Antifón

Nacido en Atenas hacia el 480 a. de C., m. en 411. Es el primero, cronológi­camente, de los oradores áticos, y Tucídides, que fue, al parecer, discípulo suyo, dice de él «que no cedía a nadie en su tiempo».

Era hijo del sofista Sofilo y des­cendía de noble familia del demos de Ramnunte. El hecho de pertenecer a la nobleza le perjudicó, dados los tiempos que corrían, y le obligó a hacer vida apartada.

Tuvo una escuela de elocuencia; como abogado, es­cribió discursos por encargo y fue venal, al parecer, hasta el punto de ser satirizado por el comediógrafo Platón en el Pisandro (421). Miembro del Gobierno de los 400, marchó a Esparta para tratar de una paz muy peligrosa para Atenas, y realizó el viaje de regreso en una nave espartana.

A la caída del régimen, acusado de alta trai­ción, se defendió en un célebre discurso; pero fue condenado a muerte. La antigüe­dad le atribuyó 60 discursos, una colección de Proemios y un Arte retórica; sólo han llegado hasta nosotros doce oraciones ima­ginarias, divididas en tetralogías, sobre cuya autenticidad todavía se discute, y tres dis­cursos que fueron pronunciados en reali­dad: el primero se refiere a una acusación de envenenamiento del padre presentada por su propio hijo contra la madrastra; el segundo, el más importante, pronunciado entre 417 y 414, es la defensa de Eusiteo de Mitilene acusado de haber dado muerte al ateniense Herodes; el tercero, de 412, es la defensa de un corego acusado de haber provocado la muerte de un coreuta (v. Dis­cursos).

Las características del orador son: un profundo conocimiento del derecho ático, la fuerza de la argumentación y una noble gravedad en la expresión.

F. Pini

San Anselmo de Aosta

Nacido en Aosta en 1033 ó 1034, m. en Canterbury el 21 de abril de 1109. Tres naciones se lo disputan, o mejor dicho, tres naciones veneran su memoria: Italia, Francia e Inglaterra.

Sólo el tiempo de su juventud transcurrió en el Valle de Aosta, donde había nacido en el seno de una ilustre familia emparentada con la condesa Matilde de Toscana y con las más nobles familias del Piamonte; pero los senderos alpinos lo vieron a menudo pasar en su inquieta y juvenil búsqueda de las certezas con que soñaba.

Después de una tormentosa crisis espiritual, Francia le ofre­ció sus escuelas, sus maestros y sus disci­plinas y bien pronto le dio ocasión para encontrarse de un modo decisivo con otro italiano de insigne valor: el beato Lanfraneo, que había de convertirse en su guía y su amigo.

Habiendo entrado a los 26 años en la abadía de Bec-Hellouin, en Norman- día, cuya dirección había asumido Lanfranco, no debía tardar nuestro santo en sustituirlo en la sede abacial y, hasta 1093, vivió, enseñó, rezó y escribió en el seno de la célebre comunidad normanda.

En 1066, Guillermo de Normandía — el glorioso bas­tardo — había atravesado con sus tropas el canal de la Mancha, Inglaterra había cam­biado de dinastía y — a petición del ven­cedor— Lanfranco había aceptado la sede episcopal de Canterbury.

Tras la muerte de éste, pareció que tan alta dignidad no con­vendría a nadie mejor que al que el difunto había considerado como su mejor dis­cípulo. De este modo, Anselmo de Aosta, Anselmo de Bec-Hellouin, se convirtió en Anselmo de Canterbury, primado de Ingla­terra. Pero el cargo sólo debía reportarle pena y aflicción.

Guillermo II el Rojo (1087- 1100) no tenía la valía de su padre. En especial, adoptó contra la Iglesia una acti­tud de violencia y de dominación, a la que se opuso Anselmo. El conflicto derivó hacia el drama. Viendo amenazada su propia vida, el arzobispo hubo de huir.

Buscó refugio en Italia, y más tarde en Francia, utili­zando su obligado descanso para meditar sobre las cosas divinas y escribir un amplio ensayo sobre el tema de la Encarnación (v. Por qué Dios se hizo hombre). Muerto Guillermo II y vuelto Anselmo a Inglaterra, po­día esperarse que éste terminara en paz su misión pastoral.

No ocurrió así, sin embar­go. Enrique Beauclerc (1100-1131) —más cauto que su padre— abrigaba las mismas ambiciones. ¿Se tendría que dejar, pues, a la Iglesia bajo la pesada férula de un ti­rano? Una vez más se levantó la voz del gran obispo.

Tenía entonces 73 años; pero le pareció más digno el camino de un se­gundo destierro que el de una capitulación adornada con bellas palabras. Muchas con­denas explícitas cayeron sobre el rey desde Francia y desde Roma, y al fin hubo de someterse.

Anselmo volvió a su sede: vencedor, pero agotado. Y allí se extinguió. Era un alma dulce, un corazón tierno, una con­ciencia meditativa. Pero nada le hacía re­troceder cuando se trataba de las batallas de Dios. Junto a su actuación apostólica, figura en lugar preeminente su especulación teológica.

Escribió, para la escuela de Bec, fundada por Lanfranco y perfeccionada por él, el diálogo De grammatica, que es un verdadero curso de lógica. A continuación, compuso el Monologio (v.) y el Proslogio (v.), que pueden considerarse como una sola obra.

