Jacques Audiberti

(Antibes 1899 – París 1965) escritor francés. Publicó numerosos volúmenes de poesía: El im­perio y la trampa (L’empire et la trappe, 1929), Raza de hombres (Race des hommcs, 1937), El nuevo origen (La nouvelle origine, 1942), y novelas: Abraxas (1938), Car­nicería (Carnage, 1942) y La muñeca (La poupée, 1956), pero obtuvo notoriedad sobre todo gracias a los dramas

Quoat-quoat (1945), El mal corre (Le mal court, 1947) y La hormiga en el cuerpo (La fourmi dans le corps, 1961), en los que la divertida originalidad de las situaciones compensa una cierta tendencia a la abstracción filosófica.

EL SEÑOR ALFONSO, de Alexandre Dumas hijo

[Monsieur Alphonse].

Comedia en tres actos de Alexandre Dumas, hijo (1824-1895), representada en París en 1873.

Es, como las Ideas de Ma~dame Aubray  una lanza rota en fa­vor de la redención de la mujer culpable y al mismo tiempo un ataque al egoísmo masculino que, con la complicidad de la ley, sacrifica a los hijos, víctimas inocentes de las culpas de los padres. Raimunda es una joven librada de la soledad y la mi­seria gracias a su boda con Montaiglin, un oficial de marina, bastante mayor que ella, de alma noble.

Nunca se ha atrevido a con­fesarle que tuvo una hija de un conocido común, Octavio; pero, durante las frecuen­tes ausencias del marido, prodiga todo su afecto a la niña, que ya tiene once años y ha crecido precozmente, sensible e inte­ligente. Cierto día, Octavio, que ha visto muy pocas veces a su hija, quien le conoce bajo el nombre de señor Alfonso, quie­re librarse de ella; está a punto de contraer un matrimonio de intereses con una ex ca­marera enriquecida, la celosa señora Gui- chard y, pese a la desaprobación de Rai­munda, persuade a Montaiglin para que reciba en su casa a la niña. Pero la astuta señora Guichard descubre las relaciones que unen a Octavio con la chiquilla y la reclama como prenda de su fidelidad. En el dolor por la inesperada separación, Rai­munda se traiciona.

Pero Montaiglin com­prende, perdona en nombre del amor ma­terno y adopta generosamente a la hija de su mujer, mientras la señora Guichard, con su buen corazón y el sentido común de pueblerina, indignada por el egoísmo de Octavio, lo rechaza definitivamente.

La co­media tiene los méritos y los defectos ca­racterísticos de todo el teatro de Dumas: la construcción sólida y el diálogo vivo y elocuente por un lado; por el otro, la abs­tracción y el escaso dramatismo que deri­van de su planteamiento al servicio exclu­sivo de una tesis moral.

Carecen particu­larmente de vida las figuras de ambos hom­bres, colocados en contraste, como tipos simbólicos del egoísmo y de la generosidad.

El adolescente, de Fiodor Dostoievski (1875). Una obra social

El protagonista es el joven Arkadi Dolgoruki, hijo ilegíti­mo del propietario rural Versílov y de una mujer de con­dición servil, Sofía Andréievna, a la que Versílov, aun­que casado ya, había robado a su buen esposo Makar Ivánov.

La sumisa y digna Sofía, que vive muy pobremen­te, ha tenido de su amante —a menudo ausente y siem­pre fiel— dos hijos: Arkadi y Liza. Esta última creció junto a la madre, mientras que Arkadi fue colocado, des­de niño, en régimen de pensionado con un francés tosco y cruel, Touchard.

Consciente de su condición de bastar­do, Arkadi aspira a un desquite que juzga solamente po­sible mediante el poder y el aislamiento, condiciones am­bas que presuponen haber amasado una ingente fortuna; la voluntad y la firmeza son las virtudes a las que aspira, por juzgarlas indispensables para alcanzar su objetivo.

