Filosofía de la Filosofía, Wilhelm Dilthey

[Philosophie der Philosophie]. La idea de una «filosofía de la filosofía» o de una «doctrina de las concepciones del mundo» va unida al nombre de Wilhelm Dilthey (1833-1911), historiador y filósofo alemán. Encontramos un esbozo de ella en el octavo volumen de sus obras completas [Gesammelte Schriften, Leipzig, 1923], que comprende también los ensayos La esencia de la filosofía y Las formas de las intuiciones del mundo y pre­sentimientos y sugestiones diseminados por todas sus obras, principalmente en la In­troducción a las ciencias del espíritu (v.) y en el Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII (v.). Dilthey, mientras imagina­ba una transposición metódica de las in­tuiciones del arte y del sentido religioso a la filosofía, que las generaliza y eleva a una «validez universal», mantenía intac­to, o casi intacto, el esquema kantiano de la antítesis de la razón consigo misma. En la Crítica de la razón pura (v.), Kant pre­senta la indisoluble alternativa del pensa­miento, en conflicto con las antinomias cosmológicas: eternidad de mundo o crea­ción, libertad o determinismo, posibilidad causal o imposibilidad de las substancias simples, etc.

Dilthey ilustra históricamente este conflicto, mostrándonos su invencible persistencia. «La filosofía ha de convertirse en objeto de sí misma como hecho histórico humano». Hasta ahora ha estado disuelta en la historia de la civilización y del espí­ritu humano, del que constituye una di­rección permanente, ya que ella surge co­mo transcripción e individualización simbó­lica de imágenes cósmicas que lentamente se van destacando del dogma y del mito. El procedimiento seguido por Dilthey en la elaboración de esta «doctrina de las con­cepciones del mundo» [«Weltanschaungslehre»] consiste en mostrar cómo todas las «dialécticas» o ciencias del ser no son sino extensiones y generalizaciones de los cono­cimientos científicos, de ideas cosmológicas, de artículos de fe religiosos o morales. Es por tanto posible establecer una relación de filiación permanente entre la poesía y cosmogonía religiosas y la especulación. Poesía y cosmogonía religiosas han sido las incubadoras de toda gran filosofía. Pero estas concepciones del mundo no son con­ciliables entre sí. No es posible imaginarlas ilimitadas. «Conocimiento de la realidad se­gún las relaciones causales, apreciación del valor, significado y sentido, y la posición voluntaria que encierra en sí el fin de la acción y la regla para regular el querer; nosotros podemos afirmar el mundo en fun­ción de una de estas categorías».

Mirando ora al infinito, a la libertad del yo, o a la Naturaleza causalmente determinada, el es­píritu humano ha creado los tres sistemas fundamentales: idealismo objetivo, idealis­mo subjetivo o de la libertad y empirismo. El idealismo objetivo, que se funda en una posición del espíritu contemplativo y esté­tico que aspira a encontrar en el universo «sentido, significado y coordinación racio­nal», abraza una familia de espíritus que va desde Platón, los estoicos, Plotino, pa­sando por Giordano Bruno y Spinoza, hasta Schelling y Hegel. El «idealismo de la li­bertad» agrupa el complejo de doctrinas que dirige su atención a la espontaneidad del querer como a un hecho primario e insuprimible: sus mayores intérpretes son Só­crates, los estoicos romanos, los filósofos voluntaristas cristianos, Descartes y, en los tiempos modernos, Kant, Fichte y Maine de Biran. En cuanto al Empirismo o Naturalis­mo, el alma de esta clase de sistemas es la subordinación de los hechos psíquicos al mecanismo natural y el considerarlos como insignificante interpolación de los hechos físicos: desde Epicuro a Carnéades, desde Ockham a Hobbes, Hume, Augusto Comte y Spencer, se extiende otra gran familia de espíritus, para los que el interés principal es el estudio inmediato del Universo, que surge de la propia subordinación al saber matemático.

Los tres tipos de concepciones del mundo constituyen, por tanto, actitudes perennes de la razón humana. Siendo pe­renne el conflicto de la razón consigo mis­ma, perenne será el antagonismo que contrapone entre sí el mecanicismo, el idea­lismo de la libertad y el idealismo objetivo. Cada una de estas posiciones expresa uno de los sistemas de relaciones que el sujeto puede tener con el mundo. Cada una está determinada por una lógica interior, fuera de la cual desaparece todo prestigio y todo significado, y por tanto ninguna de ellas es susceptible de someterse a un progresivo avance de la verdad según la fórmula tan querida por Hegel.

