Niccolò Amenta

Nacido el 18 de octubre de 1659 en Nápoles, m. en la misma ciudad el 25 de julio de 1719. Hijo de un juriscon­sulto, se licenció en Leyes y se dedicó a la carrera forense, que pronto abandonó por la de las letras.

En poco tiempo se convir­tió en uno de los exponentes de la vida literaria y artística, particularmente apa­sionada, que existía en los círculos y aca­demias del Nápoles de aquel tiempo. Su principal actividad fue el teatro, en el que se esforzó en introducir una reforma ten­dente a restaurar las reglas, el orden de la trama y la lengua toscana de las comedias del siglo XVI.

Se puso al frente de una compañía de aficionados, representando él mismo, y escribió siete comedias: Constan­za (1699, v.); El forca (1700, v.); La criada (1707, v.); La somiglianza (1706); Carlo­ta (1708, v.); La Giertrude (1717) y Le Ge- melle (1718). Estas obras gustaron no sola­mente en Nápoles, sino también fuera: se representaron en la corte de Luis XV y fue­ron traducidas al inglés por Dorotea Levermour.

No faltaron acusaciones de plagio contra Amenta, de las cuales se defendió en un Dialogo tra la Favola e il Momo, ante­puesto a Le Gemelle.

Giovanni Amendola

Nacido en Nápoles, de familia salernitana, el 15 de abril de 1882; m. en Cannes el 7 de abril de 1926.

Iniciados sus estudios de filosofía en Roma, los con­tinuó en alemania, en la Universidad de Leipzig. Vuelto a Italia, se acercó al joven grupo combativo dé intelectuales fundado­res, en Florencia, del Leonardo, dirigidos por Papini y por Prezzolini.

Desde enton­ces, su personalidad sobresalió sobre la de los demás, dando a su pensamiento una dirección metódica filosófica que faltaba a los amigos del Leonardo. De ello se dio cuenta el más agudo de sus amigos, Papini, y cuando cesó el Leonardo (1907), se unió más estrechamente a él, animándole a to­mar la dirección de la Biblioteca filosófica de Florencia, donde (1910-11) tuvo ocasión de profundizar su pensamiento.

Sus medita­ciones, estimuladas por las experiencias flo­rentinas, dieron vida a sus escritos filosóficos más representativos: La voluntad y el bien (‘1911, v.) y Etica e biografía (1915).

A principios de 1912 hubo como un distanciamiento de la vida y de las aspiraciones anteriores, ya que, dedicado al periodismo, volvió a Roma, primero como corresponsal del Resto del Carlino y después del Cor­riere della sera.

Vinieron unos años de lucha, a la que imprimió una superior espi­ritualidad y una consecuencia no habitúa­les en el mundo político. Diputado por la circunscripción de Salerno en 1919, subse­cretario de Hacienda en 1920 (ministerio Nitti), ministro de Colonias en 1922 (minis­terio Facta), vio avanzar la marea fascista, cuyo origen y significado comprendió, sin disimular su apremiante peligro.

Su intran­sigencia lo colocó en situación destacada en la oposición extraparlamentaria que se formó después del asesinato de Matteotti (1924). Designado para vengar este crimen, y víctima de una emboscada cerca de Montecatini en julio de 1925, murió en el des­tierro él año siguiente.

M. Vinciguerra

Amenémope

Con el nombre de este autor egipcio figura una recopilación de ins­trucciones (v. Enseñanzas del Antiguo Egip­to), que ordenó para el menor de sus hijos, transmitida por el papiro núm. 10.474, con­servado desde el año 1888 en el Museo Bri­tánico de Londres y dado a conocer por primera vez, en 1922, por Wallis Budge.

Dicho papiro, que es de mano de copista, el escriba Scenu, como se lee en la última línea de la página vigesimoctava del texto, puede atribuirse, por la grafía, a la XXII dinastía, si no a alguna más reciente. No es posible deducir de las Enseñanzas datos cronológicos para la fijación de la redac­ción original, y, por consecuencia, del tiem­po en que floreció Amenémope Prestando crédito a las características léxico-sintácticas de la lengua en que fueron redactadas, no parece errónea su inclusión en el tiempo de la dinastía XXII.

El mismo autor, un alto fun­cionario, informa de los cargos desempe­ñados por él y de las misiones que le fue­ron confiadas, en la presentación que de sí mismo hace al lector al comienzo del texto, el cual tiene forma poética y está desarro­llado en 30 capítulos.

E. Scamuzzi

Zoltán Ambrus

Crítico y narrador hún­garo, n. el 22 de febrero de 1861 en Debrecen; m. el 28 del mismo mes de 1932 en Bu­dapest. Colaboró en su juventud en la revis­ta de vanguardia A Het, y a continuación fue uno de los defensores más significativos del modernismo de los «occidentalistas» agrupados en tomo a la revista Nyugat, de Ignotus y Andrea Ady.

Al mismo tiempo, se reconocían sus méritos por parte de los círculos literarios «oficiales», representados por la Academia de Ciencias, por la Socie­dad Kisfaludy y por la Sociedad Petofi, todas las cuales lo hicieron socio suyo.

Espí­ritu superior, escéptico y, sin embargo, constructivo, independiente, se mantuvo por encima de las enconadas luchas ideológicas entre conservadores y radicales, y sin salir del campo estrictamente estético ejerció el cargo de crítico, de modo que sus juicios imparciales, anclados en un vasto saber y en una fecunda sensibilidad artística, re­dundaron en beneficio de ambas partes ad­versas y sus ideas contribuyeron amplia­mente a aclarar la confusión de conceptos propia del arte y de la literatura de la época.

No fue tan amplia la aceptación que Ambrus encontró en el público con sus novelas (El rey Midas, v.; Giroflé y Giroflé, etc.) y con sus cuentos llenos de motivos nuevos y tal vez por ello desconcertantes, en los que dio ejemplo de arte noble y refinado.

Procedente de la clase burguesa de artistas, escritores, actores (durante la primera gue­rra mundial y las revoluciones fue director del Teatro Nacional de Budapest), investigó los problemas de la vida burguesa, prefe­rentemente de los artistas, con una decidida tendencia al análisis que, juntamente con la abundancia de reflexiones no exentas de una ironía sosegada e indulgente, nos hacen pensar en sus grandes modelos, Maupassant, Flaubert y Anatole France.

E. Várady

Ambrosiáster

Es el nombre con que se indica al desconocido autor de un Co­mentario a San Pablo (v.) que en la Edad Media, o acaso antes, había sido atribuido a San Ambrosio, quizá porque éste, en una carta suya (la XXXVII), había prometido unas homilías sobre San Pablo. Pero la críti­ca reconoció falsa la paternidad ambrosiana, sin llegar, por otra parte, a identificar a su autor.

Las hipótesis emitidas sucesivamente por Morin, que quiso identificarlo primero con Isaac Judeo, que luchó en Roma con­tra el papa Dámaso — y el comentario fue escrito bajo su pontificado (366-384), como se deduce de «En I Tim., III, 14» — y fue desterrado por Graciano a España; después, con Décimo Hilariano Hilario, político del que no ha quedado ningún indicio de acti­vidad literaria, y por último con Emiliano Dextro, hijo de Paciano de Barcelona, han fracasado todas, y como la crítica no puede exponer otras hipótesis, al nombre de Ambrosiáster corresponde una obra, no un autor.

G. Lazzati