Pietro Martire d’Anghiera

Nacido en Arona (de familia oriunda de la vecina Anghiera, hoy Angera) en 1459, m. en Gra­nada en 1526.

Habiéndose trasladado muy joven (por lo menos en 1478) a Roma, fue allí secretario del gobernador Francesco Negro, después del cardenal Ascanio Sforza y del también cardenal Giovanni Arcinboldo, y por último del embajador caste­llano conde de Tendilla, en el séquito del cual marchó en 1487 a España, donde tomó parte en la última campaña contra los mu­sulmanes. Su sólida cultura humanista y sus dotes personales le valieron la protección de los Reyes Católicos, quienes lo tuvieron como consejero.

En 1501 desempeñó una importante misión diplomática en Egipto, de la que hizo amplia relación. Viviendo en la corte y en contacto con los gober­nantes y con los más encumbrados perso­najes de España, tuvo la dicha de conocer oersonalmente a los navegantes y descu­bridores de su tiempo (Colón, Vespucio, Cabot, Magallanes, etc.) y de referir sus gestas en Décadas del Nuevo Mundo (v.) y en Opus epistolarum, trabajos que todavía hoy considera la crítica de primera impor­tancia para la historia de la geografía.

R. Caddeo

Auguste Angellier

Nacido en Dunkerque el 1.° de julio de 1848, m. en Boulogne-sur-mer el 28 de febrero de 1911. Enseñó literatura inglesa en la Facultad de Letras de Lille, primero como profesor adjunto (1874) y después como titular (1893); de 1897 a 1900 fue también decano de la mis­ma.

Sus obras principales son: Études sur la «Chanson de Roland» (1879), La vie et les oeuvres de Robert Bums (1892, en dos vols.), notabilísimo corno trabajo crítico y por las cualidades de su estilo. Escribió tam­bién Le chemin des saisons (1903) y una serie de diálogos e idilios inspirados en nobles ideales de vida social y civil: Dans la lumière antique (5 vols., 1905-11).

Su nombre está vinculado hoy de un modo especial a la colección lírica A la amiga perdida (v.) de 1896: un romance amoroso en sonetos irregulares, impregnado de una sugestiva dulzura de sentimientos y de una notable musicalidad. Una buena antología de sus obras figura en las Pages choisies: Prose et vers, publicadas bajo la dirección de E. Legouis (Oxford, 1908).

P. Raimondi

Lucio Livio Andrónico

Nacido quizá alre­dedor del 284 a. de C., m. hacia el 200; es el primer poeta latino conocido por nosotros.

Griego, de Tarento, fue llevado a Roma como esclavo, no se sabe en qué ocasión (o en el 272, todavía niño, cuando la guar­nición dejada por Pirro en Tarento se rin­dió a los romanos, o unos treinta años más tarde), fue manumitido después y tomó, como era costumbre, el nombre de su due­ño, un tal Livio Salinator.

En Roma enseñó letras griegas y latinas, fue actor y autor de «saturae» escénicas. Fue el primero que dio a conocer en Roma las obras maestras de la poesía griega. Para la traducción de la Odisea (v.), la más antigua obra de la literatura latina, Andrónico creó una lengua y un estilo poéticos, dio dignidad artística al verso popular latino, el saturnio, e inter­pretó con gusto y sentimiento romano el modelo griego.

Su ejemplo no fue olvidado, y hasta el comienzo de la época imperial la Odisea de Andrónico continuó siendo un texto clásico en las escuelas, aun cuando pare­ciera primitiva y prosaica. En el 240, Andrónico hizo representar, en lugar de la vieja «sa­tura», el primero de sus Dramas (v.) tradu­cidos del griego, para los cuales adoptó metros griegos: de esta fecha arranca la his­toria de la literatura latina.

Durante el período más crítico de la segunda guerra púnica, en el 207, Andrónico recibió el encargo de componer un himno propiciatorio, la más antigua composición lírica en lengua latina conocida por nosotros. De sus obras quedan escasísimos fragmentos, en total unas de­cenas de versos.

F. Codino

Angelo Angeli

Nacido en Tarcento (Friul) el 20 de agosto de 1864, m. en Florencia el 31 de mayo de 1931. Terminados los estu­dios universitarios en Padua y Bolonia, se licenció en ciencias en 1891. Pronto se se­ñaló como perspicaz estudioso de química orgánica con sus investigaciones sobre com­puestos orgánicos no saturados y sobre los alcanfores.

Fueron tales investigaciones en el campo de los compuestos del nitrógeno las que le llevaron, en 1896, al descubri­miento de la nitrohidrosilamina, en la que identificó un radical inestable: HNO, al que dio el nombre de «nitrosilo». Mientras tanto, fue llamado a la cátedra de química farmacéutica de la Universidad de Palermo, donde enseñó hasta 1905; en este mismo año pasaría a la misma cátedra de la Uni­versidad de Florencia, obteniendo a conti­nuación la más importante de química or­gánica.

A estos años de Florencia corres­ponden sus investigaciones más importan­tes, los compuestos azoados y los diazoados, así como sobre las sustancias orgánicas na­turales, como la santonina y la melanina. Su fama se extendió bien pronto más allá de las fronteras. Sus numerosas Memorias sobre los compuestos oxigenados (v.) fue­ron casi todas traducidas al alemán.

G. Preti

Andrés de Creta

Conocido también con el nombre de Andrés de Jerusalén, n. en Da­masco en 660, m. en Lesbos en 740. Su in­fancia está marcada por hechos prodigio­sos. Se cuenta, en efecto, que siendo mudo hasta la edad de siete años, le vino el habla durante su primera comunión.

Des­pués de una instrucción primaria, fue en­viado por sus padres a Jerusalén, donde, a la edad de quince años, vistió el hábito monacal en la iglesia del Santo Sepulcro. A continuación, fue enviado por el pa­triarca de Jerusalén a Constantinopla, jun­to al emperador bizantino Constantino IV Pogonato.

Hecho diácono de la iglesia de Santa Sofía, se distinguió por su doctrina y por su actividad, tanto que le fue dada la dirección del hospicio para viejos y del orfelinato. En algún momento había sido partidario del monotelismo; pero pronto cambió de opinión y volvió a la ortodoxia, distinguiéndose entre los defensores de la conservación de las imágenes durante la disputa iconoclasta que apareció por pri­mera vez bajo el reinado de León III el Isáurico, en 726.

En 712 fue nombrado ar­zobispo de Creta, y mostró gran celo en el desempeño de sus funciones. Sobresalió como orador sagrado en panegíricos inspi­rados en las victorias del helenismo bizan­tino contra sarracenos y búlgaros, y en las homilías dominicales; pero alcanzó su ma­yor fama como himnógrafo, y fue consi­derado inventor de la poesía de los «cáno­nes», himnos eclesiásticos formados general­mente por un número de odas que varía de tres a nueve, cada una de las cuales comprende trece o catorce troparios.

En 713 compuso el denominado Gran canon (v.), formado por 280 troparios y conside­rado como el más edificante de sus himnos, que aún es cantado hoy en las funciones de cuaresma por la Iglesia ortodoxa.

En 740, cuando su diócesis se veía afligida por las incursiones de los sarracenos y abru­mada por la carestía y la peste, Andrés deci­dió dirigirse a la capital para pedir socorro. Durante el viaje de regreso, en aguas de Lesbos, le sorprendió la muerte en la nave que lo conducía de nuevo a Creta.

B. Lavagnini