El Genio Alegre, Hermanos Álvarez Quintero

Comedia española, en tres actos y en prosa, de los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, representada por primera vez en 1906. En la vieja casa solariega de los marqueses de los Arrayanes, la austera doña Sacramento vive con su triste admi­nistrador don Elias; su hijo Julio sólo se deja ver cuando las deudas de su vida de­rrochadora le impulsan a bucear en la casa materna. La alegría está rigurosamente des­terrada de la casa de los Arrayanes hasta el momento en que llega a instalarse el ge­nio alegre, Consolación, sobrina huérfana de la marquesa, que trae su optimismo revolucionario y travieso, sus flores, sus ca­narios, su loro y la sonrisa seductora de su criada Coralito. Un aire nuevo entra en la austera morada: la marquesa y su admi­nistrador, luego de haberse escandalizado, se convierten a la doctrina de Consolación, que puede resumirse en su grito: «Alegrémonos de haber nacido», y el desenfrenado marqués Julio encuentra en la belleza y en la alegría- de la prima los motivos de una conversión profunda. El motivo no es nuevo en el teatro europeo del siglo XIX, pero la interpretación que le dan los her­manos Quintero, densa del colorido y los perfumes del campo andaluz, hacen singu­lares la comedia y sus tipos.

A. R. Ferrarin

Del Génesis, Exégesis Literaria, San Agustín

[De Genesi ad litteram] de San Agustín (354-430), es­crito de 401 a 415, después de la interpre­tación más alegórica dada en las Confesio­nes (v.) y del intento de una obra «inaca­bada»— que dejó por parecerle superior a sus fuerzas — hecha ya en 393-394.

Su ob­jeto consiste en eliminar todo desacuerdo entre el relato bíblico y la ciencia de su tiempo, esforzándose por mostrar que nada se halla en él que no pueda ser literalmente tomado como verdadero o conciliable con la razón y que si algo contiene de superfluo o incongruente debe ser interpretado en sentido místico y más elevado: y lo interpreta en doce libros, con una exégesis minuciosa, palabra por palabra, desde el co­mienzo hasta el versículo en que Adán fue arrojado del Paraíso Terrenal. Pero en las Retractaciones (v.) deberá luego reconocer que había «suscitado en ella más problemas que hallado soluciones; y de éstas, pocas sólidas, y las demás expuestas en tal forma que sugerían ulteriores investigaciones». Las digresiones astronómicas son numerosas: cómo fue creada la luna; si las estrellas tienen todas el mismo resplandor; de la confor­mación del cielo, etc. Un capítulo está de­dicado a confutar a los astrólogos con sus horóscopos; no sin la aguda reserva de que «cuando predicen la verdad, esto ocurre por un ocultísimo instinto del que las mentes humanas son instrumentos inconscientes». Numerosas y extrañas son las cuestiones planteadas por la creación de los animales; de la luz, mejor dicho, de los días, que existían antes que el sol y las estrellas fue­sen creados (insinúa aquí un significado metafórico de los famosos seis días); del «reposo» del séptimo día, de Dios, que, sin embargo, actúa siempre y sostiene en el ser y en la vida a toda criatura; de la «ciencia de los ángeles», etc.

