Lucio Ampelio

Fue probablemente un pedagogo que vivió en el siglo III. Ficticia o no la petición de un tal Macrino (a quien está dedicada su obra), deseoso de poseer un compendio de todo lo cognoscible, lo cierto es que emprendió la ardua empre­sa de su realización. Así nació el Libro memorial (v.), que ha llegado hasta nos­otros, probablemente mutilado, en 50 bre­ves capítulos.

Alguien ha querido identi­ficar en Macrino al emperador que reinó del 217 al 218, otros a una persona citada por Sidonio Apolinar; pero lo más probable es que fuera un estudiante y joven amigo de Ampelio, el cual, en su sustancial repertorio, entre otras cosas, ha dejado huellas de su gusto por el arte, hasta el punto de con­vertirse, aunque sea modestamente, en un testimonio de la historia del arte antiguo. Notables son también los capítulos VIII y IX, Miracula mundi y Quot fuere Joves vel alii in loco dii deaeque, de los que se de­duce que Ampelio era pagano convencido.

André-Marie Ampère

Nacido en Poleymieux, junto a Lyon, el 22 de enero de 1775; m. en Marsella el 10 de junio de 1836. Dotado de gran inteligencia,, había dado muestras desde pequeño de excepcional disposición para las matemáticas.

A los 18 años, des­pués de haber leído y aprendido, gracias a su prodigiosa memoria, la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, es decir, todo el saber hasta entonces conocido, estudiaba la Mécanique analytique de Lagrange, y podía repetir todos sus cálculos, demostrando de ese modo la profundidad de sus estudios.

Fue precisamente en este período, en 1793, en Lyon, cuando su padre subió al patíbulo acusado de simpatizar con la aristocracia. Ampère suspendió sus estudios y permaneció durante un año en estado de profunda de­presión.

Se dedicó después con ardor a la botánica, a la poesía y a la música. Casado en Lyon, tuvo el 12 de agosto de 1800 un hijo que fue más tarde el ilustre literato Jean-Jacques Ampère Nombrado en 1801 profe­sor de física en Bourg, escribió allí Considérations sur la théorie mathématique du jeu (Lyon, 1802), que le valió en 1803 una cátedra en Lyon y más tarde, en 1805, una plaza de repetidor de análisis matemático en el Politécnico de París, donde se esta­bleció después del acerbo dolor que sufrió a la muerte de su esposa.

Las obras de Ampère tratan de matemáticas, mecánica, física matemática y experimental, química, cien­cias naturales y filosofía. En matemáticas, publicó notables trabajos sobre la igualdad de los volúmenes de los poliedros y sobre las ecuaciones diferenciales; en química encontró, independientemente de Avogrado, la ley que lleva el nombre de ambos; in­tentó también, en los últimos años de su vida, una clasificación de las ciencias (v. Ensayo sobre la filosofía de las ciencias).

Pero Ampère debe su inmortalidad al descubri­miento de las acciones mutuas entre los conductores atravesados por corrientes eléc­tricas, y más aún, a la ley fundamental que obtuvo de ello, echando las bases de la electrodinámica y contribuyendo de un  modo admirable a la nueva ciencia del elec­tromagnetismo.

La Memoria sobre la teoría matemática de los fenómenos electrodinámi­cos deducida únicamente de la experiencia (1820, v.), que resume su trabajo, continúa siendo uno de los ejemplos clásicos de los métodos matemáticos aplicados a la obser­vación de los fenómenos. Entrevió en el electromagnetismo aquella unidad física que sólo fue reconocida un siglo más tarde, y hoy se estudian los campos magnéticos de acuerdo con la dirección de sus teorías.

Maxwell definió a Ampère como el «New­ton de la electricidad». Su personalidad mo­ral se formó desde la adolescencia cuando, como él mismo confiesa, quedó impresio­nado por la lectura del elogio de Descartes escrito por Thomas, impresión que le duró toda la vida.

