El Fuego, Gabriele D’Annunzio

[Il fuoco]. Primera y única de las Novelas del granado (v.) de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicada en 1908. Como el granado del subtítulo es símbolo de abundancia, de realeza y de alegría, así el título alude al poder destructor y crea­dor y a la indomabilidad del fuego. Todos ellos símbolos del Superhombre, según la doctrina presentada primeramente en el Triunfo de la muerte (v.); pero que no quiere, como entonces, ser a lo sumo una levadura para las otras y contradictorias cualidades del Superhombre, y tampoco, como en las Vírgenes de las rocas (v.), se contenta con aislarlo en el desprecio de los otros hombres, que también es una forma de renunciación. En las primeras páginas del Fuego, Stelio Éffrena (v.), el protago­nista, se expresa con palabras que son una condena contra el dolor «de haber nacido demasiado tarde o demasiado pronto», el mismo dolor del protagonista de las Vírge­nes de las rocas. El Fuego es, por excelen­cia, la novela del Dominador que ignora límites y cadenas, aunque sean los del hu­mano dolor: «crear con goce» es su lema, puesto que (proyección y amplificación del mismo D’Annunzio) se trata de un poeta y músico glorioso, al que sirve de estímulo continuo la presencia, en la ciudad donde vive, de un enorme artista triunfador, el viejo Wagner.

Y la misma ciudad, Venecia, sentida como ciudad lujuriosa, otoñal y real — un poco en el clima del Sueño de un ocaso de otoño (v.) —, exalta sus pensa­mientos de voluptuosidad y de gloria, que también en el Fuego como en la Gloria (v.)t son una misma cosa; igualmente los exalta la mujer amada, Foscarina (v.), grande y célebre artista dramática (en la que se puede reconocer a la Duse), con la entrega que de sí misma le hace, precisamente por los impuros deseos de innumerables multi­tudes que él ve en ella, por su pasado de amores errantes, por su edad ya no joven, no menos que por la devoción con que le ama, hasta sacrificarle al final el propio amor antes de que se convierta en un peso para él. Claro está que la experiencia anti psicológica y deshumanizada de las Vírgenes de las rocas no podía haber resultado in­útil; y se advierte en el estilo, que si ya no tiende a la estilización prerrafaelista, rehúsa de la misma manera la forma natu­ralista y psicológica de las primeras nove­las para entonarse con una continua exaltación. Se define al poeta Stelio Éffrena como el «Imaginifico»; nunca, en efecto, las analogías se multiplicaron de tal manera en D’Annunzio, sino en el que será el poema, en versos, del Superhombre, la Laus vitae (v.), como en esta novela (y de la Laus vitae, como antes Las Vírgenes de las rocas, anticipa puntualmente unos lugares). Pero precisamente aquí están los defectos de la novela, su engañosa perfección que es va­cuidad; el lirismo siempre exaltado se ad­vierte como un método, por debajo del cual la falsilla descriptiva a menudo permanece a ras de tierra, mientras el lirismo se aplica inútilmente a disolverla. Análogamente por cuanto se atiene más de cerca al Super­hombre, sobre todo en los discursos de arte, de una vacuidad casi cómica; es notable en esta parte la interpretación auténtica que D’Annunzio ofrece de la Ciudad muerta (v.) que figura ser la obra en que trabaja Stelio Éffrena, La Victoria del Hombre; in­terpretación que tiene su eje central en el crimen del incestuoso hermano, como vic­toria sobrehumana sobre su pasión.

Pero, una vez más, la verdadera poesía de la no­vela se halla en los pasajes melancólicos, elegiacos e idílicos: sobre todo en la figura patética de la mujer amante, en los celos que la hieren, en el sentimiento de la pro­pia edad junto al hombre joven y ardiente, en la piedad de él y de sí misma que por fin la abate; y en los paisajes y episodios que comentan aquella melancolía, aquella desesperación y aquella gracia, el sol de noviembre, la laguna, las estatuas del Brenta, San Francisco, al laberinto de Strá, la calle de Murano. Este tema se relaciona con el del Superhombre: en realidad, tanto más es Superhombre Stelio Éffrena, cuanto más grande es el dolor de quien por él se sa­crifica; pero al representar a la mujer, las tonalidades exaltadoras y sobrehumanas (fuera de los momentos en que también ella es Superhembra, como la Pantea del Sueño de un ocaso de otoño) le comunican solamente un ardor desesperado, una embriaguez de sacrificio y, en suma, un nuevo modo devorador de aquella mortal volup­tuosidad que desde el San Pantaleón (v.) en adelante es la musa perenne de D’An­nunzio.

