Poesías, Rafael Alberti

La obra poética del escritor andaluz Rafael Alberti (n. 1902) se halla en los libros siguientes: Marinero en tierra (1924); La amante (1925); El alba del alhelí (1925-1926); Cal y canto (1926- 1927); Sobre los ángeles (1927-1928); Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929); Sermones y moradas (1929-1930); Verte y no verte (1934); El poeta en la calle (1931-1936); De un mo­mento a otro (1932-1938); 13 bandas y 48 estrellas (1935); Capital de la gloria (1936-1938); Entre el clavel y la espada (1939-1940), Pleamar (1942-1944).

De todos estos volúmenes apareció en 1944 una anto­logía con el título Poesía (1924-1944). Pos­teriormente ha publicado A la pintura (1948), Retornos de lo vivo lejano (1952), Ora ’marítima (1953) y Canciones y ba­ladas del río Paraná (1953). Pertenece Al­berto a la que se ha venido en llamar «generación de la dictadura». Junto a Guillén, Salinas, Diego, Dámaso Alonso, Lorca, Aleixandre, Cernuda y otros, Alberti tuvo, por los años veinte, y en especial con mo­tivo del centenario de Góngora, celebrado en 1927, un lugar destacado en la conquista de un nuevo rango y una nueva popularidad para la poesía. Su primer libro — que fue Premio Nacional de Literatura — es un canto al mar que ciñe amorosamente a Cádiz, su ciudad natal. El poeta se iden­tifica con el mar y quiere morir junto a él: « ¡Sí, yo veré el mar del Norte, /y luego me moriré!»; «Le di mi sangre a los mares»; « ¡Miradme, que pasa el mar!»; «Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera».

Lo popular está patente en el ritmo, en el vocabulario y en los temas de estas poesías. Pero, al revés de Lorca, que se orientó directamente hacia la entraña del pueblo, Alberti res­taura la tradición culta en su lírica: Lope, Gil Vicente, Góngora. Juan Ramón Jiménez escribió que encontraba en estos poemas «una milagrosa variedad de olores, espumas, esencias y músicas». Las constantes de la canción popular, del paisaje marino, de la evocación de los pueblos que ha conocido el poeta, se repiten en los libros que siguie­ron a Marinero en tierra, como La amante y El alba del alhelí, donde han dejado su rastro las Baladas de primavera de Juan Ramón. La evolución segura y progresiva de la poesía albertiana puede seguirse sin dificultad.

Cada libro nuevo contiene ya en germen algunos de los elementos del siguíente: en Marinero en tierra, se publicaron varios sonetos («A Rosa de Alberti», «Malva-luna-de-yelo», etc.) de corte clásico y preciosista, que anunciaban el estilo de Cal y canto, cuya aparición coincidió con el centenario de Góngora. Los toros, Amaranta (dama neogongorina), el jinete de jaspe, el expreso de Andalucía y los ánge­les albañiles (que son de la misma estirpe de los que aparecen en Sobre los ángeles), dan una diversidad temática al libro, con­trastando así con unas formas poéticas seve­ramente clásicas. El libro termina con una «Soledad tercera», en homenaje a don Luis de Góngora, que sorprende por su fidelidad al estilo, al vocabulario y al espíritu gongorinos, y con el largo poema «A Miss X, enterrada en el viento del Oeste», afortu­nado intento de incorporación de las nue­vas conquistas del surrealismo, del ultraís­mo y del creacionismo. (Tzara, Huidobro, Éluard, Diego, Larrea).

