Zacarías

[Zěkharyāh]. Personaje bí­blico, nieto del profeta Addo, de estirpe sacerdotal, profetizó en Jerusalén entre los años 520 y 518 a. de C., cuando el Templo de Zorobabel (v.) surgía lentamente entre los desterrados que habían regresado de Babilonia. Hacía demasiados años que el pueblo estaba sin Templo: «Se cumplen ya setenta», pero ésta es la última lamentación.

Al lado de Ageo (v.), Zacarías contempla las obras: «No temáis y robustézcanse vues­tras manos»; «las manos de Zorobabel echa­ron los cimientos de esta casa y sus manos la terminarán». La figura de Zacarías re­side toda ella en su voz: una voz dema­siado universal para conservar los rasgos de un hombre, pues éste es el primer sa­crificio de todo profeta: disolverse en voz. La voz de Zacarías es como una pasta en manos de Dios, que se somete a múltiples formas huidizas y misteriosas, siempre ten­sa entre uno y otro futuro, desde el Tem­plo de Zorobabel a las visiones mesiánicas, desde la obra que va creciendo bajo sus ojos hasta la ciudad de Dios, que «sin mu­ros estará habitada… Y yo seré para ella, dice el Señor, una muralla de fuego».

Por encima de aquellas tierras humildes, traza en el cielo ocho visiones: el caballero en­tre mirtos, los cuernos caldeos despedaza­dos por los herreros, el geómetra de la ciu­dad celeste, el sacerdote erguido entre el Ángel y Satanás (v. Diablo), símbolo mesiánico dentro del símbolo de Yahvé: «óye­me, oh Josué, Sumo sacerdote, escúchame, tú y los compañeros que están contigo, porque son hombres que figuran el porve­nir: he aquí que haré venir a mi siervo, al Retoño». Y luego están el candelabro de la providencia y los dos olivos, Zoro­babel y Josué; y el rollo volante, lleno de maldiciones contra los pecadores; y la mujer de la impiedad, encerrada en el án­fora de tapa de plomo y transportada a Babilonia; y los cuatro Carros del viento, ministro de Dios: ocho visiones secretas como imágenes del Apocalipsis, centellean­tes de reflejos a través de sus sombras.

Zacarías ha fijado los ojos en el cielo y ahora se vuelve hacia sus hermanos, y su voz sacerdotal se hace transparente: «Vol­ved a mí, dice el Señor de los Ejércitos, y yo volveré a vosotros». Es la raíz meta­física de la moral de Israel: un solo mo­vimiento entre cielo y tierra, un encuen­tro en la cumbre del Sinaí con Aquel que es el Emmanuel, el «Dios con nosotros». Pero también entre sus hermanos Zacarías se halla como suspendido en el Espíritu: «Cállese toda carne ante la paz del Señor». Y a los judíos que le interrogan acerca del ayuno, les contesta desde lo alto, como Jesús: «Amad únicamente la verdad y la paz». Y no desciende ya de las alturas mesiánicas: allí están los enemigos y allí están las promesas. Sus ojos contemplan la futura pasión y su voz es voz de evan­gelista: «Exulta, oh hija de Sión, entona cánticos de júbilo, oh hija de Jerusalén: he aquí que viene a ti tu Rey justo y salvador; es pobre y monta en un asno, en un pollino de asna».

Tras el domingo de ra­mos, he aquí la traición de Judas y su remordimiento: «Me pesaron treinta mo­nedas de plata… y las arrojé en la casa del Señor, en el vasar». Desde el campo del vasar al huerto de los olivos: «Hiere al pastor y se dispersará su rebaño». La pa­sión ha terminado y Zacarías se halla en su cumbre, convertido en voz de Cristo: «Volverán su mirada hacia mí, a quien atravesaron, y me llorarán como se llora a un hijo único, y se dolerán por mí y lle­varán luto, como se lleva luto por la muer­te de un primogénito». Pero Zacarías es profeta: no puede detenerse en la divina plenitud del Nuevo Pacto; él no ve, sino sólo prevé desde el fondo de su alma profunda y terriblemente hebraica. Su Dios no se ha encarnado todavía, es el «Dios celoso»: «aparecerá el Señor Dios y su dar­do herirá como el rayo, y el Señor Dios tocará la trompeta y se adelantará en el torbellino del mediodía».

El impío no será perdonado «setenta veces siete», sino que «sus ojos se marchitarán en sus órbitas y se ajará su lengua en su boca». No son palabras evangélicas, ni es evangélica la tierra a la que grita: «Abre, oh Líbano, tus puertas, y que el fuego devore tus cedros. Clamad, oh abetos, porque los cedros fue­ron derribados y porque la fuerte selva fue talada. Se oye el lamentable gritar de los pastores, porque su magnificencia fue de­vastada; se oye el rugido de los leones, porque fue destruido el orgullo del Jordán». Los catorce capítulos de Zacarías se cierran con ese rumor de bosques al viento; y por encima de Palestina entera el eco repite todavía: «Así una tierra de delicias fue trocada en desierto».

P. De Benedetti