Los rasgos fisonómicos que Giovanni Verga (1840-1922) presta a este personaje en la aventura de que originariamente le hace protagonista (v. Cavalleria Rusticana), son pocos pero peligrosamente acusados.
Dos notas, rápidas y densas de color: su modo de encender las cerillas, levantando la pierna, sobre los fondillos del pantalón, en medio de la plaza, rodeado por todos los muchachos del pueblo «espesos como moscas» en un alarde de juvenil seguridad en sí mismo, típica del mozo que, tras largos meses de servicio militar, regresa al país natal donde le aguardan su madre y su novia; y la forma en que hace ondear, sobre su espalda, la borla de su boina de «bersagliere», que el muchacho lleva con arrogancia, precisamente para ^ alardear de su felicidad y de su fe en sí mismo, pero que ahora, cuando camina vanamente tras Lola, que en su ausencia le traicionó prometiéndose al carretero de Lipodia, compadre Alfio (v.), parece por contraste expresar — y en la anotación no falta una sombra de ironía — toda la decepción del galán engañado.
Pero en los mencionados rasgos se recogen, visualmente, por así decirlo — y en ese gusto por la evidencia sensible hay que reconocer un último tributo a la poética del verismo — todo el drama de Turiddu; en ellos se representa impasible y clásicamente la premisa psicológica de la tragedia que no tardará en estallar como un rayo. Por lo mismo, no parece carecer de significado la circunstancia que hace coincidir el recuerdo de la borla de la boina — y, por reflejo, de la triste melopea que Turiddu entona cada vez que ve pasar a la esquiva Lola — con el primer enamoramiento de Santa, a quien aquella misma borla le ha hecho «cosquillas en el corazón». Se trata de un auténtico proceso de revalorización ideal a cuyo encuentro sale, por la patética resonancia que halla en el alma del poeta, la primitiva escoria verista. Es una especie de prolongado eco de aquella nota originariamente extrapoética que, por un fenómeno análogo al de la «cristalización» de Stendhal, la lleva a integrarse en el mundo inocente y raro — y en rigor ajeno a ella — de la poesía.
Así nace un lenguaje poético, .que es el del dolor y el de la pasión de Turiddu. Y ello es tan cierto que cuando Verga, más tarde, empezará a preocuparse técnicamente por trasladar a Turiddu a la escena teatral, aquellas mismas escorias veristas a que antes aludíamos volverán a pasar a primer plano, sacrificando incluso al personaje a que se aplican, en aras de una función secundaria de documento etnográfico, de una especie de mimesis genérica y externa de un arbitrario «color local», que no hará más que preparar la retórica ampulosa y vulgariza- dora en que habrá de envolver a la obra la música folklórica de Mascagni.
G. Bassani

