Poesías, Baltasar del Alcázar

Bajo este título general es conocido el conjunto de las poesías del sevillano Baltasar del Alcázar (1530-1606), que las compuso como mero pasatiempo, aunque nos legó una creación poética muy personal, que constituye un aspecto inconfundible de la escuela sevi­llana del Siglo de Oro. El autor, que no les concedía importancia — al igual que Fray Luis de León a sus «obritas» (v. Poe­sías) —, no llegó a publicarlas ni se preocu­pó de recopilarlas; por consiguiente, es un milagro que hayan llegado hasta nosotros, ya que se conservan varios manuscritos que contienen numerosos errores.

El célebre pintor Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, que pintó el retrato del poeta, fue el primero en darse cuenta del valor de las Poesías de Baltasar del Alcázar, sobre todo por su plasticidad y colorido, y recogió todas las que pudo hallar. Él mismo afir­maba, entusiasmado: «Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi solicitud y diligencia; porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía guardado en el tesoro de su felice memoria». Del manus­crito de Pacheco, hoy desaparecido, se hi­cieron numerosas copias, desde luego no perfectas, que fueron utilizadas y corregi­das — indicando las variantes — por Fran­cisco Rodríguez Marín, que las publicó pre­cedidas por un extenso estudio biográfico- crítico acerca de Baltasar del Alcázar — el más importante que se le haya dedicado a ese autor — por encargo de la Real Acade­mia Española (Madrid, 1910), en una edi­ción crítica, único texto autorizado, utili­zado en las ediciones sucesivas.

Alcázar, en sus poesías juveniles, cultivó la lírica eró­tica, sin pasar de una discreta compostura, con cierto tono poético tradicional, según puede deducirse, por ejemplo, de los versos de las coplas «A Costanza»: «Si tan hermosa esperanza/se ha de perder aquel día/ que os goce, Costanza mía…» Alguna vez, indudablemente por consejo del cura de Los Morales (Sevilla), donde Alcázar era Al­calde Mayor por nombramiento del duque de Alcalá de Guadaira, compuso poemas re­ligiosos en los que su espíritu cristiano halló manera de expresarse adecuadamente, en notable contraste con la parte más cono­cida de su obra, epicúrea y festiva. Entre estas composiciones debemos citar la her­mosa glosa al célebre verso «Donde Vos tenéis los pies», que tantas veces fue comen­tado poéticamente, en dobles estrofas de cinco versos, dedicada «A un Crucifijo», en la que figuran fragmentos elegantes, como «Alma, ten en la memoria/como te fue pro­vechoso…».

Un fervor más intenso anima el soneto «A Jesús», algo artificioso, pero que repitiendo en cada verso el nombre del Salvador, consigue un acento de profunda piedad en forma de jaculatoria, con un murmullo de plegaria: he aquí el terceto, casi de místico fulgor, que lo cierra: «Jesús de mis entrañas, yo te amé; /Jesús, viva yo en Ti todo momento; / Jesús, óyeme Tú cuando te llame». Sin embargo, en este as­pecto Alcázar jamás habría conseguido el destacado lugar que ocupa entre los poetas del Siglo de Oro si no hubiera dedicado lo mejor de su inspiración poética al género festivo, en el que es verdaderamente único por su originalidad y por su técnica inter­pretativa de la realidad cotidiana, que antes de él estaba desterrada, casi al margen de la creación poética. Rodríguez Marín ha reconocido acertadamente que entre tantos poetas, imitadores casi pedestres de la poe­sía italiana, Baltasar del Alcázar «bebió en su vaso sin anhelar por otro más grande o de mejor vidrio; escribió lo que le dictaron su corazón y su fértil ingenio, sin traducir ni glosar de griegos, latinos ni italianos».

Típicos poemas de este tipo — que él culti­va mejor que nadie — son la célebre com­posición «Cena jocosa», en la que con gran habilidad se desvían las figuras del cuadro que al principio parecían primordiales — la narración anunciada por el portugués — para poner maravillosamente de relieve el ambiente y los elementos que lo integran, de lo cual nace, en su esencia, el elemento fundamental, cuyas descripciones alcanzan la fuerza expresiva de un pintor de la es­cuela sevillana, más próximo a Zurbarán que a Velázquez, como en el siguiente frag­mento: «…Mas di: ¿no adoras y precias/la morcilla ilustre y rica?/¡Cómo la traidora pica!/Tal debe tener especias», etc., o bien en la graciosísima receta, medio higiénica medio gastronómica, del «Modo de vivir en la vejez», dedicada a Francisco Sarmiento, en la que figura el delicioso chiste, incom­parable juego de palabras: «Con dos tragos del que suelo/Llamar yo néctar divino,/ Y a quien otros llaman vino/ Porque nos vino del cielo».

O bien la finísima y mali­ciosa canción «A Inés», auténtica página de antología: «Alega Inés su beldad; /El jamón que es de Aracena,/El queso y la berenjena, /Su andaluz antigüedad», etc. A pesar de este tono festivo, cuando Baltasar del Alcá­zar aborda epigramáticamente un tema, sabe herir con la sátira más segura y pun­zante. Véase, por ejemplo, este epigrama, uno de los mejores que se hayan escrito en castellano: «Tu nariz, hermana Clara,/Con verse visiblemente/Que parte desde la fren­te, / No hay quien sepa dónde para. / Mas puesto que no haya quién,/Por derivación se saca/Que una nariz tan bellaca/No puede parar en bien». Finalmente, en Baltasar del Alcázar se da otra cualidad original,^ que aún no ha sido señalada: la valorización de lo accesorio, de lo humilde, de lo efímero, que constituye un «credo» de la poesía es­pañola contemporánea. Algunos de sus poe­mas son verdaderos bodegones, en los que tiene mayor importancia que el tema su minuciosa ejecución y su conjunto impre­sionista, y el realismo transparente de la realización, llena de vida y de color, que deja en el ánimo una huella, cálida e imbo­rrable, de optimismo.

J. De Entrambasaguas

Los versos de Baltasar del Alcázar descu­bren tal gracia y sutileza que no sólo le juzgo superior a todos, sino entre todos sin­gular, porque no vemos otro que haya seguido lo particularísimo de aquella suerte de escribir. Suelen los que escriben donai­res, por lograr alguno, perder muchas palabras; mas este solo autor usa lo festivo y gracioso más cultivado que las veras de Horacio. No sé que consiguiese Marcial salir tan corregido y limpio en sus epigramas. Y lo que más admira es que a veces, con sencilla sentencia o ninguna, hace sabroso plato de lo más frío; y labra en sus burlas un estilo tan torneado que sólo el rodar de sus versos tiene donaire, y con lo más descuidado despierta el gusto. En fin, su modo de componer, así como no se dexa imitar apenas se acierta a describir. (Juan de Jáuregui)

La sal andaluza no tuvo que envidiar en Alcázar a la sal ática recogida en el mismo mar donde nació Venus. (Menéndez Pelayo)