Ampère era tímido y modesto, y muy distraído; de naturaleza muy religiosa, fue atormentado frecuentemente por la duda. Perteneció a la Academia de Ciencias de París y a las más importantes sociedades científicas de Europa. La unidad de la co­rriente eléctrica ha sido denominada «am­perio» en su honor. Murió en el cumpli­miento de sus deberes como inspector de las universidades francesas.

R. Fedriani

Enrique Amorim

Novelista uruguayo n. en Salto en 1900 y m. en 1960. Pertenece realmente a las literaturas uruguaya y ar­gentina, pues pasó buena parte de su vida en Buenos Aires, residencia que alternaba con Salto y Montevideo.

Es el novelista moderno del campo rioplatense, que ahonda en la vida rural con sentido intensamente humano, en contraposición frecuente con la vida ciudadana (El paisano Aguilar, 1934).

Además de esta novela que acabamos de citar, son obras suyas de alto valor La ca­rreta, El caballo y su sombra (1941) y La Luna se hizo con agua (1944). Es difícil distinguir entre estos trabajos y otros rela­tos, que no por ser menos ambiciosos tie­nen menos interés, pues a la altura de sus mejores narraciones se encuentran las His­torias de pájaros, La trampa del pajonal y La plaza de las carretas.

Cuando la pre­ocupación política o politicosocial de este novelista preside la concepción del artista, baja lógicamente el nivel literario, como ocurre en La edad despareja (1$39), Nueve lunas sobre Neuquén y La victoria no viene sola (1952); a este respecto, Anderson Imbert señala que el título de esta última novela es una frase de Stalin.

Otras novelas suyas son Tangarupá (1925) y otras tres que anunciaba tres años antes de morir en carta a Alicia Ortiz con el título de Los montaraces, Corral abierto y Feria de far­santes. Su poesía figura en los volúmenes Veinte años (1920), Visitas al cielo (1930) y Quiero (1953).

Amorim es un gran escritor, un observador inteligente y un artista sin­gular que logra espléndidas realizaciones cuando su inquietud ante la injusticia social que presencia no se convierte en obsesión.

J. Sapiña

Scipione Ammirato

Nacido en Lecce el 27 de septiembre de 1531, de familia florentina; m. en Florencia en 1601. Terminados en Nápoles, en 1547, los estudios jurídicos, marchó a Roma, a Padua y finalmente a Venecia, donde Alessandro Contarini le nombró secretario suyo y logró contar como amigos a Speroni y a Aretino.

Obligado a refugiarse en Bari a causa de una aventura amorosa con una dama de la casa Contarini, volvió de allí a Lecce, donde fundó, según la costumbre del tiempo, la Acade­mia de los Transformados; la misma que unos veinte años más tarde aparecerá tam­bién en la Florencia regida por los gran­des duques.

Muy pronto alcanzó fama y honores con sus obras, conocidísimas en las refinadas cortes de la segunda mitad del siglo XVI. En 1554 se hizo abate, y por los beneficios que pensaba obtener, procuró progresar en la carrera eclesiástica.

Desilu­sionado por no haber alcanzado determi­nados cargos a los que aspiraba en Nápo­les, se trasladó en 1569 a Florencia, donde el gran duque Cosme I le ayudó y protegió procurándole una canonjía en Santa Maria del Fiore, un alojamiento en el Palacio de los Médicis y unos emolumentos con el encargo oficial de narrar la historia de Florencia, desde su fundación hasta el tiem­po de los Médicis.

Las Historias florentinas (1600-1641, v.) fueron redactadas a base de investigaciones de fuentes de archivos, en una tentativa, importante en la evolu­ción de la historiografía de su época, de acreditar la verdad de sus escritos mediante el método analítico. Tal principio mantuvo también en los Opuscoli (reunidos e impre­sos después de su muerte, en 1637, por su heredero Cristóbal Del Bianco, que se firmó «Scipione Ammirato el Joven»), y en los Discursos sobre Cornelio Tácito (v.), su obra política en la que la razón de Estado está vista a la luz de la Contrarreforma.

