Joáo Baptista da Silva Leitáo de Almeida Garrett

Nacido en Oporto en 1799, m. en Lisboa el 9 de diciembre de 1854, después de una intensísima vida de escritor y hombre público.

Pasó la primera infancia en las haciendas de su padre al sur de Oporto, que hubo de abandonar en 1809 a consecuencia de la invasión francesa de Soult, para trasladarse con la familia a Lis­boa y de aquí a las Azores.

En Angra, bajo la dirección de su tío obispo, recibió la educación clásica que se refleja claramente en sus primeros versos, vibrantes, por otra parte, por el entusiasmo que en él despertó la revolución de 1820.

A los 17 años se en­cuentra en Coimbra, estudiando leyes, y escribe tragedias inspiradas en los modelos de Voltaire, de Maffei y de Alfieri. En 1823 la reacción absolutista le obliga al destierro en Inglaterra y luego en Francia.

El cono­cimiento de los ambientes literarios de este país acelera su adhesión al movimiento romántico, al que él imprimirá en Portugal un sentido nacionalista y liberal, dando una lección de modernidad y de equilibrio.

Así nacen los poemas Camoens (1825, v.), pe­netrado de una vaga melancolía, y Doña Blanca (1826, v.), de argumento medieval y lleno de alusiones folklóricas. A estas obras siguen, en 1828, Adorinda y, en 1829, La lírica de Juan Mínimo (v.).

Por lo demás, nuestro autor tendió siempre a dominar su propia sensibilidad, aun manteniendo, por razones sobre todo de buen gusto, una cierta independencia de las escuelas litera­rias contemporáneas.

Hasta 1832 no regresó definitivamente a Portugal, donde tomó parte activa en la lucha que llevó a los liberales a la victoria. Desde este momento consagró lo mejor de sus fuerzas al rena­cimiento del teatro portugués: fundó el Conservatorio de Arte Dramático, la Ins­pección general de teatros y promovió la construcción del Teatro Normal.

En 1838 hizo representar su primer drama, el dis­cutido Auto de Gil Vicente (v.), al que siguieron, en 1842, El armero de Santarén (v.) y, en 1843, Fray Luis de Souza (v.), con el que llegó a la cumbre de su propio arte y que constituye una de las obras maes­tras del teatro romántico.

Tres años des­pués aparecieron en un volumen los Viajes por mi tierra (v.), libro caprichoso, en el que, sobre el esquema de una relación sen­timental (la historia de Joaninha y de Car­los, víctima inocente de su propia doblez), aparece una serie de impresiones y de diva­gaciones a la manera de Sterne.

Con los Viajes, en los que dio a conocer su cauti­vadora personalidad, A. G. creó la moderna prosa literaria portuguesa. Hojas caídas (v., 1853), caldeadas por el fuego de una tardía pero intensa pasión, constituyen su mejor recopilación lírica.

La laboriosa compila­ción del Romancero (tres vols., 1843-51, v.), una de las obras fundamentales de A. G., obedece, por otra parte, a su nacionalismo estético, integración del «popularismo» en aquella forma que será llamada por él más tarde «neogarretismo».

Además de fecun­dísimo escritor y poeta, nuestro autor fue una de las más interesantes figuras políti­cas de su país: en 1834, Encargado de Nego­cios y cónsul general en Bélgica, más tarde diputado y en 1852 ministro, en el Gabi­nete presidido por Saldanha.

J. Frado Coelho

Manuel Antonio de Almeida

Nacido el 17 de noviembre de 1831 en Río de Janeiro, m. el 28 de noviembre de 1861 en un naufragio en las costas brasileñas.

Es un nota­ble novelista brasileño de la época román­tica, cuya existencia fue difícil y llena de conflictos: habiendo comenzado los estudios clásicos, tuvo que interrumpirlos constante­mente por falta de medios; tenía inclina­ción por el dibujo, pero las circunstancias le llevaron al periodismo, y durante casi toda su brevísima vida fue redactor del Comercio Mercantil, donde apareció por primera vez por entregas, a partir de 1853, la novela que le dio fama, Memorias de un sargento de milicias (v.).

