Poesías, Arthur Rimbaud

 

[Poésies]. La obra en verso de Arthur Rimbaud (1854-1891) apareció parcialmente en vida de su autor, en distintas publicaciones, como «La Revue pour tous», «Lutéce», «La Plume» y «La Vogue». La primera edición del conjunto titulada Relicario.

Poesías, la sacó a luz la casa Genonceaux con un prefacio de Rodolphe Darzens y fue publicada en 1891, sin haberse enterado su autor, que por en­tonces agonizaba en el hospital de Mar­sella. En 1891, fue seguida de otra edición póstuma de Vanier prologada por Paul Verlaine con el título de Poesías completas. De aquí, que las Poesías figuren en las ediciones de las Obras («Mercure de Fran­ce», edición establecida por P. Berrichon, 1898 y 1912) y de las Obras completas (Ediciones de la Banderole, 1922). A partir de entonces, se han sucedido numerosas ediciones de las Poesías y de las Obras corregidas y completadas, así como de pu­blicaciones parciales. A los diez años, Rim­baud constituía el asombro de sus profe­sores y condiscípulos del colegio de Charleville por su precocidad espiritual y autén­tica maestría en la composición de versos latinos.

Pero sería en 1869, con «El agui­naldo de los huérfanos», poema claramente inspirado en Victor Hugo, cuando en el poeta se anunciaba la fulgurante evolución que en tres años había de llevarle a los confines de la experiencia poética y a re­novar, al mismo tiempo, los horizontes de la poesía occidental. De su obra puede de­cirse que es un ejemplo de poesía vivida, moderna concepción de la creación artística presentida por ciertos románticos y de la que Baudelaire constituyó la primera en­camación. Naturalmente, resulta imposible disociar la vida y la obra de Arthur Rim­baud, su íntimo sentir y su comportamien­to. El 1870 marca el despertar de su genio poético.

Rimbaud participa de las ideas re­volucionarias de un joven profesor, Geor­ges Izambard, que se convierte en su con­fidente y guía de sus lecturas. Sus primeros poemas, aunque inspirados ciertamente en Victor Hugo, vibran ya con un ardor y una libertad expresiva que sobrepasan el ejer­cicio literario: escribe «El herrero», «Baile de los ahorcados», «El castigo de Tartufo», «Venus Anadiomeda», «Las réplicas de Ni­na», «A la música» y envía a Théodore de Banville «Ofelia», «Sol y carne», «Sensa­ción» y «Primera velada». Cada uno de estos poemas marca una etapa hacia la expresión sintética de la sensación, del sen­timiento y del pensamiento: el carácter ya visionario, aunque aún discursivo y mito­lógico de los primeros versos, cede el paso a un realismo cada vez más acentuado y a una experiencia siempre más personal, jun­to con una creciente originalidad de len­guaje.

Rimbaud, identificándose con los poetas de su tiempo para superarlos, ace­lera las etapas que le conducirán a la meta de su arte. La guerra de 1870, que estalla en aquel estío, viene a hacer coincidir el desquiciamiento exterior con la íntima re­beldía del poeta adolescente. El 29 de agos­to, Rimbaud hace la primera escapada a París, donde espera asistir al derrumba­miento del gobierno imperial, vive diver­sas peripecias, retorna a Charleville y de aquí escapa de nuevo diez días más tarde. A pie, llega a Bélgica, donde trata en vano de entrar en la redacción de un periódico de Charleroi, para errar después de Bruselas a Douai. Las obras de este período apare­cen impregnadas de un acento reivindi­catorío político y social raro entre los poe­tas de su época.

Pero la rebeldía está aún disociada de su ánimo o, al menos, alterna con expansiones puramente líricas: los paisajes, las emociones y los acontecimientos vividos se reflejan de este modo alternati­vamente en «En el cabaret Verde», «El buf­fet», «Sueño para invierno», «Mi bohemia», «Delirios de Césares», «La deslumbrante vic­toria de Sarrebrück», «El durmiente del valle», «El mal», «Los espantados», «Qui­mera», «Muerte de noventa y dos…». Rim­baud retorna a Charleville y el mes de enero del año 1871 lo pasa leyendo: obras de socialistas franceses, novelas del siglo XVIII y libros de ocultismo. Contra la cultura miope y el pensamiento timorato escribe entonces el poema satírico «Los sedentes».

