Fábulas, John Gay

[The Fables]. En total son sesenta y ocho; cincuenta publicadas en 1727, a las que se añadieron dieciocho en 1738. Las primeras, como se deduce de unos versos que encabezan la primera de ellas, fueron dedicadas por John Gay (1685-1732) al joven príncipe de Cumberland. La intro­ducción consiste en un diálogo entre el filó­sofo y el pastor, en el que el último afir­ma haber aprendido su sabiduría, no en los libros, sino en la naturaleza y en el estudio de los animales. Las fábulas debie­ran, por tanto, ser fruto de la simple obser­vación de la naturaleza hecha por un pas­tor, bien diferente de lo que debiera esperarse de los conocimientos librescos de un sabio de gabinete. Pero nos encontramos, por el contrario, frente a narraciones muy elaboradas, en las que se presenta a los animales, ya solos, ya en compañía de los hombres, discutiendo de todos los proble­mas, en muchas e impensadas combinacio­nes. No se trata de las acostumbradas fá­bulas breves de tipo esopiano, con la mora­leja apenas indicada al fin o al principio: en todas ellas se reservan muchos versos a la moraleja, que se quiere poner de relieve en todos los detalles, haciendo así pesadas las anécdotas.

Se apunta a todos los vicios, especialmente a la avaricia, la soberbia y la ambición. Cada una de las fábulas del segundo volumen, considerablemente más largas que las del primero, va dedicada a un personaje, real o ficticio; la séptima, el autor se la dedica a sí mismo, para decir a todos que está contento de su estado y que no lo cambiaría por ninguno, a dife­rencia de aquel campesino que, lamentándose del suyo, aprendió a amarle sólo cuan­do Júpiter le permitió ver las preocupacio­nes de los demás hombres. La décima, de­dicada a Swift, es una defensa de su obra y de sus escritos. Algunas tienen carácter personal, como la dirigida a la madre o las dedicadas a los amigos; otras, en cambio, se refieren a problemas más generales, po­líticos o sociales. También para estas últi­mas fábulas son válidas las observaciones formuladas sobre la primera colección: la moral sobre la que insiste demasiado explícitamente, no aumenta la agilidad ni el agrado de la lectura. Sin embargo, no re­sultan ni mucho menos desagradables, no carecen ni de motivos, ni de observaciones agudas, ni de elegantes versos.

A. Castelli