Poesías, Francisco de Rioja

La obra poética del teólogo y jurista Francisco de Rioja (1583- 1659), a quien se atribuyó la famosa ele­gía de Caro A las ruinas de Itálica (v.), pertenece al grupo que muy discutible­mente se ha llamado «escuela sevillana». Las poesías de Rioja están reeditadas en el tomo XXXII de la «Biblioteca de Autores Españoles» (Madrid, 1867) por La Barrera.

Algunos trabajos posteriores han comple­mentado aquella edición. Se trata de una de las obras más curiosas del siglo XVII español. Díaz Plaja lo llama poeta «de sen­saciones», porque su «adjetivación — con­tinúa el citado crítico — es superior a la de cualquiera de sus contemporáneos». Una morosa, voluptuosa complacencia le hace detenerse ante cada objeto, para matizar­lo sensual y plásticamente. No suele bas­tarle un adjetivo y utiliza dos y aun tres para cada descripción: «frío y cano hielo», «blandos, rojos y suaves labios», «el cuello tierno y floreciente», «pura encendida rosa».

Dentro de la diafanidad y perfecta estruc­tura de sus estrofas nos encontramos con unas formas descriptivas que parecen im­presionistas (los álamos blancos, la selva amarilla, búcaro rojo, etc.). Aunque es siem­pre peligroso este género de comparaciones, Rioja nos hace pensar en la adjetivación de la poesía moderna, tanto por la calidad y plasticidad de los adjetivos, como por el procedimiento de poner dos o tres de éstos que nos recuerdan algunas técnicas moder­nas de adjetivación simultánea, pues sus epítetos no son en manera alguna repetición, sino que cada uno de ellos comporta un ma­tiz nuevo, es un grado más en la captación sensorial del objeto.

Así la aprehensión de la realidad exterior va progresando, no sólo por esta adjetivación, sino también a lo largo de las sucesivas imágenes y ver­sos que van plasmando y depurando el objeto visto hasta dárnoslo en su perfecta sublimación, en sus cualidades plásticas más puras (recordemos el inicio de su fa­moso poema: «pura, encendida rosa,/émula de la llama», o el del clavel: «clavel ar­diente,/envidia de la llama y de la auro­ra»). Debido a todo esto es fácil comprender que el poeta se dedique especialmente a cantar las flores, el clavel, el jazmín, la rosa amarilla, la rosa.

Todos los objetos tienen un halago para cada sentido y Rioja sabe encontrar el adjetivo apropiado para cada uno. Para el poeta el mundo es un espectáculo de luz y de color («Al verano» es muy significativa en este sentido). Sus cantos a las ruinas tienen la nostalgia del espectáculo de lo que fue. y ha desapare­cido. Su poesía amorosa — sus cantos a las inevitables Aglaya, Lesbia, etc. — tienen las mismas características. Su pasión amorosa será expresada en forma de llama, pero con los adjetivos «hermosa» y «pura»: «Ardo en la llama más hermosa y pura». Los labios de la amada han encendido «mi pecho en llama y rosa dulcemente». Sus visiones del amor y de las flores, y en general de todo lo que caduca, vienen acompañadas a , veces de la inevitable lección moral, pero ésta queda superada por la magni­ficencia y entusiasmo lírico con que son descritas estas cosas, que nos hacen olvi­dar sus hondas meditaciones estoicas y sus momentos religiosos.

De entre los momen­tos religiosos de Rioja debemos recordar el soneto: «¿Cómo será de vuestro sacro aliento/depósito, Señor, el alma mía?/Llama a polvo fiar, mojado y frío,/fue dar leve ce­niza en guarda al viento». A pesar de todo Rio ja, de hecho, como otros poetas del tiempo, contradice la filosofía moral de la caducidad de las cosas. Es una instantánea de todo lo hermoso que pasa raudo sin detenerse.

A. Comas