Nacido hacia el 330 en Antioquía, m. en Roma en fecha ignorada. Es la postrera gran voz de la historia romana, y con Símaco y con Claudiano, la última y vigorosa afirmación de su fe y de su destino.
Sirio de sangre, romano de espíritu y de educación, vivió durante casi medio siglo en plena admiración de los ideales de Roma, primero como soldado, en el séquito del general Ursicino y del emperador Juliano en diversas campañas dentro y fuera de Italia; después como escritor vigoroso, animado y original en la forma y en el pensamiento.
Templó las adquisiciones culturales de una tradición gloriosa con la experiencia de una vida agitada, entre cortes y campamentos, entre príncipes y generales, entre la plebe y la aristocracia, que lo consagraron como una personalidad sincera, fuerte, segura, y dotada de un sentido crítico desapasionado, realista, sencillo.
Y fue la suya una historia verdadera «sine ira et studio», consciente como era de que la dignidad del narrador no reside en la exaltación cortesana de supuestas virtudes ni en fáciles y sentimentales reticencias, sino en decir lealmente, generosamente, noblemente: «He escrito una obra que tiene por fin la verdad, a la que nunca, según creo, me he atrevido a traicionar con el silencio o con la mentira»; palabras solemnes, programáticas, con las que Amiano cierra los 31 libros de las Historias (v.) que, superando la Historia Augusta y elevándose a la altura de Tácito, tienen por tema los dramáticos acontecimientos desarrollados desde el principado de Nerva hasta la muerte de Valente (96-378).
Sólo han llegado hasta nosotros los últimos 18 libros, que contienen los sucesos contemporáneos al autor. Historia vivida, por lo tanto, como la de Tácito y la de Polibio, donde más comprometida aparece la personalidad del narrador severo y consciente, no turbado por nostálgicas evocaciones del pasado, sino sumergido totalmente en el presente.
En ellos, junto con sus aventuras personales, hace revivir en una atmósfera de poderoso heroísmo el último drama del Imperio romano, que no se resigna a morir atacado apremiantemente por dos fuerzas opuestas y concéntricas: las guerras contra los bárbaros en el exterior, la desbordante vitalidad de la nueva cultura cristiana en el interior.
Amiano se convierte en observador atento de este atormentado drama de hombres, de instituciones, de culturas: juzga, elogia y condena con absoluta imparcialidad a los grandes actores de la historia.
Eleva un himno a Juliano el Apóstata, conservador de la antigua fe de Roma y deseado ideal suyo de «optimus princeps»; pero le reprocha su inmoderada complacencia ante el aplauso y la adulación, su excesiva condescendencia a los deseos de los amigos, su gula y su desenfreno de costumbres, y sobre todo su intransigencia injustificada e inclemente contra el cristianismo; de Constancio, a quien odió siempre, censura sus muchos vicios, pero no oculta sus pocas virtudes; de Valentiniano resalta su inaudita crueldad, pero elogia su prudencia y su astucia diplomática; rinde culto y veneración a la majestad del Imperio, pero reconoce que la religión cristiana es «franca y pura», ya que «sólo lleva a los hombres a la justicia y a la mansedumbre», y admira la serenidad de la fe y el intrépido valor de los «mártires» cristianos.
Se ha supuesto que Amiano se había convertido a la nueva religión, por la que sintió, en verdad, una viva y no siempre bien oculta simpatía; pero en el fondo, continuó siendo un pagano, un politeísta convencido.
Roma, donde él, quizá por su dignidad senatorial, pasó el último período de su vida, en contacto con los ambientes tradicionales de Símaco y de Agorio Pretextato, estuvo siempre en la cima de sus preocupaciones de hombre y de historiador, como ciudad a la que «la voluntad divina hizo señorear desde la cuna, con promesa de vida eterna»; y fue bueno para él que pudiera cerrar los ojos a finales del siglo IV, acunado por este sueño radiante.
B. Riposati