Se pone así a ahorrar metódicamente del pequeño estipen­dio que le ha asignado Versflov, sometiéndose además a duros sacrificios materiales. Pero todavía no ha hecho las cuentas consigo mismo.

La primera señal de debilidad respecto a la «idea» se produce cuando Arkadi hace en­trega de la mitad de su exiguo capital para socorrer a la pequeña Rinochka, una recién nacida que es hallada mo­ribunda junto a la puerta de la casa donde él habita.

A ésta seguirán otras debilidades. Pero algo resultará sobre todo más fuerte que la «idea»: su desesperada admira­ción hacia Versílov, a quien ama y desprecia al mismo tiempo, y a cuyo destino borrascoso se halla unido a cau­sa precisamente de tales sentimientos.

Versílov, sensual, elegante e inteligente, se encuentra trágicamente dividido entre la pasión por la altiva Katerina Nikoláievna, rica y noble, y el afecto compasivo, mezclado de remordimien­to, que le inspira Sofía Andréievna. Sigue un torbellino vertiginoso de intrigas y chantajes (el dinero juega casi siempre el papel principal), en medio del cual emerge la figura abyecta de Lambert, un condiscípulo de escuela de Arkadi: el noviazgo de Katerina con el barón Rioring; la muerte, en casa de Sofía, de Makar Ivánov, casi un san­to en su consciente apacibilidad y acusación viviente para Versílov.

Todo ello conducirá a Versílov hacia la locura y hará que Arkadi se vea definitivamente alejado de sus sueños de fuerza y de poder por la catástrofe del padre a la que él, inconscientemente marioneta de Lambert, ha contribuido. En el ambiente hay otros derrotados: Liza, la hermana de Arkadi, embarazada de un príncipe Sokolski que, tras ser encarcelado, se vuelve loco, y Ana, la hija ilegítima de Versílov, que decide fríamente casar­se por interés con un viejo príncipe, otro Sokolski.

Eumeswil (Ernst Jünger). La libertad y la anarquía.

eumeswil

Eumeswil

Me vendieron este libro diciendo que era una novela y en realidad no lo era: se trataba de algo mucho mejor, con aires novelescos a veces, con un escenario futurista, después de Mad max, y un narrador demasiado consciente de su libertad y su insignificancia para ser capaz de sentirse a gusto en el mundo o consigo mismo.

Cuando Ernst Jünger escribió Eumeswil tenía 82 años. Una barbaridad para cualquiera, sin duda, pero no para él que vivió hasta los 103, después de haber sido miembro de la Legión Extranjera Francesa, siete veces herido en la I Guerra Mundial, acaparador de cruces de Hierro y otras condecoraciones alemanas por su valor en el frente, miembro de las fuerzas de ocupación alemanas en París en la II Guerra Mundial, catador descriptivo de todas las drogas habidas y por haber (y adicto a ninguna) y referente intelectual del siglo XX.

Cuando Jünger habla hay que creer que ha reflexionado sobre ello y que todo cuanto dice lo dice en serio. ¿Un ejemplo? Se hizo nazi antes de que los nazis llegasen al poder y condenó públicamente a Hitler y al partido mucho antes de que los nazis perdiesen la guerra. Incluso antes de que la comenzasen. ¿De quién más sabéis tal cosa? No se exilió, no se atrevieron a tocarle. Le mandaron al frente, primero a Francia y luego a Rusia, y fue al frente. Porque había que ir y punto. Enterró a sus amigos, enterró a sus enemigos, enterró a sus admiradores y a sus críticos y un buen día, a los 103 años, se murió con un enorme habano entre los labios. ¿Hay quién dé más?

Eumeswil es una de las pocas novelas que habla claramente de internet y teléfonos móviles antes de que se inventaran. Ya sabéis que todo el mundo pensó en cómo sería la humanidad en Marte, pero a nadie se le ocurrió lo de internet o lo del móvil. Para Jünger era casi obvio.

