Trotaconventos

Personaje del Libro de Buen Amor (v.), del Arcipreste de Hita (siglo XIV). Su nombre indica el tipo de vieja que lleva apresurados recados de uno a otro convento; es, pues, análogo al de mensajera o recadera, pero con la especial característica de que interviene en relaciones amorosas, preludiando así al tipo de la Celestina (v.).

En la bella y bien delineada creación del Arcipreste, es clara la fusión de los dos aspectos que debían corresponder a otros tantos tipos reales de la época. Trotaconventos es a la vez la mandadera de monjas y clérigos y la alca­hueta derivada de la «Anus» del Pamphilus, comedia latina del siglo XII, que ins­pira a su creador el largo y magnífico epi­sodio de los amores de don Melón y doña Endrina. Además, Trotaconventos tiene a su cargo la alta misión literaria de poner al personaje central del Libro en contacto con los demás personajes y con el lector.

En su boca, en efecto, se traza el más completo retrato del protagonista, es decir, aparentemente del propio Arcipreste. Así, «las figuras» de éste — alto, robusto, vello­so, de anchas espaldas, moreno y de rojos labios — aparecen en la descripción que Trotaconventos hace de él a la monja doña Garoza, y que se completa con esta alusión a su carácter de juglar docto y alegre: «Sabe los instrumentos e todas juglarías». Cuando Trotaconventos recomienda al Ar­cipreste que enamore a alguna monja, vis­lumbramos, como en una «naturaleza muer­ta», las golosinas y ventajas del discreto encubrimiento de la aventura. Trotacon­ventos surge de los alejandrinos del mejor poema realista de la Edad Media española, maliciosa y sugestiva, llena de vida y de astucia, y más estilizada que la principal de sus herederas, Celestina.

He aquí cómo en el episodio de don Melón, alude a la certidumbre de su decisiva intervención: «E vendrá doña Endrina si la vieja la lla­ma». El Arcipreste, así, coloca a Trota­conventos en el centro de la acción del poema porque en ella recae el punto extre­mo del auténtico conflicto entre la vida y la muerte, el ascetismo y el vitalismo, fundamental en el mundo cristiano de en­tonces, y uno de los más profundos y re­presentativos aspectos de la obra. En el Libro de Buen Amor no existe el castigo a la loca pasión de los amantes que habrá de culminar en la catástrofe de Calisto (v.) y Melibea (v.) en la obra de Fernando de Rojas: tal vez porque la expiación queda a cargo de la anciana. Trotaconventos mue­re, y, en aquel momento, el Arcipreste siente el frío de la soledad.

No era una mera alcahueta, sino su compañera, con­sejera y amiga. Y por ello dice a la muerte: «Te llevaste a mi vieja, ¡maldita seas! Más querría que me llevaras a mí primero». El hombre sanguíneo, sensual, glotón y amante del placer, en el dolor que le causa la irre­mediable pérdida de la vieja amiga que le llevaba de la mano por un sendero de flo­res y de damas, eleva su íntimo sentimien­to personal al rango de diatriba genérica, comparable al espíritu de rebelión de las «danzas de la muerte» medievales: «iAy, Muerte, muerta seas, muerta e malandan­te! / A todos los egualas e los llevas por un prez, / por papas e por reyes non das una vil nuez… / Dejas el cuerpo yermo a gusanos en fuesa… / De fablar en ti, Muer­te, espanto me atraviesa». En esta lamen­tación se adivina la pesadilla de la baja Edad Media, la mueca de dolor y de terror, el estremecimiento de las alas obscuras, vigorosa y poéticamente expresado en su sobria e impresionante retórica: «En el mundo non ha cosa que con bien de ti se parta, / salvo el cuervo negro, que de ti, Muerte, se farta». Trotaconventos, aparte sus afinidades con la anciana del Pamphilus, denota influjos de los tipos de «lena» (alcahueta) de la antigua comedia latina, pero es sobre todo un producto vivo de la realidad sentida y amada por el autor.

Po­cos personajes, a pesar de las reminiscen­cias librescas, responden a una tan me­surada interpretación natural de la misma realidad, «con amore». La imagen de Tro­taconventos coloreará toda la Edad Media. En el siglo XV la citará, con idéntico nom­bre, el otro Arcipreste: el de Talavera, en la jugosa y abigarrada expresión de su prosa popular. Y, a fines de ese mismo si­glo, la gran Celestina será su heredera in­mortal: personaje más humano, pero lite­rariamente menos perfecto y seductor que la amable y cordial creación de Juan Ruiz.

A. Valbuena Prat