Las cuestiones filosóficas se entremezclan con las exegéticas: por ejemplo, cómo las cosas preexisten en la mente divina; cómo en nuestro espíritu percibimos a Dios «en quien vivi­mos, somos y nos movemos», más fácilmen­te que las criaturas que están alejadas de nuestros sentidos y que nosotros no po­demos ver en Dios; y qué cosas «futuras» son verdaderamente tales. Califica de «ex­cesivamente pueril» la idea de que Dios haya plasmado, en sentido propio, al hom­bre de la tierra con sus manos corpóreas, como si en esto, y no en el alma, consis­tiese el sello divino en el hombre. Los li­bros VIII y X contienen todo un tratado de psicología; naturaleza y origen del al­ma, su incorporeidad, su preexistencia y origen; transmisión del pecado y las cues­tiones de si la concupiscencia sólo reside en el cuerpo o también en el alma; si ésta es creada de la nada o formada por otra criatura espiritual y racional (deja esta cuestión sin resolver, pero la relaciona con la otra del bautismo de los niños); si se puede sostener con Tertuliano que también el alma es corpórea, etc. El libro XI trata del pecado de Adán; y el autor suscita aquí también las cuestiones «por qué Dios no creó impecable al hombre»; «por qué fueron creados los que habían de ser peca­dores»; «por qué Dios no convierte, pudiéndolo hacer, la mala voluntad en buena», y todas las difíciles cuestiones surgidas de la existencia del «diablo». El libro XII y último es todo un estudio sobre el éxtasis de San Pablo y sobre las visiones sobrena­turales, en que no faltan, como en todas las obras del original y agudo pensador, atisbos de puntos de vista modernísimos.

G. Pioli

Génesis del Derecho Penal, Gian Domenico Romagnosi

[Genesi del diritto penale]. Obra historicojurídica de Gian Domenico Romagnosi (1761- 1835), publicada en 1791. El objeto princi­pal de la obra lo constituye el examen del fundamento del derecho penal. Según Ro­magnosi, la génesis de este derecho va ín­timamente ligada a la posibilidad legítima de aplicar un castigo después de que se consumó el delito y después de haber cesa­do el peligro que dicho delito entraña. Sin estos requisitos no existe el derecho penal. Examina el estado de naturaleza en que el hombre vive en su fase salvaje: en estas condiciones — afirma, oponiéndose al natu­ralismo jurídico — existe indudablemente el derecho de defender la propia vida y los bienes propios en caso de agresión, requi­sitos de lo que comúnmente se llama legí­tima defensa. Tal «estado de naturaleza», según el pensamiento de Romagnosi, en­cierra un valor de pura hipótesis destinada a servir de premisa teórica a las conside­raciones sucesivas.

En la segunda parte, pa­sando a estudiar el hombre en sociedad, considera el autor esta condición como in­trínseca, connatural y, por lo tanto, real del hombre mismo. En ella se instauran tres órdenes de relaciones: del individuo para con la sociedad, de la sociedad respecto al individuo y del individuo respecto a los demás individuos. Dada la íntima contex­tura, así como la identidad de estos lazos, deduce que si el individuo atenta contra un semejante, no solamente lesiona los de­rechos de éste, sino, los de la sociedad en­tera, la cual adquiere así el derecho de defenderse a sí misma, eliminando al agre­sor; se trata de un derecho propio, distin­to del de la persona ofendida (el moderno derecho penal, habiendo adoptado esta idea, dice que la sociedad goza de un bien pri­mario, y la persona ofendida de un bien secundario). Mientras en el hipotético es­tado natural el ofendido debe atenerse al estado pretérito y presente de la agresión, no interesándose en forma alguna sobre el futuro, la sociedad tiene el derecho y el deber de atender a su seguridad y a su conservación. Aceptado esto, «como la im­punidad en las circunstancias futuras tiene efectos radicalmente destructivos para el cuerpo social, la sociedad se halla obligada a defenderse, y tiene, por tanto, derecho a suprimir la impunidad, aunque se consi­dere como posterior al delito. Es decir, la sociedad tiene derecho a hacer que la pena suceda al delito como medio necesario para la conservación de sus individuos y del es­tado de agregación en que ella se encuen­tra». Las condiciones de la pena son: que sea justa, moderada, segura, mínima en gra­do y en especie (esto es, suficiente «para aprisionar los motivos del delito»), singular y, sobre todo, eficaz.

