Giovan Giorgio Alione

Nacido de noble y acomodada familia en Asti, en 1460; m. en la misma localidad quizá a principios de 1521.

Desempeñó cargos de cierta impor­tancia: refrendario en el Consejo General en los años 1503, 1511, 1515 y 1517, y capi­tán, por nombramiento del rey de Francia, del castillo de Monte Rainero de 1515 a 1521.

Fue hombre de leyes, como puede deducirse de ciertos detalles de sus obras (v. Farsa de Nicolao Spranga), y estuvo probable­mente en Florencia, Génova y Países Ba­jos. Sus preferencias culturales y políticas fueron para los franceses, entonces señores de Asti, y en francés escribió muchas poe­sías amorosas, religiosas y de tema histó­rico.

Aparte de la Macarronea contra la Macarronea de Bassano (v. Macarronea), se le recuerda por muchos versos en francés y en italiano y por las diez farsas en dia­lecto de Asti, compuestas por él entre 1500 y 1515 para un público de gustos popula­res.

Estas farsas (v. Farsa de Nicolao Spran­ga y Farsa de Zoan Zavatino), derivadas de modelos similares franceses, artística­mente mediocres, están animadas por nume­rosas referencias y mordaces alusiones a la vida local, y proclaman en sus desver­gonzados versos la aversión del autor por las formas de la comedia, erudita, entonces en boga.

En conjunto, constituyen un docu­mento precioso para el estudio del dialecto . y de las costumbres de Asti en el siglo XVI. Se supone que fueron declamadas en pri­vado, sobre un tablado, durante el carnaval, por actores y payasos locales.

F. Doglio

Jacopo Alighieri

Hijo de Dante y de Gemma Donati, puede considerársele n. en Florencia después de 1290, y m. en la misma ciudad en 1348. Se unió a su padre en el exilio a la edad de 14 años; pero obtuvo después la revocación del destierro y vivió en Florencia, obteniendo incluso la restitu­ción de los bienes en 1343.

Dante había ob­tenido para él de Cangrande della Scala una canonjía en la diócesis de Verona y beneficios en varias tierras. Él fue quien envió la primera copia de la Commedia a Guido da Polenta en 1322, con un soneto en el que habla de la gran obra como de una «hermana» y con un resumen conte­nido en un capítulo en tercetos.

A él se debe también uno de los primeros comen­tarios del poema, limitado al Inferno, donde no encontramos, sin embargo, noticias per­sonales que Dante estaba en condiciones de darle, sino sobre todo explicaciones alegó­ricas. La Commedia es recordada también en su obra didáctica El doctrinal (v.), que no revela, sin embargo, ninguna dote poé­tica.

P. Onnis

Dante Alighieri

Nacido en Florencia en mayo de 1265, m. en Rávena el 14 de sep­tiembre de 1321; es el más grande de los poetas italianos y uno de los mayores del mundo antiguo y moderno.

Con la Divina Comedia (v.) dio a los italianos y a la hu­manidad entera una obra en la que resplandece la luz de una gran poesía y de los más grandes ideales de la cultura cristiana. El padre de Alighieri fue Alighiero di Bellincione, descendiente de Cacciaguida (primera mitad del siglo XII), y la madre Bella, de ape­llido todavía ignorado.

Antes de que cum­pliera dieciocho años, estaba ya Alighieri ins­truido en gramática, lógica y retórica, y sabía componer versos en idioma vulgar. El padre murió en 1283; pero, antes de mo­rir, se había puesto de acuerdo con Mannetto Donati para el matrimonio de Alighieri con la hija de Manneto, Gemma.

Es muy pro­bable que el matrimonio se realizara antes de 1290. Para la realidad de la vida prác­tica de Alighieri no hay que dejarse engañar por la Vida nueva (v.), que nos presenta la juventud del poeta sólo dedicada al amor por Beatriz.