Contra el monje Gaunilón, que en el libro En defensa del insensato (v.) había opuesto dudas al famoso argumento onto­lògico de Anselmo, contestó éste con el Apolo­gético (v.). Entre otras muchas obras suyas se encuentran De fide Trinitatis et de incar­natane Verbi, contra Roscellino; De pro­cessione Spiritu Sancti contra Graecos, De veritate, De libero arbitrio, De casu dia­boli, Cur Deus homo, De concepta vergi­nali et de originali peccato, De concordia praescientiae et praedestinationis necnon gratiae Dei cum libero arbitrio, Meditationes et orationes, y un abundante e impor­tantísimo epistolario que arroja viva luz sobre el hombre y sobre su obra.

H. Daniel-Rops

Giovanni Andrea dell’ Anguillara

Nacido en Sutri hacia 1517, m. quizá en Roma des­pués de 1572. Figura de escaso relieve de la cultura italiana del siglo XVI, aparente­mente inmerso en un juego literario hecho totalmente de reflexión, con más cultura que creación propiamente dicha.

Su tra­ducción (1561) de las Metamorfosis de Ovi­dio, muy conocida en el Renacimiento, puede considerarse como un garboso pero poco original esfuerzo dentro de la corrien­te humanística. Más sobresaliente es el Edipo rey (1556, v.), adaptación de la tragedia de Sófocles a las costumbres y al humor de su época, con alguna no vulgar concesión a un gusto populachero y melodramático.

F. Giannessi

Innokenki Fedorovich Annenski

Nacido en 1856 en Petersburgo, m. en la misma ciu­dad el 30 de noviembre de 1909, comparte con Viacheslav Ivanov en la moderna lite­ratura rusa, como dramaturgo y como poe­ta, el mérito original de haber fundido la cultura clásica con las corrientes decadentes y simbolistas que fueron características de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Fue primero profesor de lingüística com­parada en los Cursos superiores femeninos de Petersburgo, director después de un co­legio en Kiev y de un instituto en Peters­burgo, y finalmente del Instituto de Tsarskoe Selo, desde donde fue trasladado de nuevo a Petersburgo, como inspector, a consecuencia de su actitud con respecto a la revolución de 1905.

Su compleja natura­leza de poeta se manifiesta no solamente en sus recopilaciones de poesías líricas, Dul­ces canciones, El cofrecillo de ciprés (v.) y últimos versos, y en las tragedias, El filósofo Melanipo, El rey Ixión, Laodamia y Tamira citarista, sino también en los auto­res que tradujo: Horacio y Eurípides, entre los clásicos; Baudelaire, Verlaine y Rimbaud entre los modernos, y en sus colec­ciones de críticas, El libro de las reflexio­nes y El segundo libro de las reflexiones.

La poesía de Annenski se caracteriza por el llamado sistema de «correspondencias» o paralelos entre los estados de ánimo y el mundo cir­cundante, que en la misma época fue muy utilizado por los poetas simbolistas como Andrei Bely y A. Blok, y fuera del sim­bolismo, por A. P. Chejov en su teatro. De las cuatro tragedias, sólo una, Tamira cita­rista, en la que reaparece el tema del toca­dor de cítara que desafía presuntuosamente a las Musas, y vencido por ellas es casti­gado con la ceguera y la privación del don de la música, fue puesta en escena por el «Teatro de cámara» de Tairov en Moscú, en 1916.

«Acción» muy extraña, mitad tra­gedia y mitad «drama satírico», como la califica el poeta Ivanov, Tamira citarista fue una de las pocas tentativas teatralmente logradas del teatro simbolista.

E. Lo Gatto

Cecco Angiolieri

Nacido muy probable­mente en Siena, hacia el 1260, hijo de Angioliero degli Angiolieri; m. en 1313 o poco antes. En 1281, Cecco figuraba entre los combatientes sieneses contra Turri di Maremma, y pocos años después (1288), entre los sieneses aliados con los florentinos con­tra los de Arezzo.

Es posible que, precisa­mente bajo los muros de Arezzo, se encon­trara con Dante, con el cual realizó un inter­cambio de sonetos, aunque después surgie­ra entre ellos áspera disputa. Fue ciudadano y soldado indisciplinado, muchas veces multado por arbitrarias ausencias del ser­vicio militar y por violación del toque de queda; complicado en la agresión a un tal Dino da Monteluco, fue reconocido inocen­te.

Tuvo que alejarse de Siena primero en 1296, quizá por razones políticas, y no mu­cho después, también, en los primeros años del siglo XIV, cuando residía, según ates­tigua un soneto suyo, en Roma.

Se casó y tuvo hijos; pero no apartó de sí a aquella codiciosa y lenguaraz Becchina, hija de un «hábil curtidor», que debe considerarse psi­cológica y estilísticamente una anti-Beatriz, m de aquella otra hipotética mujer (entrambas aparecen en sus animados so­netos) que se pasaba regañando «da anzi di ’nfin al ciel stellato» («desde el amane­cer hasta la noche»).

Son todos éstos temas literarios que deben ser referidos, junta­mente con la lamentación por la pobreza, la exaltación del dinero y el odio contra su padre (los sonetos contra Min Zeppa, atribuidos a él, son de Meo dei Tolomei), a los ritmos goliárdicos y a la tradición jocosa medieval, de la que Cecco es uno de los más hábiles reelaboradores en las rápidas formas del soneto (v. Cancionero); pero pueden indicar también una condición bio­gráfica de disipación y de licencia, tal vez confirmada por la venta de una viña (1302) y por la renuncia de los hijos a la herencia paterna.

En esta acta de renuncia, que es de 1313, aparece nombrado Cecco por pri­mera vez como difunto.

M. Marti