Filis, Égloga, Lope de Vega

El último poema que Lope de Vega preparó para la imprenta fue la égloga titulada Filis, égloga a la décima Musa, doña Bernarda Ferreira de la Cerda, señora portuguesa, Madrid, 1635. (Puede leerse en la «Biblioteca de Autores Españo­les», XXXVIII). En esta égloga refiere Lope — bien que alterando algún hecho — un su­ceso que le afectó extraordinariamente, tan­to que precipitó su muerte: el rapto de su hija Antonia Clara, habida de Marta de Ne­vares, por un joven cortesano llamado Teno­rio. Un contemporáneo ya escribía que Lope había muerto de pena «porque Tenorio le sacó una hija», y otro amigo, Juan Antonio de la Peña, autor de una Égloga elegiaca a la fama inmortal de fray Lope Félix de Vega Carpió (Madrid, 1635) alude —y no muy veladamente — a este suceso: «Tan mal su amada Filis respondía. / En abrojos tro­có las azucenas, / volvió en amargo llanto la alegría».

En la égloga cuenta Eliso, pas­tor (Lope), que Filis le fue dejada, cuando tenía sólo unos días, por el montañés Rosardo (Roque Hernández), de «Marbelia es­poso» (Marta de Nevares), aunque es bien sabido que Antonia Clara, Filis, era hija suya y no de Roque Hernández. Supersti­cioso aquí Lope de Vega como en otras églogas («Amarilis», por ejemplo), atribuye la huida de Filis a la primera leche que mamó, puesto que «Colgada al pecho de una sierpe fiera / Filis venía…».

 Antonia Clara, que había heredado de sus padres muchas gracias, incluso las poéticas, se perdió precisamente por ellas: «pues tantas gracias fueron el escollo / en cuyas peñas se rom­pió el navío». Ella acababa de cumplir die­cisiete años, y en cierta fiesta la oyó can­tar el «Tirsi, zagal del mayoral Felino» (Fe­lipe IV). Lope no creyó que la culpa fuese toda de su hija, sino de una vieja sirviente, convertida en tercera, que una tercera «el áspid más honesto y sordo encanta». El pastor Eliso, en fin, al volver una noche a su casa y llamar a Filis, no obtuvo res­puesta. Su dolor fue inmenso, como es de suponer, ya que Antonia Clara era el últi­mo amor de padre: «Filis, que el alma de mis ojos era». La Égloga, como sucede siem­pre con la lírica de Lope, abunda en esas notas delicadas, donde lo cotidiano adquiere transparencia poética: «Y muchas veces, ¡ay contraria estrella!, / ella escribía lo que yo dictaba, / que hasta el alma quería ha­blar por ella».

J. M. Blecua

Filípicas de Demóstenes

Con este título los doctos alejandrinos designaron cuatro discursos de Demóstenes (384-322 a. de C.), pronunciados a cierta distancia de tiempo, pero afines por su tema en cuanto todos se dirigen a promover una guerra total contra Filipo de Macedonia.

El primer discurso es del año 351, y contiene un plan de guerra detallado, que debía lle­var la ofensiva al país del enemigo y quitarle, finalmente, la iniciativa estratégica y política; la guerra duraba desde hacía seis años y los atenienses, con su inercia, habían llegado siempre demasiado tarde a todas partes. Además de solícitas decisiones, De­móstenes exigía que se enviasen no ejér­citos mercenarios, sino, en la medida de lo posible, tropas formadas por ciudadanos; además proponía un plan financiero deta­llado para facilitar las expediciones.

El se­gundo discurso fue pronunciado en 344-343: Atenas había sido obligada dos años antes a aceptar una paz que daba a Filipo el pre­dominio en la Grecia septentrional. Ahora se apoyaba en los descontentos del Pelopone- so para atacar a Esparta y, a través de ésta, a Atenas. Demóstenes se esfuerza en demos­trar que toda la actuación de Filipo ha sido desde el principio dirigida contra Atenas, la cual, por su pasado de protectora de la libertad griega y por sus fuerzas, es el ver­dadero obstáculo a las miras de conquista del rey macedonio. El análisis agudo de las acciones y de las intenciones de éste con­duce a la afirmación de la necesidad de actuar seriamente y a una vehemente con­denación de los partidarios de un acuerdo con Macedonia.