Pero la magnitud y violencia de sus espe­ranzas sólo sirven para soliviantar más cruelmente su soledad e impotencia de ado­lescente. El 25 de febrero llega a París por tercera vez, pasando en la capital unos quince días en la más completa indigencia para, a pie, regresar a Charleville atrave­sando las líneas enemigas. Por esta época redacta un «Proyecto de Constitución comu­nista» que no ha llegado a nosotros y es-cribe «Oración de la tarde», «Los aduane­ros» y «Canto de guerra parisiense», versos rabiosos, de un júbilo despreciativo. A la decepción de las aspiraciones populares que había hecho suyas, Rimbaud responde con una afirmación de sí mismo frente a las ambiciones desmedidas; ya que la pluma es su única arma se esforzará por dotarla de una eficacia jamás alcanzada. El 13 de mayo, envía a Izambard una carta en la que expone su concepción de la poesía, concepción que desarrolla algunos días más tarde en el célebre Mensaje del vidente (v.).

A partir de aquí se aventura decididamente por las rutas de la revolución interior y atraviesa una violenta crisis de anticleri­calismo. Numerosos poemas van jalonando esta ansiosa búsqueda en pos de la lucidez: «Mis pequeñas enamoradas», «Acurrucamientos», «Los poetas de siete años», «Los pobres en la iglesia», «La orgía parisiense», «El corazón robado», «Las manos de Jeanne- Marie», «Las hermanas de la caridad», «Las primeras comuniones», «El hombre justo», «Lo que se dice al poeta de las flores» y el famoso soneto «Vocales», cándido ensayo de alquimia verbal, de magia intuitiva. Esta floración de poemas nos sumerge en una atmósfera familiar y sobrenatural al mismo tiempo: el poema se transmuta de algún modo en un «objeto» subjetivo. Pero estos caracteres sólo encontrarán su plena afir­mación en el Barco ebrio (v.), canto de infancia permanente, himno bárbaro y sun­tuoso, de liberación y de amargura, de ini­cio y de acabamiento.

Por intermedio de un nuevo amigo, Bretagne, Bimbaud entra en contacto con Paul Verlaine que lo incita calurosamente a encontrarse con él en Pa­rís. Los primeros meses de 1872 ven llevar a Rimbaud una existencia libre y desor­denada de «bohemio», en compañía de poe­tas amigos de Verlaine, por los cafés del Barrio latino. De esta época datan los sone­tos eróticos conocidos bajo el título de «Los Strupa» y las imitaciones del «Album zutique». En marzo, para facilitar la reconcilia­ción de Verlaine con su mujer, Rimbaud se vuelve a Charleville, donde escribe «Far­sa de la sed», «Lágrima», «El río de grose­lla», «Fiestas de la paciencia», «Matrimonio juvenil», «Memoria», «Canción de la más alta torre», «Michel y Christine» y «Oíd como ruge», poemas que adquieren un giro elíptico, oscuro y espontáneo al mismo tiempo, donde la versificación alcanza una flexibilidad y libertad raramente logradas, donde las palabras escapan a la organiza­ción tradicional del habla, donde, finalmente, el poeta se esfuerza por captar lo inefable y pone en práctica los principios enunciados en el Mensaje del vidente.

Pero en el mes de mayo, a instancias de Ver­laine, Rimbaud vuelve a París. Dos meses más tarde, decide marchar a Bélgica al tiempo que Verlaine abandona a su mujer para seguirle. Entonces, ambos poetas van a Inglaterra donde Rimbaud compone sus últimos poemas en verso: «Ella es almea», «Edad de oro»,. «Eternidad», «Fiestas del hambre» y comienza a escribir los poemas en prosa de las Iluminaciones (v.). Tras las fugas y el período de exploración exterior mareada por los ejercicios de áspera natu­raleza dé sus primeros poemas en verso, tras la voluntad de exploración interior, de conciencia extralúcida, cristalizada en el Barco ebrio, llega la hora en que Rimbaud debe hacer una especie de balance.

Hacia fines de 1872, se separa bruscamente de Ver­laine y se reintegra a Charleville. El poeta de dieciocho años cuenta ya con un pa­sado cargado de luchas en contra y a favor de sí mismo, jalonado de sucesivos des­garrones y renuevos: la síntesis de su expe­riencia de poesía activa, de dialéctica vi­vida, la daría en el curso del año siguiente, con el testamento espiritual de Una tem­porada en el infierno (v.).