En aquellos años, Alighieri escribió rimas amorosas,, y no sólo para Beatriz; conoció a otros poetas contemporáneos y trabó afectuosa amistad con Guido Cavalcanti, Lapo Gianni y Ciño da Pistoia; pro­fundiza sus estudios de retórica ayudándose con el adiestramiento y los consejos, ya que no con una verdadera enseñanza, de Brunetto Latini; se dirige a Bolonia (1287), donde enseñaban célebres maestros de las «artes dictandi»; participa en junio de 1289 en la batalla de Campaldino (donde Florencia y la liga güelfa derrotaron a los gibelinos toscanos), y dos meses después se halla presente en la rendición del castillo de Caprona, que estaba en poder de los písanos.

Tampoco puede excluirse como ante­rior a 1290 la disputa con Forese Donati (v. Rimas), en la que los dos amigos se cambiaron las más vulgares acusaciones e injurias. La juventud de Alighieri se encuentra, pues, llena de una vida variada y rica en experiencias obtenidas al formar parte ac­tiva de la noble sociedad florentina de su tiempo.

Sin embargo, es la experiencia del sentimiento amoroso hacia Beatriz la que imprime la huella más profunda en su na­ciente personalidad de poeta. Comenzó a cantar este amor de acuerdo con los mode­los comunes a la lírica cortesana de la escuela siciliana y de los guittonianos de Toscana, y profundizó a continuación su propio sentimiento y su experiencia poé­tica entrando en el aristocrático círculo de los poetas nuevos (los seguidores del «dolce stil novo»), que reconocían como maestro al boloñés Guido Guinizelli.

Pero como Alighieri se daba cuenta de que su experiencia de enamorado era muy diferente de la de sus mismos amigos, adquiría al mismo tiempo conocimiento de su inconfundible dulce estilo nuevo en el ejercicio de su expre­sión poética. La muerte de Beatriz (1290) en pleno esplendor de su juventud y su belleza, acentúa y sublima en Alighieri el pro­ceso de idealización de la mujer amada, ya presente en vida de Beatriz, y el poeta, cerrando la Vita nuova (1293-94), toma a su cargo la alta empresa de prepararse para una gran obra en la que diría de la dulce Beatriz «lo que nunca se había dicho de ninguna».

Los años que siguieron inmedia­tamente a la composición de Vita nuova señalan el período más intenso y decisivo en la ampliación y profundización de la cultura literaria e histórica de Alighieri. Especial­mente Virgilio con la Eneida, pero también Horacio y Ovidio, fueron los poetas que más le indujeron a la rebusca de un estilo propio; y Cicerón, Séneca y Boecio los escritores predilectos para la doctrina mo­ral.

Al mismo tiempo, asistía a las conver­saciones filosóficas y religiosas en los con­ventos de Santa Cruz y Santa María Nueva, familiarizándose con el pensamiento filosó­fico y teológico de Alberto Magno y de To­más de Aquino. Pero no fueron el intenso fervor y el largo estudio con que cultivó su amor por la sabiduría — que serán más tarde, en el destierro, la base del Convivio (v.) — los que determinaron su separación de la vida política de la ciudad.

Desde el año de la batalla de Benevento (1266), el gobierno de la ciudad de Florencia se encontraba en manos del partido güelfo, al que pertenecía también la familia de Alighieri, noble, pero económicamente modesta. Sin embargo, el gobierno no era fácil ni tran­quilo, a causa de las continuas luchas entre los nobles aferrados a sus privilegios, por una parte, y el pueblo («gordo» y «flaco»), por otra.

Como en 1293 los Reglamentos de Justicia excluyeron de los cargos públicos a los nobles y a los grandes no matricu­lados en las Artes, Alighieri se matriculó en el Arte de los Médicos y Especiales (1295). De los documentos que nos han quedado sobre la actividad del gobierno florentino de 1295 a 1300, no se desprende que Alighieri fuera políticamente una personalidad de mucho relieve.

De las dos facciones de blan­cos y negros en que se escindió a finales de siglo el partido güelfo, capitaneadas res­pectivamente por Vieri de’ Cerchi (blancos) y por Corso Donati (negros), Dante se quedó con los blancos, que propugnaban una polí­tica de horizontes limitados, pero pacífica y celosa de la autonomía de la ciudad fren­te a las interferencias de la Curia romana. Los blancos consiguieron imponerse a los negros; pero éstos aprovecharon las inten­ciones ambiciosas del papa Bonifacio VIII para buscar apoyos exteriores en su lucha por la conquista del poder.