La tercera filípica (de la que se conservan dos redacciones, que al parecer se remontan ya al mismo Demóste­nes) es del año 341: la paz con Filipo se había roto a consecuencia de sus manejos contra las posesiones atenienses en el Quersoneso. Pero ahora era ya inminente el gol­pe último, que se produjo el año 338 en Queronea. La palabra de Demóstenes se ele­va ahora para contraponer la política íntimamente inmoral de Filipo a la que la tra­dición imponía a los griegos todos y, en particular, a los atenienses. Pero la elocuen­te evocación de las glorias pasadas contras­ta con la condenación del envilecimiento en que Grecia había caído: la inmoralidad que se había apoderado de las clases polí­ticas era una enfermedad de toda Grecia; como si fuera un presagio del porvenir, el orador se deja llevar a pronunciar amargas palabras sobre su temor de que la corrup­ción de los griegos sea debida a un demonio que los arrastra al precipio. Y, sin em­bargo, no hay otro camino a indicar a los atenienses: «mil veces mejor la muerte que envilecerse halagando a Filipo». En este discurso, severo y elevado, se revela por entero la moralidad de la política y de la elocuencia del gran orador.

La cuarta fi­lípica, que es un centón de varios discursos de Demóstenes, presenta, sin embargo, indudables caracteres de autenticidad: se ha pensado que no fue pronunciada jamás, sino que se difundió por escrito, no con un pro­pósito ocasional, sino para mantener des­pierto el espíritu antimacedónico en Ate­nas. Si las cuatro filípicas presentan, por la distinta situación en que fueron escritas, muchas diferencias de argumento y de tono, tienen, sin embargo, en común los mejores caracteres de la obra de Demóstenes, tanto desde el punto de vista artístico como desde el punto de vista político. El análisis que el orador hace cada vez de la actuación de Filipo es siempre agudísimo; aun a tra­vés de la condenación de sus métodos y de sus fines resulta claramente visible la ad­miración de Demóstenes por la incansable actividad, la habilidad diplomática y gue­rrera, y la audacia de sus proyectos y rea­lizaciones. Es segura su intuición sobre las cosas relativas a la guerra: algunas de sus observaciones acerca del modo anticuado de guerrear los griegos frente a los métodos modernos de Filipo (el cual hacía la guerra total y no se dejaba arrebatar jamás la ini­ciativa estratégica) asombran por su justeza y todavía hoy tienen un indudable sabor de actualidad.

Pero, sobre todo, es evidente, en todas las Filípicas, la pasión con que De­móstenes intenta sacudir la apatía de sus conciudadanos. Satiriza su ejército de mer­cenarios, que llama «epistolares», porque sólo trabajan en redactar cartas dando cuen­ta de sus actos a los generales; se burla de los magistrados, que en lugar de ir a la guerra se quedan celebrando fiestas reli­giosas; parangona la estrategia de los ate­nienses, que no son capaces de otra cosa que de parar como pueden los golpes de Filipo, a la defensa de los luchadores bár­baros («cuando uno de ellos recibe un gol­pe, en seguida se lleva la mano al punto herido; y cuando recibe otro en otro punto, las manos corren en seguida hacia allá; pero no sabe pararlos o preverlos»); cari­caturiza a los atenienses que andan ociosos, preguntándose por las novedades del día, como si no fuera novedad suficiente la no­ticia de que un macedonio está en guerra con Atenas. Las Filípicas atestiguan el ele­vado valor moral de la obra de Demóstenes, donde resuena siempre, como una adverten­cia, la voz de la tradición ateniense de he­gemonía y libertad. No se puede culpar a Demóstenes por no haber secundado el pro­ceso histórico que llevaba a Grecia hacia la unidad; para los griegos, esta unidad era esclavitud: la unidad que predicaba De­móstenes era muy otra, cuando empujaba a Atenas a reanudar la guerra contra los bár­baros en favor de todos los griegos. [La primera versión completa de las Filípicas de Demóstenes es la de Marcial Busquets (Barcelona, 1855) traducida de la francesa de M. Tourreil. Existe una versión directa del griego en el volumen Discursos de De­móstenes y Esquines (Madrid, 1881). La pri­mera Filípica ha sido editada y traducida por F. Aparicio, S. J. (Cádiz, 1943)].

A. Passerini

Demóstenes es, con mucho, el mejor de los oradores, y fue considerado, por decirlo así, como la norma misma de la elocuencia; tanta es en él la fuerza, la plenitud, y hasta tal punto sus expresiones son apropiadas y en cierto modo nerviosas, que nada defec­tuoso, nada redundante, se puede encontrar en ellas. (Quintiliano)

*         En recuerdo y a imitación de los discursos de Demóstenes se llamaron también Filípicas [Philippicae orationes] a los Catorce discursos contra Marco Antonio [In M. Antonium Orationes XIV], los últimos Discursos (v.) compuestos por Cicerón (106-43 a. de C.) entre los años 44 y 43.