L. Giusso

Filosofía de la Existencia, Karl Jaspers

[Existenzphilosophie]. Obra en alemán de Karl Jaspers (n. 1883), publicada en 1938, e inte­grada por tres conferencias dadas en Francfort por el autor, que es el más típico re­presentante de la «filosofía de la existencia» contemporánea. Se refiere a la crisis de la conciencia actual, en la cual el valor de la personalidad individual parece estrellarse en la dialéctica del devenir histórico. Jas­pers pertenece al grupo de filósofos existencialistas (Nietzsche, Kierkegaard, Heidegger) que, partiendo de la dialéctica de Hegel, orientan sus especulaciones sobre el problema de la vida, para sacar a la luz su esencia profunda, inaprehensible en sus elementos irracionales y en sus antinomias. El existencialismo de Jaspers es esencial­mente religioso: la experiencia de la Tras­cendencia (entendida como frontera de la especulación), lleva al pensamiento a nau­fragar en el infinito y a sentirse, aislado en sus elucubraciones, como una inútil y vana limitación. Con Hegel, el problema de la individualidad parecía haberse resuelto, una vez para siempre, en el gran «logos» universal, según el gran principio de que «todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real».

En Jaspers la antí­tesis hegeliana, que en la tríada dialéctica se resolvía en la síntesis, se representa con toda su crudeza: el individuo no encuentra, en el devenir histórico del universo, la con­ciencia de la propia función; el misterioso anhelo de la personalidad individual, no se disuelve en la vida del Todo; la soledad de la conciencia particular lleva consigo mis­ma un destino que incide, pero que no se resuelve en el mismo destino del mundo. Jaspers quiere empujar al idealismo alemán hasta su inevitable naufragio, para experi­mentar en el naufragio la necesidad de una vuelta al misterio de la Trascendencia que Hegel había negado. Él va más allá de Nietzsche y de Kierkegaard, los cuales, uno con su superhombre rebelde, y el otro con su experiencia religiosa, han sostenido la irracionalidad del ser vivo contra el «racionalismo» hegeliano. Para Jaspers, la filo­sofía no sólo debe destruir, sino también construir; debe descifrar y expresar — en forma de comunicación — el significado de aquella Existencia y Trascendencia que Nietzsche y Kierkegaard solamente indica­ron. Tres son, pues, los temas de la obra: el pensamiento, que, intentando resolver el misterio divino, naufraga, el sentido de la existencia y el sentido de la trascendencia. La vida humana es «comprensividad infini­ta»; por más vasto que sea el horizonte especulativo que nuestro pensamiento ha crea­do para sí mismo, todo horizonte está a su vez circunscrito en otro más vasto. El pro­pio pensamiento tiene conciencia de que todos sus actos son limitados frente a la infinita profundidad de la noche; pero pre­cisamente en este naufragio del pensamien­to, el yo adquiere conciencia de la tras­cendencia, que nos habla a través de un lenguaje cifrado, que se revela en la ín­tima comunicación de las infinitas indivi­dualidades.

Así, la existencia del ser con­tingente («Dasein») se aclara sólo frente a la trascendencia, porque descubre que sólo entrando en comunicación con las infinitas verdades del mundo, puede ella captar el sentido de la verdad existencial. Por esta posición del yo frente al todo brota la im­portancia de la Filosofía, la cual debe ser el medio práctico y eficaz para dar a la conciencia particular la conciencia de su valor, frente a lo trascendente, de la cual la realidad natural es sólo un símbolo, y para empujarlo a una cada vez más profunda comunicación en que toda existencia se limita y se aclara frente a las otras. El pensamiento complejo y simbólico de Jas­pers es la última expresión de la filosofía alemana contemporánea.

