Dante Alighieri

Nacido en Florencia en mayo de 1265, m. en Rávena el 14 de sep­tiembre de 1321; es el más grande de los poetas italianos y uno de los mayores del mundo antiguo y moderno.

Con la Divina Comedia (v.) dio a los italianos y a la hu­manidad entera una obra en la que resplandece la luz de una gran poesía y de los más grandes ideales de la cultura cristiana. El padre de Alighieri fue Alighiero di Bellincione, descendiente de Cacciaguida (primera mitad del siglo XII), y la madre Bella, de ape­llido todavía ignorado.

Antes de que cum­pliera dieciocho años, estaba ya Alighieri ins­truido en gramática, lógica y retórica, y sabía componer versos en idioma vulgar. El padre murió en 1283; pero, antes de mo­rir, se había puesto de acuerdo con Mannetto Donati para el matrimonio de Alighieri con la hija de Manneto, Gemma.

Es muy pro­bable que el matrimonio se realizara antes de 1290. Para la realidad de la vida prác­tica de Alighieri no hay que dejarse engañar por la Vida nueva (v.), que nos presenta la juventud del poeta sólo dedicada al amor por Beatriz.

En aquellos años, Alighieri escribió rimas amorosas,, y no sólo para Beatriz; conoció a otros poetas contemporáneos y trabó afectuosa amistad con Guido Cavalcanti, Lapo Gianni y Ciño da Pistoia; pro­fundiza sus estudios de retórica ayudándose con el adiestramiento y los consejos, ya que no con una verdadera enseñanza, de Brunetto Latini; se dirige a Bolonia (1287), donde enseñaban célebres maestros de las «artes dictandi»; participa en junio de 1289 en la batalla de Campaldino (donde Florencia y la liga güelfa derrotaron a los gibelinos toscanos), y dos meses después se halla presente en la rendición del castillo de Caprona, que estaba en poder de los písanos.

Tampoco puede excluirse como ante­rior a 1290 la disputa con Forese Donati (v. Rimas), en la que los dos amigos se cambiaron las más vulgares acusaciones e injurias. La juventud de Alighieri se encuentra, pues, llena de una vida variada y rica en experiencias obtenidas al formar parte ac­tiva de la noble sociedad florentina de su tiempo.

Sin embargo, es la experiencia del sentimiento amoroso hacia Beatriz la que imprime la huella más profunda en su na­ciente personalidad de poeta. Comenzó a cantar este amor de acuerdo con los mode­los comunes a la lírica cortesana de la escuela siciliana y de los guittonianos de Toscana, y profundizó a continuación su propio sentimiento y su experiencia poé­tica entrando en el aristocrático círculo de los poetas nuevos (los seguidores del «dolce stil novo»), que reconocían como maestro al boloñés Guido Guinizelli.

Pero como Alighieri se daba cuenta de que su experiencia de enamorado era muy diferente de la de sus mismos amigos, adquiría al mismo tiempo conocimiento de su inconfundible dulce estilo nuevo en el ejercicio de su expre­sión poética. La muerte de Beatriz (1290) en pleno esplendor de su juventud y su belleza, acentúa y sublima en Alighieri el pro­ceso de idealización de la mujer amada, ya presente en vida de Beatriz, y el poeta, cerrando la Vita nuova (1293-94), toma a su cargo la alta empresa de prepararse para una gran obra en la que diría de la dulce Beatriz «lo que nunca se había dicho de ninguna».

Los años que siguieron inmedia­tamente a la composición de Vita nuova señalan el período más intenso y decisivo en la ampliación y profundización de la cultura literaria e histórica de Alighieri. Especial­mente Virgilio con la Eneida, pero también Horacio y Ovidio, fueron los poetas que más le indujeron a la rebusca de un estilo propio; y Cicerón, Séneca y Boecio los escritores predilectos para la doctrina mo­ral.

Al mismo tiempo, asistía a las conver­saciones filosóficas y religiosas en los con­ventos de Santa Cruz y Santa María Nueva, familiarizándose con el pensamiento filosó­fico y teológico de Alberto Magno y de To­más de Aquino. Pero no fueron el intenso fervor y el largo estudio con que cultivó su amor por la sabiduría — que serán más tarde, en el destierro, la base del Convivio (v.) — los que determinaron su separación de la vida política de la ciudad.

