Amenofis IV

(Amenhotep). Décimo rey de la dinastía XVIII de Egipto, hijo de Amenofis III, muerto a los 47 años, en el 21.° de su gobierno (hacia 1375-54 a. de C.).

Diferente de sus antecesores, no vinculó su nombre a famosas empresas militares, a vitales normas políticas ni a construcciones espléndidas, sino a una iniciativa que ten­día a un fin dinástico, en consonancia con el principio teocrático sobre el que repo­saba el poder del rey egipcio.

Habiendo renegado, en efecto, de Amón de Tebas, dios dinástico y nacional de sus antepasa­dos, se esforzó en introducir e imponer otro, el cual, en esencia, consistía en la revalorización del dios solar heliopolitano Ra, con su viejo nombre de Atón.

Aban­donó, además, su residencia en Egipto meri­dional — que todavía se denomina, con los griegos, Tebas — «la más estimada de las residencias», por antonomasia, del dios Amón. Fundó el centro religioso y, al mismo tiempo, nueva residencia real de Aketatón (literalmente «Horizonte del sol Atón»), en el Egipto Medio, donde terminó sus días, y cuyas ruinas han sido puestas al descubierto modernamente en las cercanías de la localidad de El-Amarna, en la orilla derecha del Nilo.

De acuerdo con su ini­ciativa, el rey sustituyó su propio nombre oficial, en el que figuraba el de Amón (Amenhotep = Amón se encuentra satisfe­cho), por otro con la mención de Atón: Eknatón (literalmente = agrada a Atón).

Ha llegado a nosotros una composición poética, el llamado Himno a Atón, del que se co­nocen dos redacciones, la «grande» y la «extractada», la primera de las cuales se encuentra en el interior de la tumba de uno de los sucesores del rey, Ai (Opp. Eie).

Según una hipótesis todo lo atractiva que se quiera, pero poco comprobable con los documentos que han llegado a nuestro cono­cimiento, el mismo rey sería el autor de la citada composición. Con respecto al con­tenido, la composición todavía no es hoy suficientemente juzgada y apreciada, bien por la incomprensión del fin al que tendía la iniciativa del rey, bien por su excesiva tendencia al lirismo que embellece más de una imagen y confiere relieve a los aconte­cimientos cotidianos.

Participa, en efecto, en gran medida de la himnografía del tiem­po y de la egipcia en general, de la que resuenan temas y motivos. El pasaje refe­rente a una presunta visión universal del rey, celebrando al dios sol que ilumina y hace vivir también a los extranjeros, pa­rece demasiado sobrevalorado, si se inter­preta en lo que cuenta: el hecho del domi­nio de Egipto, y por consecuencia el de sus dioses, sobre poblaciones y territorios con­quistados en Asia Menor hasta el Eufrates.

De las inscripciones cuneiformes de Amenofis IV sobresale un grupo de cartas cam­biadas con príncipes de Asia Menor, encon­tradas en El-Amarna, en los años 1882 y siguientes (v. Cartas de Tell El-Amarna). La figura de este rey y sus aventuras han ofrecido tema a populares novelas debidas a Clara Siemens y a Greta Auer, a Merejkovsky, a Simeón Strunski, a Madame Ta­foouis y a Mika Waltari.

E. Scamuzzi