Aimeric de Pegulhan es uno de los seis trovadores provenzales que Dante cita en su Vulgar elocuencia (v.); de él recuerda el Alighieri (II, VI, 6) la canción «Si com l’arbres que per sobrecargar», entre las que él pone como ejemplo de «canciones ilustres» compuestas según el «gradum constructionis excelsum», y son canciones de Giraut de Borneill, Folquet de Marselha, Arnaut Daniel y Aimeric de Belenoi (provenzales), del rey de Navarra Thibaut de Champagne (francés), de Guido Guinicelli, del Juez de Messina — Guido della Colonna —, de Guido Cavalcanti, de Ciño da Pistoia, y del «amigo de Ciño», esto es, de sí mismo, Dante (y es la canción «Amor che nella mente mi ragiona»); afirmando que la que se llama «Constructio supprema» no se puede indicar sino «per huiusmodi exempla»; y ésta es la construcción que se alcanza también por medio del estudio de los «regulati poetae» (Virgilio, Ovidio, Estacio, Lucano) y por las «altissimae prosae» (Livio, Frontino, Plinio, Orosio).
Dante, en suma, coloca a Aimeric entre los maestros más autorizados del escribir vulgar. Este juicio dantesco no es compartido por la crítica moderna, para la cual Aimeric es versificador fecundo, que no sale, sin embargo, de la más vulgar mediocridad. La misma canción que Dante pone entre los pocos ejemplares de aquel estilo excelso a nosotros nos parece ingeniosa, tal vez; y, ciertamente, está bien construida, aunque no es modelo, no ya de grande poesía, sino ni siquiera de técnica exquisita y excelente. Su impulso inicial es notable: «Así como el árbol que cuando está sobrecargado, se quiebra y se arruina y pierde su fruto, yo he perdido mi hermosa dama, y a mí, y mi alma se destroza, por amar demasiado…»; pero lo demás de la poesía es gris y mecánico y falto de sonoridad. De todas maneras, Aimeric tiene gran importancia en la historia literaria italiana de 1200: se halla entre los trovadores que en el primer decenio del siglo XIII pasaron los Alpes, y ejerció su influencia en la corte de Este, de Azzo VI, de Aldo- vrando, de Azzo VII; en la corte de los Malaspina, en el círculo de Federico.
Aimeric cantó muchas veces alabanzas a la liberalidad de Azzo VI, colocando al marqués estense entre los más grandes mecenas del arte trovadoresco de su tiempo; y a la muerte de Azzo compuso una notable lamentación; y a la hija de Azzo, Beatriz — la dama más espléndida de la corte de Este, que acabó siendo monja y fue después venerada como beata — dedicó algunas canciones suyas. Entre las poesías «extensas» de Aimeric se recuerda una, que nos permite reconocer las discusiones que la técnica del trovar suscitaba en el ambiente estense: habían planteado insistentemente al poeta el problema de la diferencia entre «vers» y «chanso»; el poeta responde que no sabe precisar en qué cosa exactamente consiste la diferencia (se trata de la poesía que comienza «Maiutas vetz sui enquisior»).
En el aula del castillo de Malaspina, en Oramala, fué recitada por un Aimeric — el cual no pudo ser sino Pegulhan, en opinión de los críticos modernos — una composición — que ha llegado hasta nosotros — intitulada «Mesclausa e bathula» (pelea y batalla), modelada sobre el «Carro» de Rimbaut de Vaqueiras, en que se simuló una «guerra» entre las dos hermanas Selvaggia y Beatrice d’Oramala, que se disputan la primacía en belleza y cortesía; guerra que quedó indecisa, interrumpida por una tregua («La Treva»), inventada por otro trovador, Gilhem de la Tor, y también recitada evidentemente, en el aula malaspiana. Con otro trovador, que fue a Italia, Alberic de Sisteron, Aimeric compite sobre un punto de casuística amorosa; y la decisión es puesta en manos de donna Emilia Travemi de Ravena y de Beatrice d’Este, y amargamente llora la muerte de Guglielmo Malaspina en un «plant» que a pesar de estar entretejido de formas convencionales, ofrece tonos sinceramente afligidos.
Contra la turba anónima, famélica y mordaz de los juglares de baja estofa que infestaban las cortes italianas del 1200, Aimeric, que se considera parte de una «élite» literaria y que a pesar de ser tan mediocre, tiene además una opinión aristocrática y elevada del arte, lanza un furioso sirventés, que se ha hecho famoso: «los faltos de juicio y disolutos aumentan demasiado, y esto no me place; y los villanos juglarcillos, jovenzuelos petulantes y deslenguados corren demasiado… Ahora veréis venir esa caterva con su bandera hacia Malaspina… Había entre ellos escándalo y vocerío, bravuconeando en la taberna». Entre todas las composiciones de Aimeric la más conocida es quizás el sirventés que compuso cuando en otoño de 1220 Federico II de Suabia, a sus veinticinco años, fué a Italia a ceñirse en Roma la diadema imperial.
El sirventés que expresa los sentimientos del mundo trovadoresco y del mundo cortés italiano en aquella ocasión solemne, fué titulado por su mismo autor «La Medicina» [«La Metgia»), a causa de la metáfora que el poeta imagina sacada de un «médico de Salerno» que viene a sanar las llagas de Italia; y es una metáfora que se desarrolla en las seis estrofas y los estribillos de la composición. El que viene es un médico juicioso, que conoce todos los bienes y todos los males; y suministra medicamentos saludables sin pedir recompensa: joven liberal, bello, bueno, valiente, bien hablado y buen entendedor, ama a Dios, que le libra de toda equivocación. Por él revive el mundo de la cortesía, antes decadente y corrompido; por él son restauradas las ya enflaquecidas y deterioradas virtudes caballerescas: «esfuerzo y deber».
Aimeric dirige a Federico II otras dos poesías suyas; en una de las cuales el emperador es elegido juez de los conceptos de poesía en materia amorosa: «Porque conoce mejor que los demás y mantiene juicio, saber y todo lo bueno, el Emperador, que vale más que los que valen, conoce ahora si digo bien o mal»; por otra parte, ésta es la despedida: «Canción, de mi parte y de parte del amor, ve al bueno, al bello, al valiente, al preciado, a quien sirven latinos y alemanes, y suplícale como a buen Emperador, por cuanto él sobrepasa a los más altos en grandeza, generosidad y mérito, honor y cortesía, prudencia y saber, conocimiento y discreción, rico en rico corazón para ganar merecida gloria». Podemos por esto figurarnos a Aimeric de Pegulhan como poeta cortesano oficial; y ciertamente es lícito tenerlo por uno de los trovadores — y entre éstos se recuerda a Elias Cairel y Folquet de Romans, que vivieron durante algún tiempo en la corte — que ejercieron directa influencia en las literaturas del círculo de Federico, y fueron los primeros que hicieron poesía artística usando el italiano vulgar.
A. Viscardí

