Nacido en Clazomene hacia el 500 a. de C., m. en Lampsaco en el 428 o 427. Fue uno de los filósofos más originales y más fecundos en ideas anticipadoras que tuvo Grecia.
Permaneció largo tiempo en Atenas — unos treinta años —, y allí ejerció la enseñanza (se dice que entre sus discípulos figuró Eurípides), gozando siempre del favor de Pericles.
En 432 hubo de sufrir, por acusación promovida por Cleón, un proceso de impiedad a causa de ciertas atrevidas teorías astronómicas (afirmaba, entre otras cosas, que el Sol era una masa de fuego incandescente y que era más grande que el Peloponeso; por otra parte, en sus explicaciones acerca del origen de los astros se ha podido ver casi una anticipación a las hipótesis de Kant y de Laplace); pero, en realidad, por lo que parece, porque se quiso atacar en él al amigo del gran político.
Condenado a muerte, buscó la salvación en la fuga, y se retiró a Lampsaco, donde abrió nueva escuela y donde murió.
Le dieron el apodo de «ñus», es decir, «mente», porque en su sistema filosófico de explicación del universo, la mente desempeña una función predominante: según dicho sistema, el estado original de la naturaleza consistía en una mezcla confusa de gérmenes o «semillas», de las cuales, por efecto de un movimiento de rotación, se separaron sucesivamente los seres ígneos, el aire, la tierra, los astros.
Anaxagoras atribuye este movimiento de separación no a una causa mecánica y material, sino precisamente a una causa inteligente, a una causa motriz y al mismo tiempo inteligencia ordenadora, el «ñus», como nos lo dicen las mismas palabras de Anaxagoras en su obra De la naturaleza (v.), palabras de una sencillez solemne, bíblica: «Todas las cosas estaban confusas; después sobrevino el ñus y las separó ordenándolas».
Su doctrina constituye también su vida interior. Acusado por sus parientes de malversación del patrimonio, les cedió todos sus bienes para entregarse totalmente a la contemplación de la naturaleza, en la que veía la finalidad de la vida, manteniéndose alejado de los asuntos de la ciudad; y a quien le preguntaba si tenía alguna preocupación por la patria, contestaba que la tenía, y muchísima, y señalaba al cielo, su verdadera patria.
Q. Cataudella