Habiéndose licen­ciado en medicina, no logró abrirse camino en la actividad clínica que, sin embargo, le atraía. Obtuvo después un empleo en la secretaría del Ministerio de Hacienda; pero no supo desarrollar la historia finan­ciera del Brasil que se le había encargado, finalmente, cuando su destino parecía me­jor encaminado con el nombramiento de administrador de la Tipografía Nacional (donde conoció y encontró modo de pro­teger a un humilde tipógrafo que había de convertirse en el mayor novelista brasileño, Machado de Assis) y de director de la Aca­demia imperial de música y ópera nacional, perdió la vida, con otras treinta personas, en el naufragio del barco que los llevaba, enviado por su periódico para asistir a la apertura del canal de Campos a Macaé.

G. C. Rossi

Alipio

Nada se sabe de la vida y de la personalidad de este musicólogo griego, autor de una Introducción a la música (v.) — a la- que debemos el conocimiento del sistema de notación griego — y citado entre los antiguos sólo por Casiodoro en sus Ins­tituciones de las letras divinas y humanas (v.) El hecho de que Alipio fijara el número de tonos en 15 ha movido a Meibon a considerarlo anterior a Tolomeo (siglo II), que lo redujo a 7.

Pero Alipio es posterior, ciertamente, si toma de Tolomeo la defini­ción de armonía. Su nombre nos retrotrae a los siglos III o IV; su primer editor, Juan van Meurs, lo identifica con el homónimo escritor neoplatónico de Alejandría, con­temporáneo de Jámblico de Calcis (280- 330).

Hinrek van Alkmar

Poeta alemán de origen holandés. Floreció en la segunda mi­tad del siglo XV. Poco se sabe de su vida: se cree que, hacia 1477, fue consejero del príncipe-obispo de Utrecht, y luego gober­nador de René, duque de Lorrain (1485).

Se le atribuye la refundición (hacia 1480) del Román de Renart (v.), según los antiguos textos flamencos y franceses, cuya adapta­ción al bajo sajón fue publicada en Lubeck en 1498 con el título de Reynke de Vos (v.). Algunos críticos sostuvieron la hipó­tesis, hoy desechada, de que bajo su nombre se ocultó el poeta alemán Nicolás Baumann (n. 1450?, m. 1526).

P. Khevont Aliscian

Nacido en Constantinopla en 1820, m. en San Lázaro el 22 de noviembre de 1901. Pedagogo, poeta, polí­grafo, es la más representantiva personali­dad que en el campo de las letras ha producido la Congregación armenia de San Lá­zaro (Venecia).

Ordenado sacerdote en 1840, su vida transcurrió en la quietud del mo­nasterio o en las aulas del Colegio armenio Raphaelian de Venecia, del que fue direc­tor en 1844 y en 1866, y en el Colegio Muratiano de Sèvres (París), que dirigió de 1859 a 1861.

Pero sus anhelos, ya fuera en la laguna veneciana, ya en la metrópoli fran­cesa, estuvieron siempre dirigidos a su que­rida tierra lejana, cuyas bellezas naturales y cuyas gestas heroicas cantó (El ruiseñor de Avarair) y cuya historia, arqueología, geografía y religión estudió apasionadamen­te en la última parte de su vida, en obras doctas y eruditas.

Con la colaboración del P. G. Aivazovski fundó en 1843 el Pazmaveb [El Politécnico], la más antigua de las revistas armenias que se publican todavía en el día de hoy. Sus cinco volúmenes de Poemas (v.) contienen, además de compo­siciones originales, importantes traduccio­nes, sobre todo de Byron y de poetas ale­manes (notable la de la Canción de la cam­pana, v., de Schiller).

Hizo también una recopilación de Cantos populares armenios con traducción inglesa (1852). En sus nume­rosas obras científicas no siempre corres­ponde un adecuado espíritu crítico a la ostentación de una cultura verdaderamente prodigiosa.

G. Bolognesi