E. De Michelis

El Fuego. Diario de una escuadra, Henri Barbusse

[Le feu Journal d’une escouade]. Escrito en 1916, este libro de Henri Barbusse (1873- 1935) se impuso en seguida como el primer libro de guerra franca y crudamente «mo­derno»; obtuvo el premio Goncourt y dió gran popularidad al autor del Infierno (v.). Se trata de un libro de guerra, pensado y escrito según los principios más rigurosos del «naturalismo»; un libro en el que la desesperada lucha que ensangrentaba a Eu­ropa desde hacía más de dos años está pre­sentada bajo una luz particularmente cru­da, sin sombra de retórica. El libro está escrito en primera persona; es el descui­dado relato de un humilde soldado de infantería, el cual, sin embargo, no se pre­senta como protagonista; el verdadero pro­tagonista es «l’escouade», la escuadra de la que forma parte, a las órdenes del capitán Bertrand. Monótonos días de trinchera, en­tre fango y suciedad, bajo la lluvia, terri­bles noches de bombardeo, afanosos des­cansos en la retaguardia, avances, angustio­sos reconocimientos en la obscuridad, fe­briles asaltos entre el humo que cubre la tierra revuelta por una pesadilla tenebrosa, desgarrada por las explosiones…

Una mo­nótona sucesión de acontecimientos que, por su misma frecuencia, pierden toda gran­diosidad, interrumpida por extraños y ca­racterísticos episodios (las botas robadas al cadáver, el sueño del combatiente, las dos misas de campaña celebradas al mismo tiempo en los dos campos adversarios): tal es el tema del libro. En este infierno vive y sufre una humanidad doliente y sacrifi­cada, reducida a piadosas manifestaciones sentimentales primitivas por completo. Todo esto en un pintoresco lenguaje que preten­de reproducir con un sentido artístico la jerga de las trincheras; una mescolanza de compases brutales y geniales, de vulgaridad alternada con delicadas notas sentimentales en las que el viejo poeta crepuscular pa­rece tomarse la revancha. Interesante do­cumento humano, cuya elocuencia se eleva a veces a verdadero arte, el libro inauguró en cierto modo todo un género literario, destinado a tener en sus extremos las de­sesperadas crónicas de Remarque.

M. Bonfantini

La Frusta Letteraria, Giuseppe Baretti

Revista de Giuseppe Baretti (1719-1789). Su primer nú­mero lleva la fecha de «Rovereto, 1 de oc­tubre de 1763» (pero debe leerse Venecia), el último la de «Trento, 15 de julio de 1765» (pero debe leerse Ancona).

Después de una larga residencia en Inglaterra (1751- 1760), durante la cual tuvo tiempo para es­tudiar la literatura inglesa y hacer amistad con algunos escritores y periodistas, entre ellos Johnson, Baretti se estableció en Venecia e inició, con el pseudónimo de Aris­tarco Scannabue, de quien en la introduc­ción a la «Frusta», traza un vivaz retrato, la compilación de su diario en forma, di­ríamos hoy, de boletín bibliográfico. La «Frusta» salió regularmente cada diez días hasta el número del 15 de septiembre de 1764, después de lo cual Aristarco se des­pidió de sus «partidarios» por haber expi­rado el «primer año frustatorio». Natural­mente, ni sus latigazos a algunas comedias goldonianas y a las novelas de Chiari, ni otros ataques y escaramuzas literarias ha­bían pasado sin más ni más; y no habían faltado en el susceptible mundo de los li­teratos, entonces tan numeroso en Venecia, que era también el principal emporio li­brero de la península, resentimientos, acu­saciones y amenazas. Después de una breve pausa, el 15 de enero de 1765, también fe­chada en Rovereto, la «Frusta» reanudó sus publicaciones; pero por una recensión a las rimas de Bembo, en que, como escribe Ba­retti, se señalaban «algunas cosas en ellas que no son ciertamente tan estupendas co­mo muchos enfurecidísimos panegiristas de aquél querrían dar a entender», el avis­pero, no sólo entre los bembistas venecia­nos, se irritó hasta el punto que estalló en abierta polémica.