En la primera, Cicerón advierte a Antonio, ausente, una mayor moderación para con el Senado. Antonio, irritado, se lanza en el Senado contra Cicerón, que se había quedado en Puzzoli preparando la respuesta; efectivamente, en la segunda filípica, no pronunciada, pero sí publicada, se ponen de manifiesto la vida y las intenciones malévolas de Antonio, que ahora, una vez abandonada Roma, combate contra Decio Bruto. En la tercera, augura la victoria a Bruto y saluda a Octavio como libertador. En la cuarta comunica al pueblo la decisión tomada por el Senado de oponerse a Antonio. En la quinta informa sobre la situación militar, de acuerdo con la relación de los dos cón­sules Hircio y Pansa. En la sexta, hablando al pueblo, lo pone al corriente de las nego­ciaciones de paz que existen entre tres em­bajadores y Antonio, pero en la séptima se pronuncia contra cualquier paz, y en la octava insiste en la necesidad de continuar la guerra. En la novena propone honores fúnebres para uno de los embajadores que fueron a negociar con Antonio y que murió durante su misión. En la décima y la un­décima se pronuncia a favor de Marco Bru­to y Casio, porque se les conserven las pro­vincias orientales, que Antonio y Dolabela reclamaban para sí. En la duodécima, in­forma de las nuevas negociaciones de paz con Antonio, que no dan ningún resul­tado. En la décimotercera demuestra, con una carta de Antonio, que con un tal ene­migo de la patria, no es posible llegar a una paz. En la décimocuarta, llega la noticia de que Antonio ha sido derrotado en Módena; Cicerón ordena una fiesta en acción de gracias y un monumento en honor de los caídos.

Pero la felicidad de Cicerón durará poco, porque, muertos Hircio y Pansa, An­tonio formará con Octavio y Lépido el se­gundo triunvirato y mandará matar al ora­dor por sus sicarios. La grande, pero desdi­chada, reincorporación de Cicerón a la vida política con las Filípicas, sitúa al escritor nuevamente a la cabeza del partido senato­rial, como en tiempos de Catilina, pero esta segunda y última vez pesaba sobre el de­fensor de la república romana agonizante el sacrilegio de la muerte de César. La idea nueva y revolucionaria, aunque personifi­cada de momento por un hombre indigno, que demostrará luego cada vez más su me­galomanía, está destinada a consolidarse; Antonio desaparecerá lentamente de la es­cena política romana para dar paso al jo­ven Octavio, en el cual el mismo Cicerón tenía cifradas entusiastas esperanzas, pero en vano, porque el segundo triunvirato lo arrastró con sus proscripciones y las inevitables víctimas. Los catorce discursos son de extensión desigual y de diverso valor estilístico; los más merecidamente famosos son los dos primeros, escritos cuando An­tonio no se había declarado todavía ene­migo del Senado. [Trad. castellana por Juan Bautista Calvo en Obras completas, tomo XVII (Madrid, 1901)].

F. Della Corte

Filipo, Isócrates

Isócrates (436-338 a. de C.) había sostenido en todos sus escritos la necesidad de una unión de todas las po­tencias griegas para hacer la guerra a los persas. La tradición imponía este camino para salir del espacio restringido en que se ahogaba el helenismo. Desde el principio, Isócrates había esperado que semejante em­presa podría lograrse por medio de una he­gemonía ateniense (v. Panegírico), pero el obstinado particularismo y las continuas guerras fratricidas de las ciudades griegas le habían desengañado, y ahora ya sólo es­peraba poder ver realizado su sueño gracias a un fuerte poder monárquico. Y, después de haber pensado en Jasón de Feres y Dio­nisio I de Siracusa, se fijó en Filipo II de Macedonia, que en pocos años de actividad incansable había logrado engrandecer su modesto reino hereditario y afirmarse enér­gicamente incluso en el mundo griego: en 346, Atenas había tenido que concluir con él una paz en la que reconocía todas sus conquistas. Entonces, mientras Demóstenes iniciaba la campaña oratoria para la pre­paración de una nueva guerra (v. Filípicas), el anciano Isócrates dirigía a Filipo un lar­go escrito, en que le invitaba a ponerse al frente de los griegos en una especie de cru­zada contra los persas.

El tema está tratado con la abundancia, incluso estilística, pro­pia de la manera retórica isocrática. Empieza con la demostración de la necesidad de apaciguar la hostilidad existente entre las más importantes ciudades griegas, lo cual, según Isócrates, era fácil, como lo de­mostraba con un análisis de la situación de cada ciudad y con los antecedentes históri­cos de Alcibíades, Conon y Dionisio de Si­racusa. Sigue la demostración de la faci­lidad de la guerra contra Persia, dada la gran debilidad de este Imperio. Finalmente, la tercera parte del discurso expone los motivos que deben convencer a Filipo: so­bre todo debe, como descendiente que es de Heracles, favorecer a los griegos (los macedonios, para Isócrates y para todos los griegos, eran bárbaros, pero la familia real procedía de Argos); la conquista del reino de Persia, o, por lo menos, del Asia Menor, permitiría la fundación de muchas ciuda­des y la colocación de la turba de proleta­rios que con su miseria alimentaban en Grecia la lucha de clases y las contiendas políticas.

