(Al – Ghazzali). Filósofo, teólogo, jurista y místico de los más importantes del Medioevo musulmán, hasta el punto de ser apellidado por sus correligionarios «Prueba (viviente) del Islam». N. en Tus, en el Khorasan (Persia), en 1058, y m. en 1111.
Realizó sus estudios en Nisabur, donde recibió las enseñanzas del célebre teólogo y jurista Imán al – Haramain. Su formación juvenil fue, según la huella que en ella dejó su maestro, teológica y jurídica, con un acentuado espíritu crítico, sobre el cual hizo presa tempranamente el escepticismo.
En el célebre opúsculo autobiográfico El salvador del error [Al-Munqidh min ad-dalal], nos ha contado extensamente sus experiencias intelectuales, el examen de la validez del método especulativo en teología y la desconfianza que le invadía sobre la posibilidad de una demostración racional de la fe.
El camino de salida de este escepticismo, que le causó penosas vacilaciones, le fue ofrecida por la contemplación interior, por la mística «vida del corazón», a la que consagró, a partir del año 1095, año de su crisis, todo el resto de su vida.
En aquel año, abandonó la cátedra hasta entonces brillantemente desempeñada en la escuela religiosa superior Nizamiyya en Bagdad, y se retiró a Siria para pasar un período de íntimo recogimiento y estudio: durante estos años llevó a cabo la peregrinación a la Meca y escribió su obra más importante, la Vivificación de las ciencias teológicas.
Después de pasar casi un decenio de riguroso retiro, consintió en volver a la enseñanza pública en la Madrasa Nizamiyya de Nisabur, pero por poco tiempo, y acabó por retirarse definitivamente a su ciudad natal, entregado a la piedad y a la enseñanza privada, rodeado de un grupo de fieles discípulos, hasta su muerte.
Algacel es uno de los hombres del Medioevo oriental que nos parece conocer mejor, no sólo en los sucesos exteriores de su vida, sino en su ánimo íntimo, tan lúcida y franca ha sido la introspección que hizo de sí mismo y la relación que de ella nos ha dejado.
La citada autobiografía espiritual, que ha sido comparada, con alguna exageración, a las Confesiones (v.) de San Agustín, es ciertamente un notabilísimo documento de una crisis, válido no solamente para el protagonista, sino para toda una «élite» intelectual musulmana: se trasluce en ella el esfuerzo más o menos logrado de apoyar la revelación en una demostración racional con los métodos de la dialéctica antigua, y la insatisfacción ante el resultado obtenido; y al mismo tiempo, la comprobada insuficiencia de una interpretación puramente racional del Universo, del hombre y de sus relaciones con Dios creador, que lleva a Algacel a atacar vivamente en su Tahafut al-falasifa [La incoherencia de los filósofos, tradicional y erróneamente traducido por La destrucción de los filósofos, v.] el peripatetismo musulmán, provocando las duras retorsiones polémicas de Ibn Tofail y de Averroes.
Pero tanto la figura como la obra de Algacel se agrandan sobre todo por la conciliación intentada entre la teología positiva y la vida del sentimiento, expresada por medio de la mística (sufismo): de aquélla, moderando la orgullosa autosuficiencia y el árido formulismo con su derivación en el ritual y en el derecho; mientras, por otra parte, refrenaba la mística entre bien guardados confines, fuera de todo panteísmo y de toda antinomia moral.
Monumento de esta conciliación, que ejerció decisiva influencia en la vida ulterior del Islam, es el gran tratado sobre las ciencias teológicas que abraza teología y derecho, mística y ética, y ha servido de guía a decenas de generaciones musulmanas. El aspecto de Algacel que se nos aparece más simpático se revela en su ética, llena de humana finura y de equilibrio, rociada de una caridad que a algunos les ha parecido cristiana.
En cuanto a esta «cristianidad», de la que se ha hablado a menudo, y que aparece en el título mismo de la obra sobre Algacel de un ilustre islamista y sacerdote católico, M. Asín Palacios (La espiritualidad de Algazel y su sentido cristiano), puede decirse que no responde a la realidad y que se refiere más a la aludida disposición caritativa y benévola que a una lejana simpatía dogmática, ya que Algacel escribió también obras apologéticas anticristianas.
Combatió en realidad dentro del camino de la tradición islámica más pura, teniendo como guías a un Hasan al-Basri y a otros doctores islámicos de los primeros siglos, que más que al edificio teológico-jurídico, dieron valor a la vida íntima del corazón en las relaciones con Dios, pero que no pensaron nunca en renegar de los fundamentos revelados de aquel edificio.
F. Gabrieli