La novela se desarrolla en la fortaleza de un dictador, y nos habla de ese mundo un historiador que al mismo tiempo es camarero de noche en el bar de la fortaleza. Sus objetivos son fundamentalmente dos: el conocimiento y la linbbertad.

Así nace la figura del anarca, que puede ser de todo menos anarquista. Un anarquista es alguien que quiere la anarquía también para los demás. Al anarca los demás le importan un ardite y se ocupa exclusivamente de sus asuntos, preocupándose de que la autoridad ajena le afecte lo menos posible. En el recorrido pro la vida en la alcazaba, en la ciudad o en las academias universitarias, el narrador nos da su visión de la vida y de las dificultades del hombre para mantener su esencia, su libertad y su autonomía en un mundo cada vez más tecnificado y donde todos los seres humanos son más dependientes de sus vecinos.

El libro está lleno de ideas poderosísimas y profundas refelxiones sobre las trabas que verdaderamente se oponen a la libertad y sobre los modos de desviarse de ella sin apenas percibirlo. Mirad, por ejemplo, lo que dice de las huelgas de hambre:

«Si uno está dispuesto a poner en juego su cabeza, no hay que estropearle el juego. Hay que tomarle en serio. Al que32 quiere luchar, hay que aplicarle las leyes de la guerra».

O más adelante, sobre la utopía:

«Nunca fracasamos por culpa de nuestros sueños, sino por no haberlos soñado con suficiente fuerza»

O sobre el nacionalismo:

«Cuando una nación o un imperio se desmoronan, las viejas tribus intentan separarse de nuevo, invocando su peculiaridad. Pero tal peculiaridad ya no existe, porque la perdieron bajo el peso del Imperio, como el grano de trigo la perdió bajo el peso de la rueda del molino».

O finalmente, sobre la libertad:

«El amor es anárquico, el matrimonio no; el guerrero es anárquico, el soldado no. El homicida es anárquico, el asesino no; Cristo es anárquico, Pablo no. El hombre libre es anárquico, el anarquista no.»

Las citas son innumerables y el libro no tiene desperdicio.

LA SEÑORA DE MONZA (Giovanni Rosini)

Novela histórica publicada en 1829, re­impresa más de una vez con el título de La monja de Monza.

La novela es un es­púreo vástago de la obra maestra de Manzoni: en efecto, aunque el autor afirmó haberla concebido antes de la publicación de Los novios , la comienza ingenua­mente con una alusión al rapto de Lucía

Siguiendo adelante, narra los azares de Gertrudis , que huye del convento con Egidio y con él se refugia en Toscana, don­de los amantes traban amistad con nume­rosos señores, literatos y artistas.

Después de cierto tiempo, los dos culpables son ex­pulsados de Toscana, y Egidio fallece en un desgraciado golpe de mano en el mo­mento de cruzar la frontera con Lombardía. El arrepentimiento de Gertrudis y su regeneración espiritual, llevada a cabo por el cardenal Borromeo, concluyen el libro, cuya historia parece tan sólo un pretexto para ofrecer una descripción de la sociedad florentina en la primera mitad del siglo XVII, que es en realidad el verdadero cen­tro de la novela.

El autor escribe con des­envoltura toscana, más cerca del lenguaje hablado que del literario, y no sabe dar ningún relieve ni a hechos ni a caracteres. Gertrudis, a la que dejamos en las páginas de Los novios entre estremecimientos de piedad y horror, es aquí una mujer vulgar, una fugaz figura de crónica ciudadana.

La abundante facilidad del estilo, las variadas y a veces hasta curiosas noticias sobre lite­ratos y artistas toscanos del siglo XVII, fueron los motivos del estimable éxito que tuvo, éxito que duró hasta la mitad del si­glo pasado. El nombre de Rosini, fácil po­lígrafo, cuyas obras tanto polémicas como artísticas hoy están por completo olvidadas, se sigue recordando vagamente por esta no­vela histórica, con la que quiso emular, e incluso superar, a Manzoni.