Desde el año de la batalla de Benevento (1266), el gobierno de la ciudad de Florencia se encontraba en manos del partido güelfo, al que pertenecía también la familia de Alighieri, noble, pero económicamente modesta. Sin embargo, el gobierno no era fácil ni tran­quilo, a causa de las continuas luchas entre los nobles aferrados a sus privilegios, por una parte, y el pueblo («gordo» y «flaco»), por otra.

Como en 1293 los Reglamentos de Justicia excluyeron de los cargos públicos a los nobles y a los grandes no matricu­lados en las Artes, Alighieri se matriculó en el Arte de los Médicos y Especiales (1295). De los documentos que nos han quedado sobre la actividad del gobierno florentino de 1295 a 1300, no se desprende que Alighieri fuera políticamente una personalidad de mucho relieve.

De las dos facciones de blan­cos y negros en que se escindió a finales de siglo el partido güelfo, capitaneadas res­pectivamente por Vieri de’ Cerchi (blancos) y por Corso Donati (negros), Dante se quedó con los blancos, que propugnaban una polí­tica de horizontes limitados, pero pacífica y celosa de la autonomía de la ciudad fren­te a las interferencias de la Curia romana. Los blancos consiguieron imponerse a los negros; pero éstos aprovecharon las inten­ciones ambiciosas del papa Bonifacio VIII para buscar apoyos exteriores en su lucha por la conquista del poder.

Cuando Alighieri fue elegido con otros cinco, todos del partido blanco, Prior para el bimestre 15 de junio- 14 de agosto de 1300, la situación interna de la ciudad era muy turbia porque se re­sentía del choque sangriento ocurrido el 1.° de mayo entre blancos y negros.

Y en efecto, pocos días después de la elección de A. para el priorato, el 23 de junio, estalló otra colisión entre las dos facciones, y en­tonces la Señoría decidió desterrar a siete jefes de los blancos, entre los que se en­contraba Guido Cavalcanti, y siete de los negros, entre ellos Corso Donati. Pero la moderación y el equilibrio mostrados en aquella ocasión por los priores no sirvió para nada, y las interferencias del papa en favor de los negros continuaron intimi­dando a buena parte de la facción de los blancos.

Entre los blancos inclinados a un acuerdo con la Curia romana y los blancos intransigentes, Alighieri figura entre estos últi­mos después del priorato, y se convierte así en su voz más autorizada, manifestando en varios Consejos su decidida oposición a determinadas peticiones del papa (19 de junio de 1301). Pocos meses después, el des­tino de los blancos estaba sellado.

Boni­facio VIII da su consentimiento a los negros para invitar a Carlos de Valois a poner paz en Toscana, y de nada sirve una embajada enviada por los blancos al papa, y de la cual parece haber formado parte también Dante. El día de Todos los Santos de 1301, Carlos de Valois, dominado un simulacro de resis­tencia armada, entra en Florencia; poco tiempo después, los negros que se hallaban desterrados regresan a la patria y comien­zan los procesos y condenas contra los blan­cos.

Alighieri, que con toda probabilidad se en­contraba fuera de Florencia cuando entró en esta ciudad Carlos de Valois, no se pre­sentó a juicio durante aquel simulacro de proceso ni después de la sentencia, incu­rriendo en la pena de destierro perpetuo (y si hubiese caído en manos del gobierno habría sido condenado a la hoguera), por sentencia del 10 de marzo del mismo año.

Comenzaba para Alighieri el doloroso camino del exilio que lo había de tener alejado para siempre de su patria. En los años inme­diatamente anteriores al destierro habría que situar la crisis que turbó profunda mente la conciencia, la inteligencia y acaso la misma fe religiosa de Alighieri, según referen­cias que proceden de la Divina Commedia (la «selva oscura» en la que se ha extraviado el poeta a la edad de 35 años, es decir, en 1300; los reproches de Beatriz en el pa­raíso terrestre).

