Henry Adams

(Boston 1838 – Washington 1918) histo­riador y ensayista estadounidense.

Descendiente de dos presidentes de la Confederación, hijo de un ministro, pri­mero fue secretario de su padre en Inglaterra, más tarde periodista, y de 1871 a 1878 enseñó historia en Harvard.

En obras especializadas imponentes y refinadas, elaboró una teoría de la historia entendida como movimiento de la unidad hacia el caos de la multiplicidad. Estos mismos temas vuelven a tratarse en sus obras más conocidas: El Monte Saint-Michel y Chartres (Mont Saint-Michele and Chartres, 1904), sugestiva interpretación de la unidad de cultura, arte y religión en la Edad media, y La educación de Henry Adams (The education of Henry Adams, 1906), autobiografía en tercera persona, que constituye una de las primeras expresiones del «malestar» de los intelectua­les de nuestro tiempo.

La publicación de su correspon­dencia y la reedición, en 1961, de sus novelas «políticas», ejemplarmente despiadadas, Democracia (Democracy, 1880) y Esther (1884), han vuelto a demostrar las cuali­dades visionarias del Adams ensayista que, en los símbolos de la Virgen y de la Dinamo y en la noción de «entro­pía» aplicada al necesario agotamiento del proceso his­tórico, dejó a los escritores americanos del siglo pasado una penetrante interpretación del «multiverso» en el que vivimos.

Luigi Alamanni

(Florencia 1495 – Amboise 1556) poe­ta italiano.

Educado cultural y políticamente en el círcu­lo contrario a los Médicis de los Orti Oricellari, fue un decidido defensor de la libertad de Florencia. Tras el triunfo de los Médicis vivió la mayor parte del tiempo en Francia, al servicio de Francisco I y de Enrique II.

Hábil experimentador de géneros literarios y de formas métri­cas, se destacó en la sátira, en la elegía, en la épica ca­balleresca (Girone el cortés, Girone il cortese, 1548; Avarquida, L’Avarchide, pòstumo, 1570) y en la come­dia (Flora, 1555), con el constante propósito de renovar la literatura vulgar siguiendo los pasos de los clásicos. Esta intención se halla también en su obra más impor­tante, el poema didascàlico en versos libres El cultivo (La coltivazione, 6 libros, 1546), en el que se describen he­chos y momentos de la vida campesina con una elegan­cia un poco monótona de estilo, reavivada en ocasiones con conmovedoras alusiones a su propia situación fie exiliado.

Arquiloco

(sig. VII a.C.) poeta griego. Nació en la isla de Paros; el eclipse solar del año 648, al que él alude en el fragmento 74, es una indicación cronológica segura.

Fue mercenario y vivió en Tasos y en Naxos, donde se­gún la tradición murió combatiendo.

Su poesía presenta una gran variedad métrica (elegías, yambos, epodos). Se conservan unos 140 fragmentos; numerosas e importan­tes (aunque controvertidas) son las adquisiciones recien- tes. El mismo A. se presenta, en el fragmento 1, además de como poeta, como un hombre de armas, impetuoso y arrojado, en abierto constraste con los valores tradicio­nales de la sociedad aristocrática.

Arquiloco cuenta con petulan­cia haber tenido que abandonar el escudo en la batalla; en otros fragmentos ironiza sobre la jac­tancia de los comandantes y sobre la vanidad de la gloria después de la muerte.

Junto al tema de la guerra se halla el tema del amor, vivido sobre todo como sufrimiento y enfermedad, como dolor sufrido virilmente: es típico, en este sentido, el fragmento 67, en el cual el poeta apostro­fa a su propio corazón «trastornado por afanes sin sal­vación» y lo exhorta a defenderse de los adversarios «oponiendo de frente el pecho».

Pero su fama, sobre todo entre los antiguos, está ligada al uso del yambo para un tipo de poesía fuertemente polémica y agresiva, de la que también Horacio será, en los Epodos, un imitador.

Asclepíades de Samos

(sigs. IV-1II a.C.) poeta griego. E

xcepto una estancia en Alejandría, vivió en su isla na­tal, rodeado de amigos poetas que lo consideraban un maestro.

Escribió poemas líricos, dando su nombre a la forma métrica llamada asclepiadeo, perfeccionada por él.

La Antología Palatina contiene una cuarentena de sus epigramas en dísticos elegiacos, de sobria y transparente factura: se trata de confidencias amorosas, invitaciones a la alegría, desventuras nocturnas por el imprevisto capricho de una bella infiel, fugaces apariciones de mu­jeres.

De todo ello resulta la figura de un poeta apasio­nado y finamente irónico a la vez, que siente la vida con­tinuamente asediada por la sombra del aburrimiento y de la muerte.