El Filipo es indudablemente uno de los escritos más interesantes de Isócra­tes, tanto porque demuestra la existencia de profundas corrientes panhelénicas en aquellos tiempos tan atormentados, como por el esfuerzo cumplido por el viejo maestro de retórica para conservarse en el terreno de la realidad. La mitología tiene en esta obra una parte menor que en las demás de Isócrates, y abundan en cambio las obser­vaciones realistas sobre las necesidades so­ciales y económicas de Grecia. Isócrates parece presentir aquí y ayudar con su pro­paganda el curso inexorable de la historia, que preparaba la unidad griega por obra de Macedonia. Pero no era precisamente ésta la unidad anhelada por Isócrates. El programa antipersa esbozado por él, más que la construcción de una mentalidad abierta a las voces del porvenir, aparece como el sueño de un erudito que mira al pasado, y no autoriza para considerar a Isó­crates por encima de Demóstenes.

A. Passerini

Filípicas, Alessandro Tassoni

Análoga intención moral e igual título de Filípicas tienen dos discursos políticos del escritor italiano Alessandro Tassoni (1-565-1635), impresos clandestinamente en­tre fines del año 1614 y principios de 1615. La crítica es casi unánime en la atribu­ción de su paternidad a Tassoni, a pesar de que éste, probablemente por miedo a las venganzas, negó con juramento haberlas es­crito. En la primera de estas filípicas, el autor se dirige a los príncipes y señores italianos, de quienes espera que las cruces y los títulos con que España compra su es­clavitud no habrán apagado completamente el ánimo generoso que un día les hizo do­minar el mundo. Les exhorta a no abando­nar a Carlos Manuel I de Saboya, que ha desenvainado su espada contra España para sostener la causa de la libertad y de la dignidad. Por otra parte, no hay que dar fe ni a las amenazas ni a las promesas de España. Vivísima es la pintura de los espa­ñoles, que el autor ve «con su bastón y a pie, sin zapatos» regresar de aquella guerra a la que fueron, arrogantes, con la espe­ranza de hacerse ricos.

Y el discurso ter­mina exhortando a los italianos a oponerse al último esfuerzo de la potencia enemiga y haciendo brillar la esperanza de la su­blevación de Lombardía y Nápoles. En la segunda filípica, el autor, alentado por los recientes éxitos del Duque, continúa con una rápida y sarcástica descripción de Es­paña, con sus tierras desoladas y despo­bladas; y, después de examinar a fondo la posición de Carlos Manuel respecto a ella, para absolverlo de toda mancha de ingra­titud, concluye: «este monstruoso cíclope del imperio español no tiene más ojo que el de Italia, que le da luz». Estos dos dis­cursos (que en la impresión de 1615 iban seguidos de otros cinco de autor descono­cido, semejantes en tema pero muy infe­riores en factura) no son únicamente uno de los documentos más significativos de aquella vasta literatura antiespañola que tuvo su centro en Turín y ecos en toda Italia. Figuran también entre los mejores textos de la oratoria política italiana, cáli­dos y coloridos, no encerrados en los rígidos esquemas de la escolástica, sino desarrollándose sencillamente en los lógicos pasa­jes de un discurso hablado, lleno de mesura y persuasión.

E. C. Valla

Fihrist, al-Nadim

Con este título (literalmente: «índice, catálogo») es conocida una obra bibliográfico histórica en árabe, compuesta en 988 y probablemente en el Irak, por un cierto al-Nadim (o Ibn al-Nadlm), sobre el que no se tiene ninguna otra noticia cierta. Se trata de una sistemática reseña bibliográfica, dividida en 10 partes, de to­dos los libros, originales o traducidos al árabe, conocidos por el autor, que versan sobre toda clase de materias: gramática y poesía, teología y derecho, literatura y filo­sofía, religión y magia. En su mayor parte se trata de obras hoy perdidas, y que nos dan idea de la activa producción científica y literaria árabe en los primeros tres siglos del Islam. Pero la importancia del Fihrist es debida al hecho de que no se trata de un mero índice de títulos, sino de una co­lección de datos biográficos sobre muchos de los autores, y de preciosos panoramas históricos, literarios, religiosos en las dis­tintas secciones de su reseña. Importantísi­mos datos sobre sectas orientales, por ejem­plo el maniqueísmo, se han conservado por este camino. La presencia de dichos pano­ramas hace poco verosímil la hipótesis de que el Fihrist no es más que el catálogo de una biblioteca; lo hace considerar más bien como una obra de consulta histórico cultural.

F. Gabrieli