Cuando Alighieri fue elegido con otros cinco, todos del partido blanco, Prior para el bimestre 15 de junio- 14 de agosto de 1300, la situación interna de la ciudad era muy turbia porque se re­sentía del choque sangriento ocurrido el 1.° de mayo entre blancos y negros.

Y en efecto, pocos días después de la elección de A. para el priorato, el 23 de junio, estalló otra colisión entre las dos facciones, y en­tonces la Señoría decidió desterrar a siete jefes de los blancos, entre los que se en­contraba Guido Cavalcanti, y siete de los negros, entre ellos Corso Donati. Pero la moderación y el equilibrio mostrados en aquella ocasión por los priores no sirvió para nada, y las interferencias del papa en favor de los negros continuaron intimi­dando a buena parte de la facción de los blancos.

Entre los blancos inclinados a un acuerdo con la Curia romana y los blancos intransigentes, Alighieri figura entre estos últi­mos después del priorato, y se convierte así en su voz más autorizada, manifestando en varios Consejos su decidida oposición a determinadas peticiones del papa (19 de junio de 1301). Pocos meses después, el des­tino de los blancos estaba sellado.

Boni­facio VIII da su consentimiento a los negros para invitar a Carlos de Valois a poner paz en Toscana, y de nada sirve una embajada enviada por los blancos al papa, y de la cual parece haber formado parte también Dante. El día de Todos los Santos de 1301, Carlos de Valois, dominado un simulacro de resis­tencia armada, entra en Florencia; poco tiempo después, los negros que se hallaban desterrados regresan a la patria y comien­zan los procesos y condenas contra los blan­cos.

Alighieri, que con toda probabilidad se en­contraba fuera de Florencia cuando entró en esta ciudad Carlos de Valois, no se pre­sentó a juicio durante aquel simulacro de proceso ni después de la sentencia, incu­rriendo en la pena de destierro perpetuo (y si hubiese caído en manos del gobierno habría sido condenado a la hoguera), por sentencia del 10 de marzo del mismo año.

Comenzaba para Alighieri el doloroso camino del exilio que lo había de tener alejado para siempre de su patria. En los años inme­diatamente anteriores al destierro habría que situar la crisis que turbó profunda mente la conciencia, la inteligencia y acaso la misma fe religiosa de Alighieri, según referen­cias que proceden de la Divina Commedia (la «selva oscura» en la que se ha extraviado el poeta a la edad de 35 años, es decir, en 1300; los reproches de Beatriz en el pa­raíso terrestre).

No existen argumentos vá­lidos para negar a Alighieri la experiencia real de un tal extravío o crisis, que debió ser de carácter moral, intelectual y religioso al mismo tiempo. Incluso se podría incluir en este período de grave turbación intelec­tual y religiosa la primera fase de su exi­lio, bajo el terrible peso de aquella injus­ta condena, que debió parecerle, durante los primeros sufrimientos, como manifestación de una subversión del orden moral y de la justicia en el mundo.

La primera reacción de Alighieri contra la injusta condena consiste en su activa participación en las tentativas que los blancos derrotados, de acuerdo con los desterrados gibelinos, llevan a cabo para entrar de nuevo en Florencia por la violencia. Pero las milicias de los desterra­dos son repetidamente derrotadas por los negros y con graves consecuencias, especial­mente en Castel Pulicciano en el verano de 1303, y un año después, en julio de 1304, en Lastra, cerca de Florencia. En el inter­valo entre las dos derrotas, Alighieri, descorazo­nado y disintiendo de sus compañeros de exilio, había comenzado a trabajar «para mismo».

Y fue para Alighieri el período más duro de su destierro, con terribles momentos, en los que conoció abatimientos y humillacio­nes, como lo atestigua Leonardo Bruni, que cita una perdida epístola en latín dirigida por Alighieri al pueblo florentino para impetrar la vuelta a la patria. Afirma Bruni que Alighieri «se volvió extremadamente humilde, tra­tando de conseguir, con buenas obras y bue­nos modales, la gracia de poder volver a Florencia mediante espontánea revocación de quienes gobernaban la ciudad; y sobre este asunto se afanó mucho y escribió mu­chas veces, no sólo a miembros del gobier­no, sino al pueblo todo; y entre otras, una epístola bastante larga, que comienza Po­pule mee, quid fecit tibi?».