O. Abate

Filosofía de la Estadística, Melchiorre Gioia

[Filosofia della statistica]. Obra de Melchiorre Gioia (1767-1829), publicada en 1826. Gioia, comprendiendo en el campo de la estadísti­ca muchas más cosas de las que hoy se incluyen en él, traza en realidad un com­pendio de todas las noticias que pueden interesar para el conocimiento completo de un país. Empieza con un «Discurso elemen­tal» sobre la índole, la extensión y las ventajas de la estadística, en el cual se da el plan del libro, que aborda los siguientes temas: situación astronómica, situación sanitaria, física, comercial-militar, adminis­trativa; la forma, la extensión, la natura­leza del suelo (orografía e hidrografía), el influjo de los vientos en la navegación, la topografía atmosférica y variaciones de la temperatura, el estado higrométrico, baro­métrico y anemométrico, con sus efectos sobre el hombre y las variaciones que los elementos topográficos tienen sobre las le­yes y los reglamentos. A esta primera parte titulada «Topografía», sigue la que tiene por tema la «Población». En ella, después de examinados los efectos de los elementos topográficos sobre la población, se indican los puntos que hoy forman parte de la de­mografía. En la parte tercera se examinan las «Producciones» (caza, pesca, minas; lue­go, la agricultura, siempre en relación con los elementos topográficos). Demostrada la importancia del conocimiento del estado agrario, Gioia indica los síntomas de la fer­tilidad de las tierras, de la calidad y can­tidad de los productos, de la calidad de los terrenos, de los arrendamientos, de los gastos, de los impuestos, de las variaciones de valor de las propiedades.

Trata después de los bosques y de su estimación; de los animales domésticos y de los productos animales; y también de la importancia de las opiniones y de las leyes en el estado de la agricultura. En la parte cuarta, estudia la influencia de los elementos topográficos so­bre las profesiones y oficios: para qué usos administrativos sirve el conocimiento del estado de las profesiones; dicta normas para medir la actividad y la industria en las profesiones y oficios, y repite, poco más o menos, el camino recorrido por la agricul­tura. En la parte quinta estudia con el mis­mo método la influencia de los elementos topográficos sobre el comercio, y se indican todas las circunstancias que influyen sobre éste y los síntomas de la prosperidad co­mercial. En la parte sexta, la influencia de los elementos topográficos sobre la auto­ridad pública, la formación de las leyes, los síntomas de la buena y de la mala ad­ministración, cada una de las actividades administrativas (vigilancia pública). La par­te séptima estudia la influencia de los ele­mentos topográficos sobre los hábitos (inte­lectuales, económicos, morales), el estado de las costumbres, los resultados, o sea, la pobreza y riqueza; cuáles son los síntomas de éstas, la influencia de las opiniones, de las leyes, del gobierno, o sea, la influencia de las causas morales sobre las costumbres, y termina con los cuadros sinópticos de las partes u objetos de la estadística y con dos cuadros sinópticos que presentan como en un espejo el contenido de la obra.

El vasto propósito de esta obra en relación con la actividad de Gioia, tanto en el campo científico por sus publicaciones descriptivas de la economía de las diferentes regiones, como en el práctico, por la dirección de la oficina de estadística que él regía, le valió una áspera polémica con Tomassia, que reducía a límites más restringidos el fin de la estadística. Aunque a este propósito el desenvolvimiento ulterior de la estadística haya dado la razón a Tomassia, la fuerza de Gioia por sus cualidades de escritor ha eclipsado el nombre de Tomassia; la Filo­sofía de la estadística queda como testimo­nio de su vasta ciencia.

M. Venturini

Filosofía de la Elocuencia, Antonio de Capmany y de Montpalau

Es el título que a su Retórica dió don Antonio de Capmany y de Montpalau (1742- 1813). Fundamentalmente se trata de una exposición y análisis de las formas orato­rias. La obra está llena de aforismos y observaciones semejantes a las de Hutcheson y de los tratadistas de la escuela esco­cesa. Esta obra constituye una muestra im­portante de la llamada «escuela catalana». El psicologismo es la base de la exposición del autor: «El alma debe considerar en lo que la deleita o sorprende la razón y causa de lo que siente, y entonces los progresos de este examen acrisolan y perfeccionan lo que llamamos gusto». La perfección no pro­viene de la imitación de un solo modelo, sino de varios, cada uno de los cuales ten­drá una posible perfección. Los fundamen­tos o principios de la obra de arte están en su «grandeza» y en su «verdad» (en esto coincide con Luzán y Muratori). Por lo tanto, el orador deberá elegir asuntos no­bles, dignos y grandes, como objeto de su parlamento. Pasa luego a considerar el au­tor las facultades estéticas, que son tres: sabiduría, imaginación y gusto. Sabiduría es el «discernimiento para elegir lo mejor, el recto sentido». Imaginación es la «com­binación o reunión nueva de imágenes que correspondan o se conformen con el efecto que queremos excitar en los demás». Toda idea, incluso la más abstracta, debe ser ex­presada en imágenes.