No existen argumentos vá­lidos para negar a Alighieri la experiencia real de un tal extravío o crisis, que debió ser de carácter moral, intelectual y religioso al mismo tiempo. Incluso se podría incluir en este período de grave turbación intelec­tual y religiosa la primera fase de su exi­lio, bajo el terrible peso de aquella injus­ta condena, que debió parecerle, durante los primeros sufrimientos, como manifestación de una subversión del orden moral y de la justicia en el mundo.

La primera reacción de Alighieri contra la injusta condena consiste en su activa participación en las tentativas que los blancos derrotados, de acuerdo con los desterrados gibelinos, llevan a cabo para entrar de nuevo en Florencia por la violencia. Pero las milicias de los desterra­dos son repetidamente derrotadas por los negros y con graves consecuencias, especial­mente en Castel Pulicciano en el verano de 1303, y un año después, en julio de 1304, en Lastra, cerca de Florencia. En el inter­valo entre las dos derrotas, Alighieri, descorazo­nado y disintiendo de sus compañeros de exilio, había comenzado a trabajar «para mismo».

Y fue para Alighieri el período más duro de su destierro, con terribles momentos, en los que conoció abatimientos y humillacio­nes, como lo atestigua Leonardo Bruni, que cita una perdida epístola en latín dirigida por Alighieri al pueblo florentino para impetrar la vuelta a la patria. Afirma Bruni que Alighieri «se volvió extremadamente humilde, tra­tando de conseguir, con buenas obras y bue­nos modales, la gracia de poder volver a Florencia mediante espontánea revocación de quienes gobernaban la ciudad; y sobre este asunto se afanó mucho y escribió mu­chas veces, no sólo a miembros del gobier­no, sino al pueblo todo; y entre otras, una epístola bastante larga, que comienza Po­pule mee, quid fecit tibi?».

Pero el desalien­to no duró mucho tiempo, y bien pronto la saludable reacción de su conciencia moral contra la injusta condena le dará para siem­pre una fuerza titánica capaz de permitirle soportar con elevada dignidad su amargo peregrinar por las tierras de Italia. Fue acogido primeramente en Verona en la corte de los Scalígeros; pero era su destino que experimentase en muchas partes de Italia «come sa di sale/lo pane altrui, e com’e duro calle/lo scendere e’l salir per l’altrui scale» («cómo sabe a sal el pan ajeno, y cuán dura vía es subir y bajar por otras escaleras». Par., XVII, 58-60).

En octubre de 1306 se encuentra en Lunigiana, en la corte de los Malaspina, y un año después en el Casentino, desde donde envía una epístola a Moroello Malaspina (v. Epístolas), acompañada de una canción (Amor da che convien). Por entonces, se dedica a la com­posición del Convivio y de la Vulgar elo­cuencia. (v.).

En 1308 es probable que fuera a Lucca, donde quizá se reunió con su fami­lia, o al menos con algunos de sus hijos (en un documento de Lucca de 21 de octu­bre de 1308 aparece como testigo un Giovanni di Dante Alighieri, florentino); pero en la primavera del año siguiente se pro­híbe la estancia en Lucca a los desterrados florentinos.

El poeta debe reanudar, pues, su vida errabunda, de la que sabemos poca cosa hasta la entrada del emperador Enri­que VII de Luxemburgo en Italia. No es imposible que en este tiempo hubiera estado en París. La elección para el trono imperial de Enrique VII (desde el 1308) suscitó en Italia muchas esperanzas entre los gibeli­nos y entre muchos de los mismos güelfos que, por una razón u otra, no estaban satis­fechos con la situación política.

El mismo papa Clemente V de Aviñón estimulaba ta­les esperanzas. Alighieri cree que ha llegado el momento de librar a Italia de todos los males y se erige en pregonero de la nueva era de paz y justicia enviando una apasio­nada epístola «a los reyes y a los senadores del alma Roma, a los duques, a los mar­queses, a los condes y a los pueblos todos».

Enrique es acogido triunfalmente en Milán, donde ciñe la corona de hierro el 6 de ju­nio de 1311; pero las ciudades güelfas co­mienzan a organizarse para la resistencia volviendo los ojos al rey de Nápoles, Ro­berto de Anjou, y Florencia figura entre las más obstinadas. Es el momento de la terrible epístola que «el indigno desterrado» envía desde el Casentino a los perversos florentinos (31 de marzo de 1311).