Pero el desalien­to no duró mucho tiempo, y bien pronto la saludable reacción de su conciencia moral contra la injusta condena le dará para siem­pre una fuerza titánica capaz de permitirle soportar con elevada dignidad su amargo peregrinar por las tierras de Italia. Fue acogido primeramente en Verona en la corte de los Scalígeros; pero era su destino que experimentase en muchas partes de Italia «come sa di sale/lo pane altrui, e com’e duro calle/lo scendere e’l salir per l’altrui scale» («cómo sabe a sal el pan ajeno, y cuán dura vía es subir y bajar por otras escaleras». Par., XVII, 58-60).

En octubre de 1306 se encuentra en Lunigiana, en la corte de los Malaspina, y un año después en el Casentino, desde donde envía una epístola a Moroello Malaspina (v. Epístolas), acompañada de una canción (Amor da che convien). Por entonces, se dedica a la com­posición del Convivio y de la Vulgar elo­cuencia. (v.).

En 1308 es probable que fuera a Lucca, donde quizá se reunió con su fami­lia, o al menos con algunos de sus hijos (en un documento de Lucca de 21 de octu­bre de 1308 aparece como testigo un Giovanni di Dante Alighieri, florentino); pero en la primavera del año siguiente se pro­híbe la estancia en Lucca a los desterrados florentinos.

El poeta debe reanudar, pues, su vida errabunda, de la que sabemos poca cosa hasta la entrada del emperador Enri­que VII de Luxemburgo en Italia. No es imposible que en este tiempo hubiera estado en París. La elección para el trono imperial de Enrique VII (desde el 1308) suscitó en Italia muchas esperanzas entre los gibeli­nos y entre muchos de los mismos güelfos que, por una razón u otra, no estaban satis­fechos con la situación política.

El mismo papa Clemente V de Aviñón estimulaba ta­les esperanzas. Alighieri cree que ha llegado el momento de librar a Italia de todos los males y se erige en pregonero de la nueva era de paz y justicia enviando una apasio­nada epístola «a los reyes y a los senadores del alma Roma, a los duques, a los mar­queses, a los condes y a los pueblos todos».

Enrique es acogido triunfalmente en Milán, donde ciñe la corona de hierro el 6 de ju­nio de 1311; pero las ciudades güelfas co­mienzan a organizarse para la resistencia volviendo los ojos al rey de Nápoles, Ro­berto de Anjou, y Florencia figura entre las más obstinadas. Es el momento de la terrible epístola que «el indigno desterrado» envía desde el Casentino a los perversos florentinos (31 de marzo de 1311).

En marzo de 1312 llega Enrique a Toscana; pero, contra toda esperanza y todo deseo de Alighieri, en lugar de dirigirse hacia Florencia, se encamina de Pisa a Roma para ceñir la corona imperial. La hostilidad contra el emperador va aumentando entre tanto, por­que también el mismo papa se manifiesta como enemigo suyo, intimándole a que no vaya contra el reino de Nápoles.

El empe­rador abandona Roma y se dirige hacia Florencia, a cuyas proximidades llega el 19 de septiembre de 1312. Sitia la ciudad durante cuarenta días; pero tiene al fin que desistir y se encamina a Pisa para preparar la expedición contra Roberto de Anjou.

En el verano de 1313 está ya el ejército en marcha y comienza a difundirse el pánico entre los güelfos de toda Italia ante las con­secuencias de una temida victoria imperial, cuando Enrique muere inesperadamente en Buonconvento, junto a Siena (21 de agosto de 1313).

Se alborozan los güelfos y decae la confianza de todos los que esperaban de la victoria de Enrique los frutos de una paz universal: Dante, que en aquellos años de esperanzas había afrontado, desde el punto de vista teórico, el problema de la separación del poder espiritual y religioso del poder temporal, escribiendo en latín el tratado La monarquía (v.), encontrará nue­vas fuerzas para proseguir su amarga vida de desterrado inocente, atendiendo a la con­tinuación de su divino poema, que es muy probable que hubiera comenzado ya entre 1308 y 1309.

