuos de guerra, individualismo. Pero precisamente la universalidad de este caos, que llegaba incluso al gobierno cen­tral de Darío, permitió una mayor autono­mía a los planes de Ageo, al que se había unido ya el profeta Zacarías. De modo que después de una predicación que apenas duró tres semanas, las masas se animaron y se reemprendió el trabajo.

Desde aquel día, A. amortiguó su tono polémico y ben­dijo a sus compatriotas con promesas de paz y prosperidad y con la más divina de todas las promesas: «La gloria de este últi­mo templo será grande, será mayor que la del primero». Ya en 516, el segundo templo, hogar nacional y raíz de la era mesiánica, estaba terminado: decepción para los ojos de quienes habían visto el primero, espe­ranza para el corazón.

El anciano A. vivía todavía, como acaso ya vivía cuando el san­tuario salomónico refulgía aún. A esta larga vida se debió que su época no fuera total­mente una época burguesa y que el hilo interrumpido de la espera litúrgica volviera a aparecer en un clima más interior, más próximo al cristianismo, menos glorioso, en suma, y más santo. La tradición talmú­dica, poco segura ciertamente, coloca a A. entre los miembros de la Magna Con­gregación, es decir, de aquel legendario senado que transmitió la llama religiosa de los últimos profetas a los primeros rabinos.

P. de Benedetti