En marzo de 1312 llega Enrique a Toscana; pero, contra toda esperanza y todo deseo de Alighieri, en lugar de dirigirse hacia Florencia, se encamina de Pisa a Roma para ceñir la corona imperial. La hostilidad contra el emperador va aumentando entre tanto, por­que también el mismo papa se manifiesta como enemigo suyo, intimándole a que no vaya contra el reino de Nápoles.

El empe­rador abandona Roma y se dirige hacia Florencia, a cuyas proximidades llega el 19 de septiembre de 1312. Sitia la ciudad durante cuarenta días; pero tiene al fin que desistir y se encamina a Pisa para preparar la expedición contra Roberto de Anjou.

En el verano de 1313 está ya el ejército en marcha y comienza a difundirse el pánico entre los güelfos de toda Italia ante las con­secuencias de una temida victoria imperial, cuando Enrique muere inesperadamente en Buonconvento, junto a Siena (21 de agosto de 1313).

Se alborozan los güelfos y decae la confianza de todos los que esperaban de la victoria de Enrique los frutos de una paz universal: Dante, que en aquellos años de esperanzas había afrontado, desde el punto de vista teórico, el problema de la separación del poder espiritual y religioso del poder temporal, escribiendo en latín el tratado La monarquía (v.), encontrará nue­vas fuerzas para proseguir su amarga vida de desterrado inocente, atendiendo a la con­tinuación de su divino poema, que es muy probable que hubiera comenzado ya entre 1308 y 1309.

No deja, sin embargo, perder la ocasión en 1314, a la muerte de Cle­mente V, de expresar públicamente su opi­nión, de estímulo y advertencia, sobre el más candente de los problemas políticos y religiosos de aquella hora, y dirige una epístola a los cardenales italianos para hacerles saber el terrible daño que se de­rivaba para la religión y para Italia el estar establecida la Santa Sede en Aviñón, y para exhortarles a que eligieran un pontífice que tuviera como primer ob­jetivo su regreso a Roma.

En mayo de 1315, encontrándose Florencia en grave peli­gro por la amenaza de ser conquistada por Uguccione della Faggiuola, pareció a los gobernantes de la ciudad que una medida de amplia amnistía, en la que estuvieran comprendidos los condenados al -destierro, podría ayudar a su causa.

Para obtener los beneficios de la amnistía, estaban obligados los condenados a pagar una suma no muy importante de dinero y a someterse a la humillante formalidad de la oferta en San Juan. Con altiva pero tranquila dignidad, contestó Dante a un amigo, que le había comunicado la noticia de la amnistía, que no era aquél el camino para su regreso a la patria.

En noviembre de 1315 llega al último grado la saña de los gobernantes florentinos, que condenan al desterrado y a sus hijos a la. pena de muerte; pero Verona y Rávena le ofrecen tranquilo y decoroso refugio en los últimos años de su vida.

Es dudoso que su mujer estuviera con él; pero de sus hijos sabemos que Jacopo usu­fructuaba beneficios eclesiásticos en la dió­cesis de Verona y Pietro en la de Rávena. Parece seguro que su hija Antonia sea la misma persona que sor Beatriz, monja en Rávena en el monasterio de San Esteban de los Olivos.

A partir de 1318, el poeta se establece de un modo permanente en Rá­vena, y desde esta ciudad dirige las dos Églogas (v.) a Giovanni del Virgilio; pero en 1320 estuvo por pocos días de nuevo en Verona, para debatir allí la Cuestión del agua y de la tierra (v.). La sublime poesía que Dante creara en los luminosos can­tos del Paradiso le daba todavía la espe­ranza en los años finales de que sus con­ciudadanos le llamaran a la patria para coronarlo como poeta «in sul fonte/del suo battesmo» (Par., XXV, 9-10); pero la muer­te le sorprendió en Rávena, en medio de este sueño insatisfecho, en la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321.

Desde en­tonces, Rávena no ha querido nunca renun­ciar al privilegio de guardar las cenizas del gran poeta. V. Pernicone