Las tentaciones y las inclinaciones de los delincuentes en la so­ciedad se previenen con un gobierno polí­ticamente fuerte, capaz de mantener los derechos, promover la educación, dictar le­yes que, favoreciendo el bienestar y la mo­ralidad, influyan desfavorablemente sobre las causas del delito, y con sanciones secun­darias, conseguidas mediante la religión, la convivencia social y el honor. Discutien­do el criterio de la proporción y medida de las penas, rechaza el autor los criterios de la entidad del daño, de la entidad del dolor, así como el mixto, y ofrece un criterio per­sonal que llama del «impulso delincuente», es decir, de los motivos psicológicos origi­nados por la maldad, concupiscencia, etc., y alimentados por el ambiente eticopolítico. La obra señala la transición de la ciencia penal desde la fase contractual-jurisnatura- lista a la fase publicística, todavía en boga. El autor, aunque siente la necesidad de tra­tar extensamente del estado natural, se aparta después de él decididamente, afir­mando que la naturaleza del hombre es di­rigida y protegida por la vida civil. A él se debe asimismo la primera justificación del derecho social a castigar, apenas entre­vista por Beccaria, y destinada a convertirse en punto de partida de toda la doctrina penalista.

A. Répaci

El Génesis, Pietro Aretino

[Il Genesi]. Obra de tema religioso de Pietro Aretino (1492-1556), apa­recida en Venecia en 1539. El título exacto es: Il Genesi con la visione di Noè nella quale vede i misteri del Testamento Vecchio e del Nuovo. Está dividida en tres libros. Fue dedicada a un gran personaje, a Fer­nando, hermano de Carlos V, al cual se califica, con aduladoras frases, de «sagrada imagen, verdadero redentor de la virtud». El Génesis, como las otras obras sacras y ascéticas del Aretino, es una obra hueca, paráfrasis artificiosa de la Biblia, una mues­tra de habilidad literaria hecha de retazos pintorescos y retóricos. De Sanctis ha es­crito, a propósito de estas obras: «Parece una campaña que te ensordece y te obs­truye los oídos».

Al leerlas ahora resultan aburridas, si bien, en su tiempo, estas pá­ginas sacras tuvieron gran difusión, y el Aretino, especulador como era, esperaba de ellas grandes recompensas: tal vez el car­denalato. Los fragmentos mejores del Gé­nesis son aquellos en los que se narra la creación del mundo, del hombre y de la mujer («Eva era más semejante a una diosa que a una mujer: ninguna blancura, nin­gún color, ninguna belleza ha habido nunca parecida a la blancura, al colorido, a la be­lleza de sus miembros») y la larga descrip­ción del Diluvio («rompiéronse con terrible ruido y con horroroso espanto todos los puentes del Abismo, derramándose todas las cataratas del cielo»), en la que la pluma del Aretino se carga con sus más enfáticos tonos y claroscuros. Las obras del Aretino fueron prohibidas en la segunda mitad del siglo XVI, y sobre las de tema religioso se extendió el olvido más profundo; sin em­bargo, fueron reimpresas; El Génesis re­apareció en 1628 con su título cambiado por el de: Dello specchio delle opere di Dio [Del espejo de las obras de Dios].

E. Allodoli

El General William Booth Entra en el Cielo, Nicholas Vachel Lindsay

[General William Booth enters into Heaven]. Poema lírico del escritor norteamericano Nicholas Vachel Lindsay (1879-1931), publicado en 1913. En él canta el poeta el ingreso en el cielo y la acogida que se le da al general del Ejército de Sal­vación William Booth (1829-1912), y resu­me en breves rasgos el credo de Booth, su amor por los pobres, y trata de musicar, a su modo, el argumento. «¿Estáis lavados con la sangre del Cordero?», es el motivo que se repite, mientras describe las legiones de pobres, que reciben al que fue su salvador sobre la tierra. Lindsay indica los instru­mentos que deben acompañar cada estrofa (tambores, banjos, flautas, etc.). Es una lí­rica orquestal, un crescendo que termina en un gran coro. Se la podría definir como un maravilloso cortejo, en el que los de­talles de invención son, sobre todo, detalles en función de una grandiosa visión que ce­lebra el triunfo.

A. Camerino