Sin embargo, Al­berti, a pesar de sus contactos con dichos movimientos de vanguardia, nunca llegó a identificarse con ellos. El estilo del poema dedicado a Miss X se desarrolla plenamente en el libro Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Entramos en un mundo absurdo y arbitrario; así como el humor moderno pretende provocar la risa ensamblando dos objetos muy distintos, tam­bién aquí, con el contraste de lo refinado y lo vulgar, lo serio y lo risible, nace la «boutade» poética. La libertad métrica, lo que Leo Spitzer ha denominado «enumeraciones caóticas», exclamaciones, preguntas sin sen­tido, repeticiones, etc., forman la gama de este curioso libro. Pero es en Sobre los án­geles donde Alberti alcanzó el cénit de su mundo lírico. En una introducción que titu­la «Paraíso perdido» refiere el poeta la búsqueda de este maravilloso mundo.

Pero su esfuerzo es vano; y, entre simas y vien­tos antiguos, exclama el poeta, al no hallar el paraíso: « ¡Oh boquete de sombras!/ ¡Her­videro del mundo!/ ¡Qué confusión de si­glos!» Quizá, como compensación, Alberti descubre entonces el mundo de sus ángeles, que poco tienen que ver con los tronos o las potestades. Los ángeles albertianos, aun­que no nieguen su parecido con los ángeles románicos, bizantinos o barrocos, son, en realidad, seres ígneos, hiperbóreos, metá­licos. Hace falta atravesar el «boquete de sombras» para alcanzar su mundo. Parece como si una personalidad impalpable hu­biese guiado la mano de Alberti sobre las cuartillas; y así los ojos carnales del poeta recibieron la gracia de contemplar un mundo que no anda lejos de la angustiosa nada.

Valbuena lo consideraba un reino «neutral entre el Edén y el Infierno». Pue­den invocarse los antecedentes de Blake o de Rimbaud, pero el mundo de Alberti es inclasificable, no puede ser explicado: es un empíreo donde los vientos más antiguos se amansan y donde los astros descansan como corderos. En él se mueven el ángel desconocido, el ángel de los números (sobre el cual Azorín escribió una preciosa glosa), los ángeles mohosos, el ángel ceniciento, el ángel ángel, el ángel de las bodegas, los ángeles muertos, a cuyo conjuro el poeta exclama: «Buscad, buscadlos:/en el insom­nio de las cañerías olvidadas,/en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras./ No lejos de los charcos incapaces de guar­dar una nube,/unos ojos perdidos,/una sor­tija rota/o una estrella pisoteada…» Poesía intemporal, que debería sobrecoger en cual­quier lengua.

Por ello en un extensísimo artículo de fondo que el «Times Literary Supplement» de 6 de marzo de 1948 dedicó a Alberti, le consideraba como el más uni­versal de los poetas de su generación, por­que, como Picasso, ha logrado que su pro­fundidad intelectual sea universalmente comprensible. Afirma el crítico anónimo del «Times» que, para un español, quizá Lorca sea mayor poeta, pero, por estar más enrai­zado en su localismo, se pierden muchos de sus graciosos dones al ser trasvasados a otro idioma. Entre los libros, posteriores de Rafael Alberti, Verte y no verte es una ele­gía por la muerte del torero Sánchez Me- jías. Y El poeta en la calle, De un momento a otro, 13 bandas y 48 estrellas y Capital de la gloria son libros de poesía popularizarte con intención política.

Evoca mo­mentos de la guerra española o se enfurece contra el imperialismo yanqui en América Latina (13 bandas y 48 estrellas). En Plea­mar, Entre el clavel y la espada, De la pintura y Ora marítima, el poeta ha reco­brado su serenidad clásica y ha abandonado su poesía de propaganda política, que, si a veces es afortunada, otras sólo sirvió para empequeñecer e impurificar su mundo líri­co. La poesía de Alberti ha sido estudiada, entre otros, por Salinas, Bergamín, Valbue­na, Azorín, Juan Ramón Jiménez y E. Proll.

A. Manent

La obra de Alberti no es sólo accesible emociónálmente para los no españoles, sino que, al mismo tiempo, ofrece nuevas téc­nicas, nuevas formas de expresión y una originalidad que podría ser incorporada con grandes ventajas a las expresiones poéticas de otras lenguas. (Del «Times Literary Supplement»)