No deja, sin embargo, perder la ocasión en 1314, a la muerte de Cle­mente V, de expresar públicamente su opi­nión, de estímulo y advertencia, sobre el más candente de los problemas políticos y religiosos de aquella hora, y dirige una epístola a los cardenales italianos para hacerles saber el terrible daño que se de­rivaba para la religión y para Italia el estar establecida la Santa Sede en Aviñón, y para exhortarles a que eligieran un pontífice que tuviera como primer ob­jetivo su regreso a Roma.

En mayo de 1315, encontrándose Florencia en grave peli­gro por la amenaza de ser conquistada por Uguccione della Faggiuola, pareció a los gobernantes de la ciudad que una medida de amplia amnistía, en la que estuvieran comprendidos los condenados al -destierro, podría ayudar a su causa.

Para obtener los beneficios de la amnistía, estaban obligados los condenados a pagar una suma no muy importante de dinero y a someterse a la humillante formalidad de la oferta en San Juan. Con altiva pero tranquila dignidad, contestó Dante a un amigo, que le había comunicado la noticia de la amnistía, que no era aquél el camino para su regreso a la patria.

En noviembre de 1315 llega al último grado la saña de los gobernantes florentinos, que condenan al desterrado y a sus hijos a la. pena de muerte; pero Verona y Rávena le ofrecen tranquilo y decoroso refugio en los últimos años de su vida.

Es dudoso que su mujer estuviera con él; pero de sus hijos sabemos que Jacopo usu­fructuaba beneficios eclesiásticos en la dió­cesis de Verona y Pietro en la de Rávena. Parece seguro que su hija Antonia sea la misma persona que sor Beatriz, monja en Rávena en el monasterio de San Esteban de los Olivos.

A partir de 1318, el poeta se establece de un modo permanente en Rá­vena, y desde esta ciudad dirige las dos Églogas (v.) a Giovanni del Virgilio; pero en 1320 estuvo por pocos días de nuevo en Verona, para debatir allí la Cuestión del agua y de la tierra (v.). La sublime poesía que Dante creara en los luminosos can­tos del Paradiso le daba todavía la espe­ranza en los años finales de que sus con­ciudadanos le llamaran a la patria para coronarlo como poeta «in sul fonte/del suo battesmo» (Par., XXV, 9-10); pero la muer­te le sorprendió en Rávena, en medio de este sueño insatisfecho, en la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321.

Desde en­tonces, Rávena no ha querido nunca renun­ciar al privilegio de guardar las cenizas del gran poeta. V. Pernicone

Alí Bey

(Domènec Badia i Leblich). Viajero y geógrafo catalán. N. en Barce­lona en 1766, m. en Damasco en 1822. Estu­dió en la Lonja de su ciudad natal.

Incli­nado a los estudios geográficos y resuelto a penetrar en Marruecos con fines cientí­ficos, de acuerdo con el geógrafo y natu­ralista Simón de Rojas Clemente, pasó a Valencia a estudiar el árabe.

En 1802 rea­lizó con su colega un primer viaje al África, fruto del cual fue una colección de curiosidades geográficas que el explo­rador mandó al Gabinete de Historia Natu­ral de Madrid. Animado por el éxito de esta expedición y de acuerdo con Carlos IV y el ministro Godoy, decidió dar a su próxima exploración un carácter político.

A tal efecto, tomó el nombre de Alí Bey el Abbasi, supuesto príncipe de la fami­lia de los Abbasidas; se sometió a la cir­cuncisión y partió de Cádiz para Tánger el 17 de junio de 1803. Vestido de árabe noble y con un perfecto dominio de la lengua fue recibido con todos los honores por el emperador, que nada sospechó.

Vi­sitó sin contratiempo Trípoli, Acre, penetró en la Meca y llegó al Cairo; en todas partes fue agasajado por las autoridades. El 9 de mayo de 1808 llegó enfermo a Bayona. España estaba entonces en poder de los franceses y Carlos IV y Fernando VII se encontraban en Bayona a merced de Napoleón.

Entrevistóse por fin con Carlos IV. a quien presentó los dibujos y planos de los países que había recorrido e hízole presente la importancia que su viaje podía tener para España, pero el ex rey confesóle su situación de absoluta impotencia, y le aconsejó que procurase ver a Napoleón y ponerse a sus órdenes.