Las posibilidades de la imaginación y de la expresión no están aún agotadas; en esto coincide con el Padre Feijóo en la idea de que los antiguos no lo agotaron todo. La tercera facultad, el gusto, es el «recto juicio de lo perfecto o imperfecto en todas las artes». Dice que el gusto es como un «tacto intelectual», que, perfeccionado y educado, puede convertirse en «buen gusto». Tanto en la exposición de la facultad de la imaginación como en esta del gusto, aparece manifiesta una tendencia a la plasticidad. Contra las doctrinas que privaban en su época, Capmany no cree que exista una norma general reguladora del buen gusto y aplicable a todas las artes, sino sólo algunos principios generales dic­tados por la recta razón. Y no sólo en esto se separa de las corrientes de su tiempo, sino también al admitir que en la esencia del arte hay algo misterioso, algo que escapa a los límites y normas, pero que se manifiesta en los hombres de «alto ingenio». A este algo misterioso, incontrolable, que existe por encima de las tres facultades enunciadas, lo llama él el «numen» o «in­genio»: «Ingenio significa aquella virtud del ánimo y natural disposición nacida con nosotros mismos, y no adquirida por arte o industria, la cual nos hace hábiles para empresas extraordinarias y para el descu­brimiento de cosas altas y secretas». El que no posea este don, esta «lumbre celeste», será siempre un imitador.

Es interesante señalar cuánto insiste Capmany en la im­portancia de esta facultad y don en un mo­mento en que imperan los principios limi­tadores del neoclasicismo. Capmany llega a hablar de este «ingenio» con fervor casi místico, lo llama «espíritu agente», «demo­nio socrático», «luz misteriosa y oculta», algo divino, en fin, que domina y arrebata al artista más allá de lo que hace prever el uso normal de las facultades. Pese a su valor y significación, este tratado de Cap­many a veces es algo vago e impreciso y no distingue suficientemente — como advier­te Menéndez Pelayo — lo que sea el senti­miento de lo que sea el gusto, la sabiduría o el juicio. Capmany publicó su obra en 1787 y la volvió a editar en Londres en 1812, con importantes correcciones y variaciones, que, con todo, no afectan a la substancia de la obra.

La Filosofía de la Cultura y el Materialismo Histórico, Antonio Caso

Obra del pensador mejicano Antonio Caso (1883- 1946), publicada en 1936, y que contribuyó, como gran parte del resto de su producción, a combatir la filosofía positivista mejicana y a difundir por las aulas las nuevas ver­dades. Integran este libro los cuatro ensa­yos siguientes: «La discusión del materia­lismo histórico», «El materialismo y los hechos psicológicos», «La cultura universi­taria y el materialismo histórico», «La de­clinación de la cultura». El pensamiento de Caso, en orden a la tesis sustentada en esta obra, se concentra en las palabras siguien­tes, con las que finaliza el primero de los ensayos citados: «Marx se atrevió a poner a los pegasos de Platón y de Hegel el tosco freno de su ‘materialismo histórico; mas las nobles cabalgaduras mitológicas sienten ya que una mano interesada quería gobernarlas, y, conscientes de su raza, arrojan lejos de sí al jinete advenedizo que soñó domeñarlas, sin ser, como aquellos ilustres filósofos, morador del Olimpo. Así pasará siempre que algún materialista pretenda servirse del idealismo; porque la dialéctica es el método genuino del pensamiento puro, no la obra de quienes sustituyen a la jus­ticia, la guerra, a la idea, la materia y al dúctil determinismo de la razón, la fatal coacción de la fuerza». La obra de Caso — según García Máynez — «debe considerarse comprendida dentro de la corriente espiritual que se conoce con el nombre de ‘filosofía de la vida, de la intuición y de la acción’. Filosofía de la vida: en cuanto enseña que es la existencia el valor supre­mo, ya que representa el supuesto para la realización de los más altos ideales. Filo­sofía de la intuición: en cuanto afirma que sólo la intuición nos pone en contacto in­mediato con la realidad concreta. Filosofía de la acción, en cuanto sostiene que en el mundo estamos para obrar».

A. Millares Carlo

No hay una teoría, una afirmación o una duda que él, Caso, no haya hecho suyas siquiera un instante, para penetrarlas con aquel íntimo conocimiento que es el amor intelectual. La historia de la filosofía, él ha querido y sabido vivirla. Con tal expe­riencia de las ideas, y el vigor lógico que las organiza, su cátedra sería, más tarde, el orgullo de nuestro mundo universitario. Su elocuencia, su eficacia mental, su natu­raleza irresistible lo convirtieron en el di­rector público de la juventud. (A. Reyes)