Fue atizada por el padre Appiano Bonafede, fraile Celestino, pero volteriano, que lanzó contra Baretti un fe­roz libelo con el título de Il bue pedagogo [El buey pedagogo]. Y Baretti se vio obli­gado a dejar Venecia, a suspender la «Frus­ta» y a refugiarse en Ancona; desde allí, con la fecha de «Trento, 1.° de abril de 1765», la revista volvió a imprimirse; y Baretti pudo desfogarse contra su adver­sario disparándole nada menos que ocho «discursos», contenidos en los ocho núme­ros de la «Frusta» que se publicaron hasta el 15 de julio del mismo año. Pero aquella diatriba literaria, surgida por haber come­tido «el atroz delito de demostrar que un caballero de aquella ciudad, muerto más de dos siglos atrás, fue uno de los más flojos poetas de Italia», acabó por asquear a Baretti, el cual, dejando a un lado su látigo de Aristarco, se volvió a Londres. Ésta es, exactamente, la historia «externa» de la «Frusta», que no hubiera valido la pena precisar en su minuciosa crónica si aquella revista quincenal de Baretti no se­ñalase una fecha, si no en la historia de la estética, ciertamente en la de la crítica lite­raria italiana. Es una crítica en gran parte demoledora del viejo mundo literario ita­liano que había permanecido firme en su admiración por el siglo XVI, por la Arcadia y las Academias encerradas en los lími­tes de una vana erudición y de una lite­ratura amanerada y sin nervio. Pero más que contra estas deploradas condiciones de la cultura y del gusto de la época, y aunque fuese por medio de una crítica improvisa­da, pero batalladora, «La Frusta» aspiró in­directamente a promover una nueva aven­tura, de hechos no de palabras, y unas nue­vas y más viriles costumbres literarias.

No todos los juicios que se encuentran rápida­mente formulados son aceptables. Por ejem­plo, el harto conocido sobre Goldoni, en­carnizadamente negativo; aunque, para par­cial justificación de Baretti, se puede decir que sólo había examinado cuatro o cinco comedias suyas, y no entre las mejores del comediógrafo veneciano, o bien su juicio, éste excesivamente favorable, sobre Metas- tasio. También son inciertos sus criterios estéticos que oscilan entre moralismo y he­donismo, y a menudo el humor del mo­mento da la medida del juicio. Pero entre lo viejo y lo nuevo, la «Frusta», sobre todo en su parte referente a las letras y cos­tumbres de la época (su otra parte, cons­tituida por artículos sobre la economía, la medicina, la agricultura, etc., es sólo infor­mativa o sólo polémica), planteó eficazmen­te el problema de la renovación moral de los italianos, hizo sentir, aunque sólo fuese implícitamente, la exigencia de una litera­tura en que resurgiese ante todo la «planta hombre» y, por su parte, con un estilo po­lémico valiente y ágil demostró cómo era posible escribir en un lenguaje rápido, agu­damente discursivo y vivaz. Ésta, en subs­tancia, es la lección de la «Frusta» y su importancia civil y literaria.

G. T. Rosa

La Frusta letteraria es el desahogo de un hombre nuevo que por su contacto con más sanas y prácticas literaturas, había perdido la paciencia ante la vanidad y las grose­rías lugareñas: feroz desahogo que comen­zó a purificar el aire. (Carducci)

Frutos de la Tierra, Knut Hamsun

[Markens Gróde]. Novela de Knut Hamsun (1859-1952), publicada en 1917. Diríase una respuesta a los que le censuraban por haber retra­tado a personajes moralmente perdidos o débiles. Es la historia de un hombre de buena voluntad que entra en posesión de un trozo de tierra sin cultivar y que em­pieza una dura lucha contra la hostilidad del suelo y de la naturaleza. Sin embargo, el autor no insiste sobre este motivo fácil de convertirse en retórica. Lo que le im­porta es contar, poéticamente, una historia común y conmovedora. Su héroe casa con una mujer sencilla y valiente al igual que él. La fortuna parece protegerlos: a pesar de los obstáculos y de las dificultades, todo va bien. Cada progreso, cada regalo de la Providencia es acogido por los dos cón­yuges solemnemente y con gratitud. «El trabajo es necesario para la salud del al­ma», dice este evangelio de Hamsun, nota­ble por el valor de estilo, por los análisis psicológicos y por el poético sentido que cobra el paso de las estaciones.

G. Puccini

Los Frutos de la Instrucción, León Tolstoi

[Plody prosvescenija]. Comedia en cuatro actos de León Tolstoi (Lev Nikolaevic Tolstoj, 1828-1910), escrita en 1889. Es una sá­tira divertida, a menudo mordaz, de la bur­guesía acomodada. En casa de Sverdincev, ingenuo cultivador del espiritismo, se cele­bran sesiones espiritistas, de las que se aprovecha la criada Tanja para inducir a Sverdincev, mediante una estratagema, a firmar un acta de venta de cierto terreno de su propiedad al padre de Semen, su novio; y ésta es la escena central de la comedia. Con cómica solemnidad, un docto profesor hace una especie de proemio a la sesión espiritista, en la cual actúa de «mé­dium» Semen, hábilmente dirigido por Tan­ja. Más tarde el engaño es descubierto, pero la joven ha logrado ya su objeto. La aver­sión de Tolstoi por la clase acomodada le hace pintar a los personajes de la comedia como seres vanos y egoístas. Sólo los hu­mildes son rectos, sensatos en sus pensa­mientos y palabras. En la comedia, carica­tura más que pintura de ambiente, son precisamente éstas las figuras más logradas y vivientes.

B. del Re