Alí quiso negarse a ello, pero Carlos le ordenó terminante­mente que le obedeciera. Salió para Madrid y acabó por abrazar el partido de José Bonaparte. Fue intendente de Sevilla, gobernador de Córdoba, y al retirarse el rey intruso formó parte de su comitiva. Llegado a París, Napoleón le envió a la India en misión política después de nom­brarle mariscal de campo.

Salió de París con el nombre de Alí Othman y dirigióse a Damasco, pero el bajá, aleccionado por la diplomacia inglesa, descubrió su verda­dera personalidad. A los pocos días moría misteriosamente, según se cree envenenado en un convite que le dio el bajá. Otros bió­grafos opinan que murió de disentería. Su obra principal es la titulada Voyages d’Ali Bey en Afrique et en Asie pendant les années 1803, 1804, 1805, 1806 y 1807, publi­cada en París en 1814.

En 1816 apareció la edición inglesa y en 1836 la castellana. Tra­ducida la obra al catalán, se editó en Bar­celona en el 1888 (v. Viajes). Alí fue el pri­mer cristiano que visitó la Meca y que dio a conocer su famoso templo a los euro­peos.

Francesco Algarotti

Nacido en Venecia el 11 de diciembre de 1712, m. en Pisa el 3 de mayo de 1764. Erudito, crítico, poeta, hombre de mundo y cortesano, con pre­ponderantes aptitudes de «ensayista» y con una versátil variedad de aficiones cultu­rales y literarias ágilmente basada en una formación científico – positivista, este autor es uno de los más brillantes exponentes del cosmopolitismo cultural italiano del si­glo XVIII. Brillante es también su biogra­fía.

Nacido de familia de comerciantes, Algarotti estudió primeramente en Roma, y a conti­nuación en Bolonia, en la escuela de Eus­tachio Manfredi y F. M. Zanotti, quienes lo tuvieron en gran estima y publicaron dos memorias de materia astronómica del joven discípulo en las Atti dell’istituto bolognese.

.Terminados los estudios en Bo­lonia, Algarotti se trasladó a Florencia, para per­feccionar su educación lingüístico-literaria, y después a Roma. En 1735 lo encontra­mos en Francia, donde entra en relación con numerosas personalidades del mundo cultural francés, sobre todo con Voltaire con quien mantendrá una asidua corres­pondencia), e, inspirándose en el ejemplo de Fontenelle, publica el Newtonismo para las damas (1735, v.); la obra, escrita con propósito divulgador, alcanzó amplio eco.

De Francia se trasladó a Londres, de allí a Italia (1737), para atender a la edición italiana del Newtonianismo per le dame, aparecida con el título de Dialoghi sopra l’ottica newtoniana, y después a Londres de nuevo; en 1738-39, en compañía y por invitación de lord Baltimore, visita Petersburgo, y de allí marcha a Prusia, donde conoce al entonces príncipe real Federico, que le toma gran estimación y será pode­roso amigo y protector suyo hasta la muer­te.

Algarotti narró las experiencias e impresiones de tal viaje en sus Lettere sulla Russia titulo original): Viajes por Rusia (v.), dedicadas a lord Hervey y a Scipione Maffei En 1740, y por invitación explícita, asiste a la coronación en Kónisberg de Fe­derico 33, quien le nombra conde y cham­belán y en cuya corte permanece, excepto el paréntesis de un bienio (1743-44) en la 2orre de Augusto III, rey de Sajonia, hasta 1753, cuando su maltrecha salud y la du­reza del clima alemán le inducen a volver a Italia.

Pasó los últimos años en Venecia 1753-56 >, en Bolonia (1756-62), donde fun­da la Academia de los «Indómitos», y, por último, en Pisa, atendiendo a la recopila­ción de sus propios escritos, que se dio a la imprenta un año después de su muer­te. Algarotti está enterrado en el camposanto de Pisa, donde Federico II le mandó erigir, a sus expensas, un monumento funerario. Entre sus obras destacan los Ensayos sobre la pintura (v.), Ensayos sobre la arquitec­tura (v.) y Ensayos sobre el teatro musi­cal (v.).

D. Mattalia