Recordemos también los Ritratti, animados y llenos de color, con descripciones a veces muy valiosas; las Filippiche y las Clementine, los Paralleli, la Vita di Ladislao re di Napoli, la Vita della seconda Giovanna, la comedia I trasformati sobre modelo clásico; y, por último, los versos amorosos, himnos y canciones, que escribió con él nombre académico de Proteo.

N. Rellini Lerz

Abū Bakr ibn ‘Ammār

(Abenamar). M. en 1086. Fue en su juventud de humilde condición y algo estrafalario, excelente poe­ta que había estudiado literatura en Cór­doba y Silves, y ganaba su sustento com­poniendo poesías laudatorias a todo aquel que se las pagase, lo cual le permitía ron­dar a lo largo y lo ancho de la España musulmana.

Cuando Almotámid (1040-1095) con su ejército sevillano tomó Silves, oyó hablar de nuestro autor, que merodeaba por allí, y quiso conocerlo personalmente. Aman­tes ambos de la buena poesía, puesto que Almotámid era también un buen versifica­dor, y de la vida disipada, trabaron muy pronto íntima amistad, que en Almotámid, criado en la opulencia, era generosa y arre­batada, en tanto que en nuestro poeta, hom­bre curtido en las adversidades de la lucha diaria por la existencia, era más bien escép­tica y como si presintiera que aquel mutuo afecto que tan sincero parecía, tendría un mal fin.

Por de pronto, tras unos años de compadrazgo en Sevilla, sin que se sepan con exactitud cuáles sean las causas, fue desterrado a Zaragoza. Más tarde, a la muer­te de su padre, Almotámid ocupó el trono de Sevilla y enalteció a su amigo, al que primeramente dio el gobierno de Silves y luego le nombró gran visir de su corona, desde cuyo puesto, nuestro poeta trabajó con ahínco para defender aquel reino de la creciente amenaza de los cristianos.

Una leyenda afirma que este personaje, al ven­cer a Alfonso VI en una partida de aje­drez, consiguió que éste retirase sus tropas ya victoriosas del territorio del reino de Sevilla. Hábil político, siempre al servi­cio de su rey y amigo Almotámid, y am­bicionando éste apoderarse de Murcia, don­de reinaba Abentáhir, concertó una alian­za con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa, a cambio de una cantidad y con la garantía de Raxid, hijo de Almotámid, que quedaba en rehe­nes.

Al propio tiempo se aseguró la com­plicidad de Abenráxic, gobernador de Vélez, que al entregar su fortaleza, permitió la entrada triunfal del gran visir sevillano en la ciudad de Murcia. No obstante, aquel su gran triunfo político-militar fue la perdi­ción de nuestro poeta, por cuanto comenzó a gobernar en Murcia cual si fuera un rey y no un simple gobernador, negándose a poner en libertad a Abentáhir a pesar de las órdenes que en este sentido le daba su soberano.

Ello, unido a las intrigas de los envidiosos de su gloria, entre los que figu­raba el visir Abubequer Benzaidom, hijo del poeta de Córdoba, lo indispuso con Al­motámid. Y como Abentáhir consiguiera huir gracias a la ayuda que le prestara Abdelaiz, rey de Valencia, nuestro autor montó en cólera, perdió la sensatez y escri­bió unos versos violentísimos contra el rey de Valencia y tina sátira agresiva con­tra su propio rey Almotámid y toda su corte de «hombres infames», al tiempo que pedía ayuda a Alfonso VI, que se la negó alegando despectivamente que eran aqué­llas disputas entre ladrones.

Viéndose per­dido, logró huir a Zaragoza, donde entró al servicio de aquellos reyes. Y cuando atacaba a Segura fue hecho prisionero y ven­dido al mejor postor, que resultó ser el afrentado y vengativo Almotámid, que lo mató con su propia mano, cumpliéndose así el cruel presentimiento que había embar­gado la vida del poeta de Silves (v. Qasīda en rā’).

J. R. Manent